Album de fotos
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A unos días de la Navidad, recordar es una de las cosas que mejor sabemos hacer. Contagian los días de regocijo infantil, pero en la mente y en el corazón brotan las remembranzas y la nostalgia.
El álbum de fotos hace un recorrido que nos descubre en niños somnolientos, jóvenes vibrantes, adultos serios y formales y viejos encanecidos. En él nos reencontramos y a ratos nos desconocemos. ¿Fuimos en verdad aquéllos? Esos descubrimientos van aparejados con lo que se supone hacíamos en ese momento. Con algunas fotografías no resulta difícil recrear las circunstancias en que se captó. Se ha quedado tan grabada la imagen interior que nos hicimos aquel día de ese rayo de sol que pegaba justo en los ojos, mientras el fotógrafo se demoraba en presionar el botón de disparo; de aquellos abrigos largos que nos defendían de un febrero particularmente gélido.
Pero hay tomas que no nos dicen gran cosa. ¿Por qué sonreíamos en esa foto captada al azar? ¿Qué era lo que provocaba la distracción y ofrecía de la mirada ausencia, lejanía? Observamos a los acompañantes y el mismo caso: a unos les suponemos vaga identidad o los reconocemos como nuestros parientes, y sorprende el paso del tiempo, pero hay en ellos la risa fácil que contagiaba y que en época de Navidad era generosa anfitriona en los corazones infantiles. De otros no recordamos nada; a veces sólo un breve rasgo, pues se encuentran en lugares que apenas atisbamos a la distancia.
En una foto nos piden posar. Lo hacemos con la espléndida ilusión de los siete años. ¿Recordaremos ese momento? Quién sabe, quizá algún día. Cierto detalle nos hará esbozar una sonrisa si acaso está allí lo que active el resorte de la memoria. En las niñas, el peinado que tomó a mamá demasiado tiempo; en los niños, la exigencia de posar "derechitos" ante la cámara.
El álbum de fotos. Günter Grass, en El tambor de hojalata pregunta: "¿Qué haría yo sin este sepulcro familiar que todo lo aclara?" Y lo describe escrupulosamente. "Cuenta ciento veinte páginas. En cada una de ellas pegadas, al lado o abajo, unas de otras, en ángulo recto, cuidadosamente repartidas, respetando aquí la simetría y descuidándola allá, cuatro o seis fotos, o a veces sólo dos". De volumen épico lo califica, sin tener comparación con ninguna novela. Al que queda inmortalizado en una fotografía así lo describe: "¡Oh, tú, hombre entre instantáneas, entre fotos sorpresa, y fotos al minuto! ¡Hombre a la luz del magnesio, vertical ante la torre inclinada de Pisa; hombre que has de dejar iluminar tu oreja derecha para que la foto sea digna del pasaporte!"
Las fotos despliegan épocas localizables, como capas tectónicas, en los ropajes, vestidos o prendas de vestir esclavos irredentos de las pasajeras modas, que a su vez revelan maneras de ir por la vida.
Las imágenes dejan al descubierto épocas enteras: la mirada, la sonrisa, el gesto del siglo 19 en hombres y mujeres son muy, muy distintos a los de los hombres y mujeres de este inicio del tercermilenio.
La seriedad, la formalidad que imprimían en el gesto del rostro, tornóse en los contemporáneos en alegría a todo dar, en campechanías de grupo, en jolgorio de fiesta.
Hoy lo que menos se quiere representar es a un ser humano serio, circunspecto, triste o enfadado. En las fotografías del siglo 19 y principios del 20, la falta de familiaridad con el aparato orillaba a adoptar una actitud de desdén, de desconfianza, o incluso fingido desinterés. Ahora somos conscientes de que se grabará, aunque quién sabe si será para siempre, pues resulta sencillo decir: "No. Elimínala. No me gusta. Toma otra", gracias a la digital.
Actualmente, el álbum vive en desventajosa competencia con sitios como el Facebook. Lo primero fue "subir" fotos viejas para compartir. Luego, ese "gran sepulcro familiar" será sustituido. El Internet, las cámaras digitales, los discos, las computadoras, los teléfonos celulares y el Ipod harán lo que era su trabajo.
¿Se establecerá con esos artilugios la misma relación de cálida intimidad que conservamos aún con el álbum?
¿Quién lo sabe?