El precio de una sonrisa

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Opinión
/ 1 diciembre 2010

Muchos autores (bueno, en realidad nunca los he contado) coinciden en lo peligroso de la consecución del poder por parte de las empresas, frente al debilitamiento del Estado.

No es un escenario hipotético, ni un cuadro descabellado, ocurre de facto en muchas partes del mundo, en donde los grandes capitales ponen, quitan y manejan a los gobiernos.

¿Qué hay de malo en ello? Que el desarrollo de las sociedades se orienta entonces hacia el capital y no hacia el individuo. Nomás.

Habría que ilustrarlo de alguna forma para ver si nos percatamos de lo que tal situación implica.
Supongamos que en casa papá es el proveedor y mamá la autoridad. Pero dado que papá es el que tiene la actividad económicamente remunerada, es él quien come primero -y el que come más-, es el único que tiene derecho a usar el agua caliente, el teléfono, el auto y el único que puede mudarse de ropa a diario, todo ello con el consentimiento silencioso y resignado de la madre de una numerosa prole que se reparte los mendrugos y los harapos.

Estará de acuerdo que por muy proveedor que sea el padre de esta familia hipotética, la distribución de su hipotética riqueza es totalmente injusta, y la supuesta autoridad (que fue puesta allí para buscar el beneficio común) está poco menos que pintada.

Ya dudo que el ejemplo haya sido efectivo, pero por favor intente llevarlo a un nivel macroscópico.
Los grandes emporios, las transnacionales llegan a acumular tanta riqueza que no quieren ver sus inversiones amenazadas con políticas contrarias a sus objetivos, entonces -para influir en las decisiones públicas- comienzan a tomar parte en la vida política de los pueblos, inclinando las pugnas democráticas hacia aquellos proyectos que les son favorables, aquellos que respaldan su actividad lucrativa.

Al cabo de un rato tenemos gobiernos al servicio de los intereses empresariales. Gobiernos que apenas y se ocupan del pueblo al que deberían estar consagrados.

No pasa mucho tiempo antes de que el interés empresarial comience a afectar todas las decisiones de los gobiernos: la educación se diseña para producir recurso humano a la medida de las necesidades de las empresas (no del país); la energía se convierte en prerrogativa industrial; reciben un trato fiscal preferente. En síntesis, todas las facilidades para el desarrollo que pueda otorgar un gobierno se sirven en bandeja plateada para las corporaciones.

Más adelante, el capital privado comienza a incursionar en la oferta de servicios que tradicionalmente brindaría el gobierno: distribución de agua, recolección de basura, equipamiento urbano y quizá hasta lo haga con mayor eficiencia, pero tiene un costo el corporativizar la sociedad.

Y no es un costo bajo, el precio es alto: para empezar, no todos participan de la prosperidad de los grandes capitales, de hecho, la gran mayoría queda excluida.

Para colmo, de cuantos participan lo hacen en el clásico esquema piramidal, en elque sólo la punta, una pequeña élite, absorbe la mayoría de los beneficios hasta bajar a una amplia base que tiene que repartirse un porcentaje ínfimo de la riqueza producida bajo este modelo.

Todo ello, con la anuencia y participación de los gobiernos que, al menos en teoría, se erigieron para regir en beneficio de la mayoría.

-¿A qué viene todo esto?

-¡Ah! A que es diciembre.

-Bueno. ¿y qué con eso?

-Pues el advenimiento del redentor.

-¿El Niño Jesús?

-No, el Teletón, por supuesto.

El Teletón (y sus CRIT cuyos beneficios no vamos a discutir en este espacio), nos muestra esa suplencia que hacen las corporaciones de los gobiernos.

Obvio que las empresas deben asumir lo que conocemos como responsabilidad social, pero no estoy muy seguro de que el Teletón sea lo que se tenía en mente cuando se acuñó dicho término.

Mañana, cuando dé arranque el famoso tele-maratón, se volverá a apelar a los mejores sentimientos de los mexicanos y éstos harán su debida aportación bajo amenaza de ver llorar a Lucero (o a su mamá bailar).

Las empresas también harán su donativo, del que recibirán, además de la deducción de impuestos que corresponde, una nada despreciable publicidad en televisión y con altos puntos de rating.

Y he aquí que entramos en un extraño esquema, en el que se deja de recaudar impuestos con los que de hecho el Gobierno podría construir los centros de rehabilitación que fueran necesarios y brindar los servicios pertinentes, ya que esa es una parte de las funciones que están entendidas para un gobierno.

Pero mediante esta curiosa triangulación se suscita un enjuague financiero que de pasada fortalece a un emporio, el cual es de hecho uno de los más dañinos de cuantos han medrado con la inopia del pueblo mexicano, y que al día de hoy tiene su propio proyecto de Presidente de la República.

Alimentamos al monstruo y además tenemos que vivir en gratitud con él. Todo por la sonrisa de un niño.

petatiux@hotmail.com

Columna: Nación Petatiux

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