Soñar con el Mundial desde una cancha en Saltillo

Soñar con el Mundial desde una cancha en Saltillo

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Cada tarde, en el Biblioparque Nogales, niños y niñas entrenan después de la escuela. Entre ellos están Iván, Mateo y Ana Paula, pequeños futbolistas que hablan de nervios, derrotas, felicidad y la ilusión de jugar algún día por México

Fútbol
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El sol de las seis cae sobre las canchas. Los botines están bien apretados; los rostros, enrojecidos; las gradas, llenas. En el Biblioparque Nogales, la práctica no se detiene. La Academia Querétaro Saltillo-Nike entrena durante una tarde calurosa al sur de Saltillo.

Los niños corren entre ejercicios que les exigen no distraerse y risas que rompen, por momentos, la disciplina. Algunos llevan el uniforme de su equipo. Otros entrenan con playeras de Cristiano Ronaldo, Lionel Messi o de la Selección Mexicana.

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Más allá, donde practican los más pequeños, aparece el Trionda, el balón oficial del Mundial, rodando entre conos y tachones. Es un pequeño presagio: el Mundial todavía está lejos, pero en esa cancha ya tiene forma de balón.

$!Entre conos, silbatos y balones, jóvenes futbolistas de Saltillo imaginan algún día representar a México en un Mundial.

A la orilla, los padres observan atentos. Algunos permanecen de pie y siguen el balón con la mirada. Otros descansan en asientos improvisados mientras esperan que termine el entrenamiento.

Los silbatos cortan la tarde. Los entrenadores gritan indicaciones desde la orilla y los balones golpean una y otra vez el césped, secos, insistentes, mientras los niños corren con la cara roja y la respiración agitada.

Mientras el Mundial 2026 se acerca y México vuelve a colocarse en el centro del futbol internacional, en Saltillo los sueños también empiezan a tomar forma: no en estadios llenos, sino en entrenamientos después de la escuela, tareas pendientes y tardes enteras bajo el calor.

Para ellos, el futbol ya es una forma de vida, una forma de rutina, es despertarse y pensar en futbol, ir a la escuela y pensar en futbol, hacer la tarea y pensar en futbol, irse a dormir y soñar con futbol.

$!Padres y entrenadores acompañan cada práctica en el Biblioparque Nogales, donde el futbol forma parte de la vida diaria de cientos de niños.

Iván Soto tiene ocho años y juega desde los cuatro. Cuando habla de Cristiano Ronaldo, su jugador favorito, se le ilumina la cara: le gustan “sus regates y sus goles”. Juega “por delante y por la izquierda”.

Cuando dice esto, con la voz apresurada, uno no creería que fuera de la cancha es más bien tímido. Es más, las piernas suelen temblarle un poco y siente las manos sudorosas antes de pisar la cancha.

La idea de jugar un Mundial todavía le parece enorme, difícil de dimensionar a su edad, pero cuando imagina ese momento encuentra una respuesta sencilla: sería “muy feliz” y sonríe todo lo que su cara se lo permite.

Perder partidos lo hace enojarse, aunque piensa en eso como una oportunidad para mejorar. Si algún día fuera convocado para jugar con México, sabe que incluso estaría entrenando en su casa, en su tiempo libre, en su habitación.

A varios metros de distancia entrena Mateo, de 13 años, mediocampista defensivo que comenzó a jugar gracias a su papá. A diferencia de muchos niños que mencionan figuras actuales, él elige a Zinedine Zidane como su ídolo.

También los nervios lo invaden antes de entrar a jugar, pero no le ganan. Porque cuando se piensa jugando, cuando da el primer paso y los botines entran en el pasto, es como si pudiera ver el futuro. Se ve a sí mismo primero llegando a fuerzas básicas. No le importa el equipo, dice. Porque esa es apenas la puerta de entrada. Mateo quiere jugar un Mundial.

“Sería muy especial para mí”, dice.

En las canchas, los sueños conviven con la disciplina cotidiana. Los entrenamientos ocurren después de la escuela, entre mochilas, tareas y horarios familiares ajustados alrededor de partidos y prácticas.

Detrás de cada niño hay padres que esperan durante horas, entrenadores que corrigen movimientos y familias que convierten el futbol en parte de la vida diaria.

Ese apoyo aparece constantemente en las respuestas de los jugadores: casi todos mencionan primero a sus papás cuando se les pregunta quién los acompaña a jugar.

Entre ellos también está Ana Paula, “Pau”, de ocho años. Comenzó a jugar futbol viendo a sus hermanos entrenar y ahora alterna entre defensa y delantera. Su jugador favorito es Messi y dice que entrar a la cancha le provoca felicidad.

Ahora, Pau no es una niña normal. Y eso es increíble. Digno. Admirable. ¿Por qué tantas flores? Sencillo: es la única niña jugando entre varones.

Aun así, habla de futbol con naturalidad. Se le ve segura. Es tan futbolista como cualquiera. Sueña con llegar a Tigres y asegura que, si algún día la llaman para jugar con la Selección Mexicana, se prepararía entrenando más.

Más allá de los ídolos y del género, hay otra cosa a destacar. Quizá un aspecto tan sutil como quien aprende a golpear el balón de empeine para mandarlo con fuerza, de parte interna para colocarlo con precisión.

Y es que ninguno habla todavía de fama o dinero. Hablan de entrenar, de ponerse nerviosos antes de los partidos, de frustrarse cuando pierden y de imaginar cómo sería usar la camiseta de México frente a miles de personas.

Hablan de que el futbol los hace ser felices.

A días del arranque del Mundial 2026, el torneo todavía parece lejano para las canchas de Saltillo. Sin embargo, entre playeras sudadas, balones rodando y padres atentos desde la orilla, ya hay niños que comenzaron a soñarlo.

Porque antes de los estadios llenos, de los himnos y de las cámaras, muchos sueños mundialistas comienzan así, en una tarde cualquiera en el Biblioparque Nogales, después de la escuela, con las agujetas bien apretadas, el corazón a mil, bajo el calor del norte.

Co-editora de la sección de Extremo para web e impreso, con experiencia en investigación de temas deportivos y sociales.

Licenciada en Ciencias de la Comunicación en Producción de Medios por la Universidad Autónoma de Coahuila.

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