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Opinión
/ 4 enero 2011

Arusha, Tanzania.- En esta ciudad del norte de Tanzania se escribe todos los días una de las historias de mayor enseñanza para todos. Aquí es donde todos los días tratan de sellar "el camino al Infierno".

La frase no es una parábola. Tampoco una metáfora. Es el recuerdo colectivo de una realidad. En Arusha se encuentra en sesión permanente desde hace casi una década el Tribunal Internacional Criminal de Ruanda, que juzga a quienes idearon el genocidio en aquella nación de las mil colinas, y a los que siguiendo sus instrucciones del exterminio de la etnia tutsi, aportaron el odio y el músculo para que durante sólo tres meses en 1994, 800 mil personas fueran asesinadas con sangre fría.

Decir sangre fría en Ruanda tampoco es un lugar común. En el universo criminal de la región eso significó la ejecución con machetes y sus juegos callejeros de futbol con las cabezas de sus víctimas. También quiere decir asesinato por aplastamiento, o acabar la vida con dolor supremo al ser convertidos en antorchas en vida. Entre más doloroso era, mejor.

Si en Colombia la violencia es patológica, en Ruanda alcanzó niveles superiores, sólo vistos con los serbios cuando la partición de Yugoslavia, quienes junto con los extremistas hutus, la tribu que inició el genocidio, compartieron un método único de asesinar: amarrar piernas de sus enemigos a dos automóviles que al arrancar en dirección opuesta los destrozaban.

En la Corte Internacional Criminal -cuyas sesiones están abiertas al público que para entrar a escuchar los alegatos de los abogados y los testimonios de los testigos sólo necesitan presentar su pasaporte-, el personaje más nefasto que ha sido juzgado aquí, fue Théoneste Bagosora.

El presunto cerebro del genocidio en Ruanda, llamado "el coronel de la muerte", por el rango militar que tenía y lo que provocó con sus decisiones, fue sentenciado a cadena perpetua en 2009 tras cinco años de juicio, y siempre alegó que había sido una víctima de una "ignominiosa propaganda".

Basagora fue juzgado junto con otros comandantes militares, con quienes redactó un documento donde describió a la minoría étnica de los tutsis como el enemigo, y estimuló a la radio a difundir el mensaje de odio y a leer listas de nombres de personales a quienes habían que atacar.

La historia narrada en la Corte Criminal a lo largo de los años, es una pasaje  de odio que se incubó en el espíritu de alemanes y belgas, los colonizadores más salvajes y racistas de todos. Los alemanes, en particular, tienen sobre de sí la responsabilidad mayor de lo que terminó en otro genocidio donde estuvieron involucrados, pues al tener el control de todo Africa Oriental, le dieron a la minoría tutsi una educación superior a los hutus.

Los tutsi, una raza espigada, alta, de cuellos largos y facciones finas se desarrollaron como comerciantes y terratenientes, mientras los hutus, el estereotipo africano, de rasgos toscos, que eran la etnia mayoritaria, se quedaron atados al campo por sus bajos niveles de educación.

El juicio en Arusha cuenta sólo los resultados de esa polarización precolonial. Pero son desgarradores los testimonios de los sacerdotes que sacrificaron a los miembros de sus parroquias, de las monjas que llamaron a los hutus para que prendieran fuego a los tutsis, a quienes antes habían cuidado, y el de las mujeres que llamaban a que violaran a otras mujeres, de diferente etnia.

En Arusha la historia sigue incompleta. El genocidio, no se detuvo al caer el gobierno hutu. Dos años después de la masacre, cuando con la ayuda del gobierno de Uganda y de los rebeldes del Congo derrotaron en una guerra civil a los hutus, que se encontraban en el poder, los tutsis hicieron los mismo. Sin freno alguno, los tutsis persiguieron a los hutus, en represalia, por todo el país y en el sur del Congo para asesinarlos con machetes y fuego.

El primer fiscal Paul Nq'Arua en la Corte dijo una vez que los tutsi habían construido un "camino al Infierno". Ruanda es un hoyo negro en la historia mundial, pero no es el único. Es el ejemplo de lo que un discurso de odio y la polarización provoca. Es la lección que se tiene que aprender para no repetir.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx
twitter: @rivapa


Periodista en busca de decodificar la toma de decisiones en la política mexicana y exponer las tensiones del sistema en el que operan. Actualmente es director general del periódico digital Eje Central.

Columna: Estrictamente personal

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