El año que fenece
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Era costumbre en la Edad Media, sobre todo en los monasterios, hacer un recuento de sucesos al finalizar un año. De ahí surgieron los "anales", escritos redactados por un monje cuyo oficio era precisamente el de escribano. Al paso de los meses iba anotando datos relevantes y al final debía narrarlos para que futuras generaciones pudiesen saber qué sucedió, cómo, cuándo, a quiénes. De esos anales se han podido recuperar datos que se ignorarían, algunos incluso banales, como, por ejemplo, la muerte de un campanero ocasionada por un rayo (sin duda porque tuvo malos pensamientos, anota el analista), el nacimiento de un puerco con dos cabezas (anuncio de la furia de Dios por los pecados). De esos escritos también se han recuperado datos que sirvieron para trazar una curva de enfermedades, otra de buenas o malas cosechas, una sucesión de testimonios sobre la vida en las aldeas, los cambios en las relaciones entre el alto clero y el campesinado, canciones medievales y muchas cosas más.
De esos anales surgió, siglos después, algo más amplio. En vez de mencionar lo que sucedió un año, se inició un recuento de períodos largos que, por ejemplo, intentaran explicar cuestiones, comparándolas. Los monjes, teniendo todo el tiempo y la capacidad de transmitirse unos a otros sus conocimientos, se vieron beneficiados con la acumulación y la comparación. De los anales pasaron, pues, a las "crónicas" que, como su nombre lo indica, eran escritos que abarcaban temporalidades. De ahí que ahora podamos saber cómo se fueron transformando saberes específicos, como la fabricación de la cerveza, la cruza de razas de animales de granja, la selección de las semillas o el arte de la conservación de alimentos. De ahí que un cronista fuese ya no nada más un amanuense sino un comentarista que no pocas veces dejaba en su narración interpretaciones de cierto rigor.
De acuerdo a algunos místicos europeos (varios de ellos españoles) la tarea de escribir anales debía ser puesta en práctica por los individuos para lograr un avance en su propia perfección. Hacer un balance por escrito al finalizar un año pareció un ejercicio indispensable. Tomar varios de esos anales personales y compararlos (transformarlos en crónica íntima) era un invitación hacia la autobiografía crítica. San Ignacio de Loyola, que se sitúa entre la Edad Media y el Renacimiento, tiene algo de cada época, de ahí que haya privilegiado ese examen de conciencia anual. Y, es evidente que nosotros nos encontramos muy lejos de esas formas de ver el mundo, pero lo cierto es que los comerciantes hacen su balance anual y los políticos deberían hacerlo. Éstos lo harán de manera narcisista rescatando únicamente las ganancias, nunca las pérdidas, menos sus errores, errores que han costado mucho a terceros. Por ejemplo deberían revisar, los diputados, su incapacidad para darnos resultados o, nada más, para cambiar el rumbo perdido que tiene el País. Un político, como Humberto Moreira, debería reflexionar no tanto enlo que hizo, que es bastantito, sino en lo que dejó de hacer o en lo que no aceptó que se hiciera. Sería importante que tomase en cuenta no sólo los aplausos sino el clamor de los desheredados. Ahí tenemos a los más de 100 secuestrados en Coahuila. y ellos deberían ser parte de su examen de conciencia. Porque es seguro que vendrán anales y crónicas que dirán mucho y evidenciarán más.
¿Cómo hacer un balance que sirva de algo?, ¿sobre qué temas vale?, ¿para qué sirve? Ese instrumento es a la medida de cada uno. A mis estudiantes les pido que lo hagan de sus logros del año. Les sugiero escribir el nombre y número de lecturas, las fichas escritas y su autopercepción académica de un año. Después propongo que realicen una visión prospectiva de sí mismos: ¿hacia dónde voy?, ¿qué seré dentro de dos años?, ¿qué me faltó?, ¿cómo mejoraré? También les sugiero que sean parcos, que no intenten comerse la luna a mordidas, sino que planeen el nuevo año con mesura y propósitos medibles.
Somos seres de temporalidad y de ella no escaparemos. Somos seres de relaciones. y muchas de éstas se nos imponen. Una idea concreta es la de pensar qué podemos hacer para cambiar el mundo. Eso sería, también, parte de los anales y las crónicas personales y sociales.