El poder de las tinieblas
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Primera parte
Dos cosas descubro leyendo a John Connoly (Dublín, 1968): 1) parece que las cosas siempre llegan tarde para mí, y 2) desde Patricia Highsmith no había sentido la hondura del horror que provoca una buena novela negra.
"El poder de lasTinieblas" (Tusquets) es un libro publicado en castellano en el 2004. Hace unos días me enteré de que un chico de 21 años -Douglas Murray- publicó en el 2001 "Bosie", una prolija biografía de Lord Alfred Douglas: 10 años ha, nada menos. Hace tiempo Henning Mankell puso punto final a la saga de su detective Kurt Wallander, de lo que recién me entero. Hojeando una revista pasada me doy cuenta de que un joven y talentoso dramaturgo mexicano -Gerardo Mancebo- murió en el año 2000. ¿Dónde diablos estoy cuando suceden todas estas cosas y muchas más que me interesan?
Porque este o aquel campeonato de fut bol me tiene sin cuidado, lo mismo que cualquier nuevo esperpento montado en la Cámara de Diputados. Pero no saber que Pina Bausch estrenó su "Café Müller" en 1978 y que esa obra reformuló la danza desde entonces; o haber ignorado la publicación de un libro de Eduardo Lizalde, "Algaida" por ejemplo, eso sí me pone mal, muy mal, y no por soberbia sino porque constato con tristeza que soy un despistado irredento. Quizá ni siquiera me entere de mi propia muerte. (¿Alguien se entera de la suya?).
En cuanto a lo que me ha producido la novela de Connolly, no puedo compararlo sino con la sensación de viento helado que suscitan ciertos momentos -y algunas obras del arte. La lógica monstruosa de Poe, el análisis estricto de Conan Doyle, el horror ctónico de Lovecraft y el "hard boiled" (¿hervidero?) de la obra de Hammett y ulteriores se conjuntan en "El Poder de las Tinieblas" y en otras novelas de Connolly. A esto añadiría una gran cultura, una poderosa capacidad de percepción y un uso del idioma que por instantes roza la prosa lírica, rasgo que se transparenta incluso a través del jergón de la traducción.
He hablado con mi amiga la escritora Magaly Sánchez acerca de algunos de los actuales cultores del género, como los suecos Stieg Larsson y Henning Mankell, y el irlandés Connolly. Ella se sorprende de que estos autores han alcanzado una alta pericia estilística y subraya un hecho interesantísimo: la intriga no se reduce ya al descubrimiento del asesino, sino que implica sustratos tenebrosos en los que se adivinan intereses globales y no por evanescentes menos siniestros. La acotación de Magaly me parece crucial, y comento con ella una opinión: debajo de la trama de una novela negra, como de muchas otras formas literarias o artísticas, corre el río de la metafísica, un río que desemboca indefectiblemente en el mar de una teología heterodoxa. Por eso, una novela negra es siempre escatológica: pretende tocar las realidades últimas.