Carta del lector: El proyecto del Pánuco: ¿solución o ilusión?
Las cartas del lector son un espacio de VANGUARDIA para dar voz y espacio a su audiencia:
Por Rodolfo Garza Gutiérrez en respuesta a la nota “Traer agua del Río Pánuco, solución lejana para solucionar crisis hídrica: Experto” publicada en la edición impresa del 16 de abril.
En días pasados se publicó en VANGUARDIA la entrevista que me realizó una reportera de este diario a propósito de la propuesta del gerente de AGSAL de traer agua del río Pánuco a Saltillo. Estas líneas amplían lo ya publicado, con los datos y matices que el formato de la nota no permitió incluir.
“Si pensamos que el futuro de Coahuila y del norte de México son las aguas subterráneas, estamos muy equivocados”. Eso mencionó el gerente de AGSAL, y tiene toda la razón: los acuíferos ya están agotados y no se recuperarán al ritmo que la ciudad crece. El problema no es su diagnóstico, sino la solución que propone. Un proyecto de 20 a 30 mil millones de pesos, que tarda décadas en materializarse, no resuelve la crisis que ya existe hoy.
La propuesta de traer agua del río Pánuco presenta varios problemas de fondo. Primero, existe un proyecto federal para aprovechar las aguas de esa cuenca —con estudios de preinversión programados entre 2025 y 2026 y eventual operación hacia 2028—, pero el propio gobernador de Coahuila ha admitido desconocerlo, lo que sugiere que Saltillo no tiene asegurado un lugar en ese acueducto. Segundo, la calidad del agua es deficiente fuera de la temporada de lluvias: el Pánuco recibe descargas de industrias azucareras y aguas residuales urbanas, lo que exigiría procesos extraordinarios de potabilización. Tercero, el agua estaría disponible solo tres o cuatro meses al año para proyectos de este tipo, lo que obliga a adoptar medidas complementarias de todas formas.
Los números no mienten. El acuífero que abastece a Saltillo y Ramos Arizpe ya no tiene agua disponible para nuevas concesiones: la Conagua confirma que se extrae un 45 % más de lo que los ecosistemas pueden soportar sin dañarse de forma permanente. El acuífero de Zapalinamé bajó 10 metros solo en el último año, y las lluvias intensas recientes tampoco logran recargarlo, porque la intensidad de las precipitaciones impide la infiltración adecuada al subsuelo.
La ciudad necesita hoy 3,297 litros por segundo para funcionar, pero solo dispone de 2,826. El faltante es de 471 litros por segundo, equivalente a casi 15 millones de metros cúbicos al año. Y la ciudad sigue creciendo. Con un crecimiento moderado del 1.5 % anual, ese déficit subirá a 17 millones de metros cúbicos en diez años; con un ritmo más acelerado del 2 % —perfectamente posible dado el empuje industrial de la región— llegaría a 22 millones en veinte años.
Cada nuevo fraccionamiento, cada empresa instalada, cada familia que llega, necesita agua. Y el agua, sencillamente, ya no alcanza. La solución es menos espectacular y más exigente que un gran acueducto. Está en reparar la ciudad desde dentro, con un orden lógico que no debería invertirse.
Lo primero y más urgente es atacar con seriedad las pérdidas en la red de distribución, que hoy representan el 22 % del agua producida. Dicho de otro modo: uno de cada cinco litros que potabilizamos no llega al usuario. Recuperar apenas la mitad de esa fuga —algo alcanzable con inversión sostenida en infraestructura— equivaldría a sumar alrededor de 300 litros por segundo al suministro, sin construir un solo kilómetro de acueducto. Es, por mucho, la medida de mayor retorno inmediato y la prueba más honesta de la voluntad política de las autoridades.
Después viene reutilizar el agua de la planta de tratamiento, que puede usarse para riego, industria y limpieza urbana sin tocar los acuíferos. Luego, aplicar tarifas diferenciadas que desincentiven el desperdicio y regular los pozos privados que abastecen jardines particulares. Y, por último —quizás lo más difícil políticamente—, pausar o condicionar el crecimiento industrial hasta que haya certeza hídrica, acompañado de una regulación estricta de nuevas concesiones y de un reglamento municipal serio para el uso, disposición y saneamiento del agua.
Solo después de avanzar en esos frentes tiene sentido hablar de traer agua desde otras cuencas. No porque el Pánuco sea una mala idea, sino porque sería irresponsable invertir décadas y miles de millones en un acueducto mientras la red sigue perdiendo una quinta parte de lo que produce. El verdadero problema no es la falta de agua: es la falta de conciencia sobre ella.
No omito mencionar que estas mismas propuestas fueron presentadas al alcalde de Saltillo por integrantes de “AUAS, A.C” hace casi un año, en audiencia pública, con la presencia del director de AGSAL y otros funcionarios. A la fecha, no se ha tenido respuesta del alcalde. Los ciudadanos merecemos saber si las autoridades tienen un plan —y cuál es— para los próximos diez años, porque el agua no esperará a que se construya un acueducto.
Rodolfo Garza Gutiérrez