En su discurso del Estado de la Unión, Trump presenta a los demócratas como villanos
Fue el espectáculo como estrategia de supervivencia
Por: Katie Rogers
En su discurso sobre el Estado de la Unión, el presidente Donald Trump no se molestó en presentar una serie de nuevas políticas, algo inusual en un año de elecciones intermedias en el que el control del Congreso está en juego. No parecía preocupado por demostrar que entiende el tema que más preocupa a los estadounidenses. La “asequibilidad”, dijo, era parte de una “sucia y podrida mentira” perpetuada por los demócratas.
En lugar de eso, con el estilo incisivo de un político hecho para la campaña y los instintos de un exproductor de telerrealidad, pasó casi dos horas provocando a las filas de indignados demócratas en la cámara y esforzándose por definirlos ante el electorado como “enfermos”, antipatriotas y totalmente alejados de los valores de la mayoría de los estadounidenses.
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“Esta gente está loca, se los digo. Están locos”, dijo Trump en un momento dado, mientras relataba la historia de un joven a quien habían obligado a someterse a una transición de género. “Vaya, vaya, tenemos suerte de tener un país con gente como esta: los demócratas están destruyendo nuestro país, pero lo hemos detenido justo a tiempo”.
Al comenzar el discurso, Trump sabía que necesitaba utilizarlo para salir de un momento políticamente peligroso para él y su partido. La mayoría de los estadounidenses se oponen a la forma en que Trump está llevando a cabo su programa antiinmigración, y más del 70 por ciento piensan que sus prioridades están equivocadas. Su índice de aprobación ha caído en picada hasta el 41 por ciento.
Su solución fue envolverse en el imaginario del heroísmo estadounidense con intervenciones escenificadas a lo largo del discurso, mientras culpaba de todos los problemas, desde la seguridad de las elecciones hasta el estado de la economía, a sus oponentes.
En varios casos, los demócratas dieron a Trump los enfrentamientos que buscaba.
Al Green, representante por Texas, quien fue expulsado de la cámara el año pasado por agitar su bastón contra Trump, fue expulsado de nuevo tras mostrar un cartel que proclamaba “LOS NEGROS NO SON SIMIOS”, en referencia a un video racista que Trump compartió recientemente en las redes sociales.
La representante Lauren Underwood, por Illinois, prefirió levantarse y marcharse antes que “aguantar un minuto más” del discurso. Y Ilhan Omar, representante por Minnesota, un blanco frecuente de Trump, fue una de las pocas personas que le gritaron.
“¡Has matado estadounidenses!”, gritó mientras Trump hablaba de la aplicación de las leyes de inmigración.
“Deberías avergonzarte de ti misma”, respondió el presidente.
Pero si Trump trazó los contrastes que quería dentro de la cámara, no estaba claro cuánto efecto tendría su actuación fuera de ella, donde las realidades políticas para él y su partido son adversas.
La muerte de ciudadanos estadounidenses a manos de agentes de inmigración y las escenas de niños detenidos han socavado la aprobación pública de su campaña de deportación, a pesar de su éxito en cerrar en gran medida la frontera a la inmigración ilegal. Sus seguidores siguen obsesionados con los archivos de Jeffrey Epstein y con si el gobierno ha sido totalmente transparente a la hora de hacer público todo lo que se sabe sobre quienes se asociaron con él, incluido Trump. La semana pasada, la Corte Suprema anuló el método preferido por Trump para aplicar aranceles, una piedra angular de su programa económico y de política exterior.
Si Trump se sintió a la defensiva por algo de esto, él se mostró desafiante. El martes por la noche, miró a una hilera de imperturbables jueces de la Corte Suprema y les dijo que sus planes arancelarios continuarían en virtud del “poder legal que como presidente tengo para hacer un nuevo acuerdo”.
Los demócratas, que perciben las divisiones entre los republicanos sobre la forma en que Trump está llevando a cabo su programa y ven que las encuestas los favorecen, siguen confiando en las elecciones de mitad de mandato. En un discurso de refutación de los demócratas, Abigail Spanberger, la gobernadora de Virginia, dijo que en general Trump había ignorado las preocupaciones de los estadounidenses promedio.
“Mintió, señaló chivos expiatorios y distrajo”, dijo Spanberger. Concluyó su discurso con un llamado a los demócratas que se postulan en las elecciones legislativas de otoño para que se enfoquen en la economía.
Durante el discurso, Trump intentó desviar la atención hacia sus temas preferidos. Ofreció pocas explicaciones sobre por qué amenaza con lanzar más ataques militares contra Irán, y dijo que preferiría poner fin al programa nuclear del país mediante la diplomacia, pero que “nunca” permitiría que Teherán tuviera un arma nuclear: “No puedo permitirlo”.
