Mujeres somalíes salen al paso con pequeños negocios en Dadaab

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Internacional
/ 8 agosto 2011

    Dado que los tres campamentos, Ifo, Dagahaley y Hagadera, superaron sus capacidades, la agencia de la ONU para los refugiados, ACNUR, trasladó algunos de los somalíes recién llegados a Ifo Extension.

    Dadaab, Kenia.- Al lado de la casucha de Nimo Mahat, que anuncia la venta de carne y comidas, algo con lo que algunos refugiados somalíes apenas pueden soñar, hay tirada en el piso la cabeza de una cabra degollada.

    En los tres meses que pasaron desde que llegó al campamento de refugiados en Dadaab, en el noreste de Kenia, esta mujer de 40 años demostró ser una astuta comerciante, que vio la oportunidad de hacer algo de dinero cuando hay pocos servicios accesibles en el nuevo campamento Ifo Extension.

    Dado que los tres campamentos, Ifo, Dagahaley y Hagadera, superaron sus capacidades, la agencia de la ONU para los refugiados, ACNUR, trasladó algunos de los somalíes recién llegados a Ifo Extension. Se estima que llegan unos 1,300 a 1,500 nuevos refugiados al día.

    El lugar, lleno de tiendas blancas del ACNUR, sigue en construcción: aún se están montando los servicios sanitarios y se están construyendo grandes reservorios de agua. Está lejos de los centros de distribución de alimentos, escuelas y hospitales, en medio de vastas extensiones de tierras polvorientas.

    Sin embargo, algunas de las mujeres de Ifo Extension no están dispuestas a quedarse esperando ayuda o quejándose de lo poco que tienen y, en cambio, se están convirtiendo en hábiles comerciantes.

    Mahat, que tiene siete hijos, dice que decidió montar un puestito para vender vegetales, carne cuando hay y jabón debido a que la mayoría de los comercios cercanos están a varias horas a pie y los recién llegados tampoco están familiarizados con la zona.

    Compra los vegetales en los mercados de Ifo Extension y obtiene la carne de algunos parientes que viven desde hace más tiempo en Dadaab y lograron hacerse con algunas reservas.

    Levantando unas cebollas grandes en alto, Mahat dice: "Compro un kilo por 55 chelines y lo vendo a 65. La gente está contenta porque las raciones que nos dan están secas. ¿Y qué mujer puede cocinar sin vegetales?".

    Mira con orgullo la carretilla llena de carne de cabra, tomates, papas, cebollas, ajo y chiles verdes, lo suficiente como para preparar una comida deliciosa para una familia hambrienta, dice.

    Otra habitante de Ifo Extension, Habiba Mohammed, decidió vender leña debido a las crecientes informaciones de mujeres siendo violadas cuando se adentraban entre los arbustos en busca de leña.

    Negoció con algunos pocos hombres en el campamento para que junten leña para ella y dice que compra un carro de mula lleno de leña por 800 chelines. Luego, lo vende a 20 chelines por persona y comparte una pequeña parte de las ventas con los hombres.

    "Apenas ayer fue violada una mujer por aquí", dice Mohameed. "Ahora les digo a los hombres que salgan en grupo y consigan leña, porque las mujeres están asustadas. Nadie informa de estas cosas. ¿A quién nos vamos a quejar? No nos van a sacar de aquí".

    Dice que debe cuidar de sí misma y de sus dos hijos discapacitados debido a que su esposo volvió a su hogar en Kismayo, en Somalia. "Nos dejó aquí y volvió porque parte de nuestro ganado sigue con vida. Volverá cuando mueran".

    Sahara Ibrahim quiere que la ONU encuentre una solución mejor, o incluso la creciente diáspora somalí. Ella dice que podrían ayudarla a abandonar el campamento en dirección a Europa o Estados Unidos. Afirma que a lo que más le teme es a ser violada en esa zona tan aislada de Dadaab.

    Esta madre de 22 años, que tuvo mellizos hace ocho meses, dice: "Necesitamos un asentamiento adecuado. No estamos seguras aquí. Seremos violadas si salimos. Una mujer embarazada fue violada hace poco y la apuñalaron en un brazo". Ibrahim agrega: "Sufríamos en Somalia. Seguimos sufriendo".

    Pero Farah Omar Mohammed, de 23 años, tiene más esperanzas. Llegó hace cinco días de Jamaame, en el sur de Somalia, con su esposo y sus cuatro hijos.

    Ahora espera el quinto y dice que sus necesidades son pocas. "Si comparamos con nuestra vida en Somalia, es seguro, no hay guerra. Sólo espero que llegue rápido la escuela, porque quiero que mis hijos reciban educación. No tendrían esa oportunidad en casa".

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