De pregones y noticias
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"Pueblo de San Miguel, avisa la Señorita Trinidad Medina, vecina de la calle Real número 17, que por ser útil vende una mecedora que perteneció a su tía doña Clara Duarte en 35 pesos, a los marchantes que gusten pueden pasar a verla al domicilio en horas decentes".
Voceros de los pueblos y pequeñas ciudades, los pregoneros cumplían la labor social de la publicidad, en un esquema de mercadotecnia muy sutil y simple.
Dotados de potente voz e inigualable condición física, recorrían la totalidad de las calles del pueblo, cumpliendo con el encargo de sus contratantes y, al paso, eran también los mejores informados del acontecer de las privadas ocasiones y familiares pleitos de los barrios y colonias.
"Las voces informativas", apelativo por el que también eran identificados, nominación que incluía la doble particularidad, que también era facultad implícita, esto para no decirles chismosos.
Sucesores lejanísimos de los heraldos de la república griega y el imperio romano, tiempos aquellos en los que la tradición oral era prioritaria, en la información de decretos, noticias de campañas guerreras, festejos y hasta prevención de invasiones.
La difusión escrita estaba restringida a un pequeño grupo de la población, por lo que la única manera en que la plebe se enteraba de los acontecimientos y disposiciones, era por la voz de los señalados.
En tiempos de la Colonia española, la función se fue fusionando con las de una figura similar utilizada en la metrópoli azteca denominada: tsatsi, individuo encargado de difundir las noticias.
Los medios de comunicación fueron surgiendo de manera exponencial ante el oficio, sustituyendo la social función por instrumentos de mayor sofisticación; sin embargo, subsiste por ahí escondida y se asoma tímidamente por entre algunos barrios.
Remembranzas de aquel sencillo pueblo de mi infancia, en que las voces reforzaban el paisaje urbano: "Traigo el aguamiel" (los sábados); "Lleve el menudo", de aquel señor de la carrucha y la olla azul los domingos muy temprano; "Vidrio, cartón, fierro viejo que venda" o el inigualable silbato del afilador que cruzaba por las calles.
La memoria de don Juan Alba, cronista de la muy noble "nuez de ebro", refería hará menos de dos décadas, una puntual descripción del espectáculo: "Antiguamente sonaba una aguda trompetilla en medio de la plaza y los vecinos sabían que el pregonero o el alguacil iba a narrar las noticias acontecidas en el municipio; especialmente, los edictos municipales. Muchos curiosos se acercaban para estar bien informados. Otros esperaban a que callase para comentar lo escuchado. Eran otros tiempos, no existían altavoces ni micrófonos que, seguro, hubieran aliviado las gargantas de todas aquellas personas que en las localidades aragonesas, como en otras regiones, tenían como cometido contar oficialmente la vida consistorial. Eran los pregoneros una figura que, con el paso del tiempo, ha ido desapareciendo, aunquesu recuerdo se mantiene vivo en cada uno de los pueblos en los que todavía existe la costumbre de echar el bando, aunque de muy distinta forma". Hasta aquí la referencia.
El oficio tuvo entonces que ir abarcando otras funciones para sobrevivir, siendo la venta directa de diversos productos o de la oferta de servicios, quien terminó acaparando al leal pregonero.
El vendedor de periódicos y revistas se hizo voceador, es decir la persona que a través de la voz da a conocer las principales noticias, para invitar a la lectura y después el silencio.
Hará tres décadas cuando "La Bola" Martínez, por la calle Victoria aún voceaba con singular estilo los encabezados de los diarios de Saltillo.
Hoy la función da paso a una nueva denominación: el perifoneo. Una especie de llamada a la modernidad, pero con las antiguas mañas del oficio.
Así, ataviado de altavoces y micrófono y casi siempre en un destartalado "vochito", el nuevo heraldo avisa de ofertas de supermercado al igual que de oportunidades de empleo en tal o cual maquiladora, por entre las barriadas y los berenjenales de ciudades cada vez más anónimas.
Y por si fuera poco, vino a acabar con el cuadro la silenciosa especie esa de los repartidores de volantes, que sin decir agua va, sólo te insertan el papelito en la reja de la casa, la puerta de las oficinas o el parabrisas del auto. ¿Y esto de parte de quién?- pregunté a uno cierto día. "Pos léalo", me contestó el interfecto.
Y aunque como el refrán dicta "favor con pregonero, no lo quiero, no lo quiero", hay tradiciones que escapan al olvido y fortalecen el entorno cultural y económico de los pueblos y ciudades, aunque en pequeños granos de arena, entregan el oficio a una sociedad cambiante y de poca memoria. Salve a un pregonero, esta bendita tierra lo necesita.