Breve historia de mis zapatos

Opinión
/ 2 junio 2010

La vida de un hombre bien puede contarse a través de sus zapatos y la mía no tendría por qué ser la excepción.

Recuerdo aquella innovación de los años 70, los zapatos Exorcista, con una curiosa suela más baja en el talón que hacia la punta del pie, a la cual se le atribuían benéficas propiedades para la postura. Esa revolucionaria tecnología ahora nos tiene a muchos que los usamos de niños con dolores de espalda.

Tuve también un par de zapatos ortopédicos, que se suponía habrían de corregir mi condición de pies planos. El arco de mi pie no mejoró y lo único que sucedió es que le agarré un gusto por andar descalzo dentro de la casa que hasta la fecha prevalece.

Las exigencias en cuanto a marcas y modelos llegaron con el bachillerato. Si antes cualquier choclo era bueno para saltar, correr y retozar, se volvía impensable presentarse en la prepa con unos tenis Canadá y quedar a merced del escarnio del que sólo los adolescentes crueles son capaces.

¡Y eso que estudié en el Ateneo Fuente! No imagino la clase de presión que se ejerce en los colegios particulares.

Aun así las marcas preponderantes en la escuela pública eran todas de importación: Fila, Kaepa, Reebok y -ya muy jodido- Nike.

Descubrí más tarde las bondades de amansar un par de botas para volverlas calzado todoterreno (y "todaocasión"). Necesitaría todo un artículo aparte para reseñar mis pares de botas, mismas que orgullosamente porté siempre con ánimo rockero, jamás en la onda urbano-agropecuaria.
Al día de hoy mis favoritos son unos simpáticos botines a los cuales he bautizado como "los zapatillos de Olvier Twist", porque lucen como piecitos de niño huérfano pero bendecido por la Divina Providencia.

Me gustan tanto -y dado que no encuentro otros iguales- que tuve que hacerlos reconstruir por un cirujano del calzado. (Sigo buscando mi nuevo par ideal para darle al de Oliver Twist merecido descanso).

La constante en todos estos juegos de calzado reseñados aquí es -además del uso rudo al que fueron sometidos- que alguien pagó por ellos.
Si no fui yo, fue con toda seguridad mi madre quien, viuda, sin estudios universitarios y con cuatro hijos que mantener, siempre se las ingenió para costear lo que habría de arropar los pasos de sus angelitos.

El calzado para todos salió invariablemente del medrado presupuesto familiar, ya fuera pagándolo en plazos, adquiriéndolos de oportunidad o sacrificando algún atributo estético del mismo ("¡Ja, ja! ¿Quién trajo estos tenis del Chapulín Colorado, jefa? ¡Cómo! ¿Que son para mí? ¡Piedad!").

Y es con seguridad la razón principal de que uno valore hoy en día las cosas que se compra.
¿Acaso en su hogar fue distinto? ¿Es que hubo un Santaclaus institucional que llevara los zapatos a su hogar? Si viene de una familia normal apuesto a que no hubo tal, y que en cambio también ha pagado siempre por lo que sus pies visten.

¿Es bueno que el Gobierno obsequie zapatos para los niños coahuilenses? Depende del punto de vista de cada espectador:
Un padre de familia, mortificado porque los piecitos de sus retoños no dejan de crecer, será un beneficiado directo de esta política de gratuidad y muy probablemente -si no ejerce el sentido crítico y autocrítico- hasta la aplaudirá.

No hay ningún misterio, muchos recibirán la noticia de los Zapatos de la Gente con alborozo, pero es muy bonachón quedarse con esta perspectiva tan simplista.

Hay algo más significativo que subyace en las estrategias gubernamentales "socialistoides": La intención de suplir la figura paternal con la gubernamental. Es decir, "tienes un padre y una madre, pero todos tenemos un supra-patriarca que es Papá Gobierno".

Costearle los zapatos a un niño desde el Gobierno no es en absoluto una política liberadora, al contrario, va en detrimento de la formación de su sentido de autosuficiencia. Lo vuelve dependiente y firme creyente de la idea de que la pura necesidad justifica por sí misma el recibir, sin mediar esfuerzo en ello.
Un jefe de familia atribulado por los gastos quizás no se detenga a pensar en lo nocivo y perverso de que un Gobierno usurpe su rol de padre. Afortunadamente no todos somos tan vulnerables.

Estamos hablando de la gestación de una generación completa de coahuilenses adoctrinados con un peligroso credo, uno en el que el Gobierno provee lo más indispensable a cambio del culto, la reverencia, la pleitesía y por supuesto la fidelidad política. Sumisión a cambio de aquello que cualquiera debería ser capaz de procurarse por sí mismo.

Las puras fallas logísticas (usufructo político, malversación, falta de transparencia) bastarían para poner en entredicho este tipo de programas de "asistencia social".

Pero existen además las objeciones de carácter ideológico, más gravosas, dado que lo invertido en un programa populista se puede calcular, pero una mente alienada es un daño no cuantificable.
Los Zapatos de la Gente. ¿hacia dónde encaminaran los pasos de nuestros niños?

petatiux@hotmail.com

Columna: Nación Petatiux

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