El denario del César
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En el denario estaba la imagen del César. Por eso Jesús dijo, a quienes le mostraban la moneda y preguntaban si era lícito dar el tributo al César, que le dieran lo suyo. Al añadir que dieran también a Dios lo suyo se refería a la imagen divina que toda persona humana lleva en su interior. La justicia es precisamente dar a cada quien lo que le corresponde. Lo que es suyo.
La razón, rectamente usada y la fe, rectamente interpretada reconocen que nada puede ser independiente de Dios. La Historia nos ha enseñado que muchas cosas son independientes de la Iglesia. La laicidad no es negación de Dios como el ateísmo. Es sólo discernimiento, sana distinción y separación práctica de lo político y lo eclesial.
Se da así una sana y respetuosa convivencia de Iglesia y Estado. Todas las expresiones de fe, en sus distintas denominaciones y cultos, son respetadas y reconocidas en sus derechos. Ya es inadmisible una ingerencia de la institución eclesial en los asuntos internos del Estado o una intervención estatal en la vida interna de la iglesia.
El Estado, viendo el bien común de la sociedad, da normas a las comunidades de fe para poder llevar, al servicio del bien común, una convivencia pacífica. La enseñanza social de la Iglesia ilumina al Estado y a toda la comunidad, clarificando, con libertad de expresión, los aspectos del derecho natural para hacer ver la dignidad y derechos de la persona humana y de la familia, anteriores al Estado.
El poder judicial, fundado en razones jurídicas, puede, en todo momento, someter cualquier disposición inferior promulgada al juicio y dictamen de una corte suprema inapelable. Es su derecho y es su tarea. Sólo un organismo con esas características podrá ver inexactitudes, contradicciones o extralimitaciones en una ley local, en contraste con las normas constitucionales.
Una laicidad equilibrada y madura del Estado no se estremece ante una voz eclesial que cumple su misión de alertar contra cualquier decisión o disposición que puedan lesionar derechos naturales de la persona o la familia. Es un servicio valioso que brindan a la sociedad las instituciones de creyentes para que el Estado laico tenga más luces para cumplir su propia misión de gobernar para todos, buscando su bien.
Claro, puede haber bullicio mediático, que también es útil, porque hace resaltar lo más lúcido y sensato de cada decisión, en cada situación...