Amparo Pape. In memoriam
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Quién diría que una ciudad obtiene tanto de una persona. Así sucedió en Monclova, ciudad agricultora y luego industrial, transformada por esas iniciativas que tuvieron que ver con producir acero para darlo a la Segunda Guerra Mundial y sus necesidades. Desde allí viene el hilo que trajo a Harold R. Pape a Monclova, otrora ciudad llena de huertas y un río en donde mi padre llegó a nadar y a practicar clavados de profundidad.
Pues bien, el señor Pape, encargado de la construcción de esta empresa acerera, trajo consigo a su esposa, Susanne Lou Pape, de espíritu exquisito, diseñadora de modas y con hábitos filantrópicos; piloto también, mujer decidida pues. Fue ella quien inició y contagió a su marido de una labor altruista en la ciudad, dejando un legado que hasta nuestros días continuó Amparo Pape, hija en amor de ambos: la Fundación Pape.
Me enteré con tristeza que el pasado sábado 23 de enero falleció Amparo. El luto es por la persona, por el ser que continuó un legado de generosidad hacia esa ciudad en donde nací. Es una pérdida grande para la ciudad. No se dan en árboles personas que sigan una enseñanza, una doctrina de legar, de devolver lo que se recibe, y menos así, con proyectos gratuitos y permanentes para toda la ciudadanía.
Los frutos de la Fundación son enormes: Un museo que fue emblemático en el norte del país cuando los contactos culturales con el centro de la República eran escasos; dos parques de tan generosidad y amplitud que ya quisiéramos uno así en Saltillo. Sí, parques de exhuberancia y espejos de agua, queridos y cuidados por la gente. Hospitales, escuelas, colonias, el sistema de agua entubada y diversas tareas del espíritu y el intelecto fueron promovidas por esta fundación.
Lo que quisiera rescatar de Amparo tiene que ver con su carácter callado; fue mujer sencilla que se sabía enraizada en Monclova, lejana a muchos rituales que exaltaran la vanidad. Tuve apenas contacto con ella, pero al verla lo que me complacía secretamente es que en Amparo se continuaba el alimento cultural de nuestra ciudad obrera, esa ciudad que recibió a mi abuelo agricultor en las filas de la empresa, a varios tíos y a mi padre también.
Ya lo decía Miguel de Unamuno, "Todo acto de bondad es una demostración de poderío". Así se expresó Amparo, así lo hicieron sus padres. Yo pienso en el legado vivo que ella es, pues vive a través de estos espacios que han brindado a los ciudadanos la posibilidad de esparcimiento, de saber que el mundo no es uno ni definitivo, sino que es un crisol atizado por el talento y el arte, por el arte que transforma conciencias.
Estos regalos, en tiempos de crisis son tan necesarios como un vaso de agua. Hay hombres y mujeres dueños de fortunas que no tienen idea de lo que es la generosidad, claro, con sus justas razones, pero debo aceptar mi subjetividad en este tema: Me inclino por quienes teniendo poder, lo comparten de esta manera.
Yo fui una de tantos beneficiados, que acudieron a los estantes de esa hermosa biblioteca pública que hay en el museo; que escuchó conciertos con compositores mexicanos de vanguardia en la sala de conciertos; que miró retrospectivas de arte contemporáneo que ni siquiera se exhibían aquí en Saltillo, allá, a finales de los años 80. Un tesoro pues. Y me gana, para qué ocultarlo, el Museo Pape, que está bajo la responsabilidad de Jorge Bribiesca y Sosa, espíritu exquisito, ciudadano de México y el mundo. Allí se gestó un grupo de mujeres voluntarias que se capacitan en serio para conocer y compartir lo aprendido sobre historia del arte. Y no es café y una charla intrascendente, es hambre de conocimiento lo que allí se bebe.
La vida sigue, Monclova sigue, los beneficios de esta fundación siguen. Yo sólo espero que la ciudad mantenga este legado de amor que Amparo protegió. Conozco las dificultades que enfrentan, pero sé de la voluntad de todos cuantos allí trabajan; sé también del cariño de sus hijos Paloma y Gerardo por el legado de sus antecesores.
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Quien no conozca
Monclova, debe saber que la Fundación Pape está unida indivisiblemente al espíritu de la ciudad. Esta fundación tiene rostros y corazones. Ahora ha perdido a uno de ellos. Silencio.
claudiadesierto@gmail.com