Volviendo, siempre, a los demócratas, los llamó tramposos y mentirosos, arremetiendo contra ellos por su oposición a la legislación que pretende abordar sus afirmaciones infundadas de fraude electoral generalizado.
Dijo que había nombrado al vicepresidente JD Vance para combatir la “corrupción que destroza el tejido de una nación” haciendo frente al fraude generalizado, y mencionó varios estados controlados por los demócratas, como Minnesota y California. Trump, quien ha sido condenado por fraude, sugirió entonces que el vicepresidente podría solucionar el déficit presupuestario.
“Lo conseguirá”, dijo Trump. “Y si somos capaces de encontrar suficientes fraudes, de la noche a la mañana tendremos un presupuesto equilibrado”.
Trump inició su discurso discordante con la debida formalidad, alabando una “edad de oro de Estados Unidos” en la que el mercado bursátil está en máximos históricos, las cuentas de jubilación rebosan y las nuevas inversiones llegan al país por billones: “Todo el mundo está arriba, muy arriba”, dijo Trump. Alabó la entrada de “80 millones de barriles” de petróleo procedentes de “nuestro nuevo amigo y socio Venezuela”, sin mencionar antes la osada captura del líder del país por el ejército estadounidense.
Pero Trump no tardó en pasar al modo maestro de ceremonias. Invitó al equipo masculino de hockey estadounidense ganador de la medalla de oro a la sala, dedicó varios minutos a asociarse con su victoria y anunció el primero de los premios que repartió: una Medalla Presidencial de la Libertad para el portero del equipo estadounidense, Connor Hellebuyck.
“Este será un año para celebrar a nuestro país y a los héroes que lo mantuvieron libre”, dijo Trump.
A partir de ahí, el discurso derivó hacia la división.
Mientras relataba, a veces con detalles gráficos, las historias de personas que habían superado tragedias inimaginables o sobrevivido a la violencia, Trump parecía atento a si los demócratas se ponían en pie y aplaudían o no a cada persona. Contó con lujo de detalle el asesinato de Iryna Zarutska, una mujer ucraniana que murió apuñalada en un tren el año pasado. La madre de Zarutska estaba en la sala, llorando mientras el presidente hablaba. Trump terminó de contar la historia de Zarutska y se dirigió inmediatamente a los demócratas.
“¿Cómo no se ponen de pie?”, preguntó Trump.
Con un momento fabricado tras otro, quedó claro que el objetivo del discurso no era desvelar nuevas políticas ni reconocer las ansiedades de los estadounidenses a quienes la vivienda les resulta demasiado cara o tienen dificultades para pagar las cuentas. En lugar de eso, Trump creó el tipo de contenido preparado para redes sociales del que su gobierno se ha valido para pasar de un ciclo de noticias desfavorable al siguiente.
Siempre atento a la cámara, Trump dijo que quería que los estadounidenses “vean claramente en qué creen realmente sus representantes”, y pidió a cada persona sentada en la cámara que tomara una decisión.
“Esta noche invito a todos los legisladores a unirse a mi gobierno para reafirmar un principio fundamental”, dijo Trump. “Si estás de acuerdo con esta afirmación, ponte en pie y muestra tu apoyo. El primer deber del gobierno estadounidense es proteger a los ciudadanos estadounidenses. No a los extranjeros ilegales”.
Varios demócratas permanecieron sentados. Trump —sin mencionar los asesinatos de Renee Good y Alex Pretti, ciudadanos estadounidenses, a manos de agentes de inmigración en Minnesota— se deleitó con los aplausos de los republicanos antes de que sus ojos se deslizaran hacia el otro lado de la sala.
“¿No es una vergüenza?”, dijo Trump. “Deberían avergonzarse de no haberse levantado. Debería darles vergüenza”.
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Stephen Miller, el arquitecto de las políticas de inmigración de Trump, entró rápidamente a las redes sociales para explicitar el sentido de la puesta en escena. Los demócratas sentados, dijo, “es la imagen más impactante en la historia del Congreso de Estados Unidos”.
El Congreso ha visto numerosas imágenes impactantes a lo largo de los años, y Trump estaba pronunciando su discurso dentro de la misma cámara que una turba de partidarios intentó asaltar poco más de cinco años antes en un esfuerzo por mantenerlo en el cargo a pesar de su derrota electoral.
Trump, blanco de varios intentos de asesinato, relató el asesinato del activista conservador Charlie Kirk. Tenía otra petición para los estadounidenses: “Debemos rechazar totalmente la violencia política de cualquier tipo”.
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