Esclavos de las drogas

Nacional
/ 10 agosto 2008

    México, D.F.- "Tengo 16 años y he probado alcohol, mariguana y coca"; "En primero de secundaria probé mariguana; a los 13 empecé con PVC".

    Así se presenta un grupo de jóvenes de la Gustavo A. Madero que accedió a platicar sobre drogas y alcohol bajo anonimato. No son chavos banda, ni tampoco adictos. Son literalmente adolescentes del montón. Y sus declaraciones lo son también.

    En México el consumo de drogas es cosa de jóvenes por no decir de niños. Según datos de la última encuesta nacional sobre adicciones, la edad del primer consumo es entre los 12 y 17 años.

    Y la tendencia es hacia abajo: "hemos encontrado que la edad disminuye cada vez más", asegura el encargado de los 110 Centros de Integración Juvenil del país. ¿Porqué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿quiénes? No existen respuestas exactas.

    "Empecé a fumarla por curiosidad"; "por moda, para verme más grande"; "en la peda y en las fiestas"; "la coca la probé con mi novio" barajan los cuatro chavos y chavas que prefieren guardar anonimato. Mientras más temprano el primer consumo, mayor la probabilidad de desarrollar adicciones.

    Y en México la mesa parece puesta. "Cuando existe la disponibilidad y no hay percepción de riesgo es mucho más fácil", indica Angel Prado, director técnico del Consejo Nacional en contra de las Adicciones, Conadic.

    "Aquí en la cancha de futbol encontré un pedazo de mariguana", relata Diego, sentado a escasos pasos de su madre. "Se me hizo fácil recogerlo y venderlo a cinco pesos en la escuela".

    Ella lo trajo a este Centro de Integración Juvenil, en la Delegación Benito Juárez, en La Conchita, luego de una advertencia en la escuela.

    Pero el ingreso al deportivo donde se ubica el centro parece ilustrar la esquizofrenia informativa en la que se desenvuelven los jóvenes.

    No a las drogas, pero abundan. No a las drogas, pero es cool hacerlas. no, pero sí.

    Los 50 metros de recorrido hacia el centro de integración juvenil es un desfile de tentaciones.

    La droga se ve, se huele y se consume a plena luz del día. En las canchas de futbol rápido, en las gradas, en los pasillos, junto a los padres de familia que intentan apoyar a sus hijos, a centímetros de ellos.

    La mariguana pasa de mano en mano, entre golpe y golpe a una pelota de tenis que se estrella al fondo de la cancha de frontón.

    Los chavos no se inmutan al ver la cámara. Extienden la mano para la foto y piden ocultar tatuajes y rostro. No hay nada que esconder.

    "Allá afuera esta el olor a la mariguana y a la vez un muchacho que busca no drogarse. Como que hasta le hacen burla", relata frustrado el padre de un niño de 14, quien llegó al centro por consumo de PVC.

    Robaba, mentía, pedía para libros y útiles escolares, pero sus padres no se atrevieron a dar el paso de encararlo hasta que llegó la advertencia escolar.

    Justo a espaldas del padre de familia, en la barranca, se avista a un grupo de cuatro menores con monas en el rostro. De hecho, en la sala de reuniones del centro donde hijos y padres abordan el problema del consumo de drogas, se escuchan las carcajadas de los que se las truenan. La batalla pareciera imposible.

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