Periplo tapatío
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Sólo un caldo tlalpeño con limón.
Unas rebanadas de pan tostaditas en que se podía embarrar mantequilla o mermelada de fresa como postre. Un refresco con hielo y un encuentro en la sonrisa de la mutua buena voluntad entre cliente y sirviente.
El apetito se debía a la caminata del paseo vespertino por el centro histórico tapatío. Ahí estaba el que hacía bailar la muerte con hilo invisible. El que pinta con fuego en hojas puestas sobre el piso. El infaltable vendedor de globos. El dibujante de crayón, con cola de clientes ávidos de ver su imagen. Esta -de la niña inquieta- no tiene ningún parecido. Es una tarde larga de julio, canicular pero aun húmeda por la lluvia del temprano atardecer.
En la calle peatonal Morelos deambula un desfile de gente que viene a caminar, a medio comprar, a coversar y convivir, a dar pasos después de las horas sedentarias. Se pueden contemplar las cuatro plazas alrededor de la catedral de las torres cónicas que recuerdan alcatraces invertidos.
Notables la Rotonda y el Dos de Copas, de gran sabor provinciano y familiar, con adultos sentados y niños corriendo. Hasta el hospicio Cabañas llega el recorrido peatonal que incluye -al final- la gran fuente de alto chorro y, antes, la otra del alto monumento que recuerda a Nierman pero sin el destello de sus aceros punzantes. Él comentaba alguna vez, en su taller de San Angel, que su colección de esculturas metálicas, en su patio trasero, sería "la pesadilla de un paracaidista despistado".
Ahí está el teatro de apellido guillotinesco con su minicafetería de banqueta, sus escalones y sus pilastras que sostienen el triángulo partenónico central de este teatro Degollado, como una cabeza geométrica aún no cortada. El domingo anterior se había presentado el Ballet Folklórico, seguramente el de Amalia.
La misma pátina, el mismo color oro viejo está en las piedras. No sabemos si son piedras de color de iglesia o son iglesias de color de piedra. Los follajes salpicados le dan al centro histórico un tinte de vitalidad y de alegría. Sólo en estas tierras de indoiberia es posible imaginar un conjunto arquitectónico tan peculiar e inconfundible.
La lluvia -puntual después del medio día- refresca y limpia las calles de Guadalajara para que residentes y visitantes se encuentren en la andanza vespertina por el corazón de la ciudad...