Machila y Carpentier

Opinión
/ 9 julio 2011
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Desde que en 2008 se inauguró dentro de las actividades de la Feria del Libro Saltillo la Cátedra Alejo Carpentier, año con año se han llevado a cabo seminarios y cursos sobre el extraordinario novelista cubano autor de "Los pasos perdidos", "El Siglo de las Luces" y otras maravillosas obras.

De Cuba han venido para impartir la cátedra maestros y doctores especialistas en la vida y la obra del escritor. Sin embargo, no han tocado un episodio de la vida personal de Carpentier estrechamente relacionado con la intensa vida cultural mexicana de mediados del siglo 20. Quizás porque atañe a la intimidad del novelista, tan fieramente defendida por Lilia su viuda, y quizás también por el gran respeto que sus compatriotas guardan para el más grande representante intelectual de la revolución cubana.

Alejo Carpentier vivió una íntima relación con la mexicana Machila Armida. Él a punto de cumplir 56 años, ella de 39. Un amor clandestino que logró sobrevivir casi seis años. María Cecilia Armida Baz, nacida en una casona de Coyoacán (la hoy Casa de la Cultura Jesús Reyes Heroles), creció en la sofisticada existencia que enmarcaba la vida de la capital mexicana en los años veinte. Nieta de Concepción Cabrera de Armida, fundadora de la Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo, Machila no siguió ni de lejos los pasos de su abuela, ni las rígidas normas que impuso su padre en el hogar, donde reinaba el refinamiento y la conducta de las mujeres se replegaba a la añeja aristocracia familiar: el amor y el sexo debían obedecer las reglas del "buen vivir". La indómita y rebelde Machila Armida infringió todas las reglas. Expulsada de todos los colegios para señoritas, la mandaron a estudiar a un internado de monjas en San Luis Missouri, lo que no logró domar su espíritu de libertad. A los 18 años se casó con un desconocido ante un falso juez en un bar, por lo que su padre le consiguió un empleo como secretaria del embajador de México en Brasil. Allá conoció a un hombre de negocios holandés con quien contrajo matrimonio. De regreso en México, en 1949 dio a luz a su única hija, Patricia, y poco después, Machila pidió el divorcio.

Inmersa en el ambiente un tanto aristocrático en el que la frivolidad, la cultura y las pasiones eran las protagonistas, intentó ser pintora, y en 1952 Diego Rivera le apadrinó una exposición. Pronto descubrió que su vocación no era tal, sino otra que le ganó la admiración y el reconocimiento de los intelectuales y las clases altas de la época como una de las figuras mayores de la gastronomía mexicana. Su amistad con Diego y Frida fue tan profunda, que en varias cartas la Kahlo le encarga a Diego para que lo cuide después de su muerte y Elena Poniatowska la hace uno de "los difuntitos que pueblan la Casa Azul", cuando en 2004 describe el vestuario de Frida en artículo para La Jornada.

Machila y Alejo se conocieron en 1960 en una de las famosísimas cenas en casa de Machila, cuyo menú incluía: tortilla al estragón, steak au poivre, tarta de fresa y vino Beaujolais. La relación tuvo altibajos y se fue enfriando por las complicaciones de un Carpentier entregado a la representación cultural de una revolución que consumía su tiempo y las no menos complicadas relaciones con su esposa Lilia. En 1966, Carpentier se va a la embajada en París. La distancia se hace insalvable entre los dos amantes y la relación se extingue.

Fabienne Bradu reunió, en "Damas de corazón" (FCE 1994), fragmentos de algunas de las cartas que el apasionado novelista le escribió a Machila. Hasta ahora, sólo ahí pueden leerse y constituyen una deliciosa faceta del creador de lo real-maravilloso en la literatura hispanoamericana.

edsota@yahoo.com.mx
 

Profesora de Lengua y Literatura Española. Dirigió el departamento de Difusión Cultural de la Unidad Saltillo de la UAdeC. En 1995 fue invitada por la Universidad Tecnológica de Coahuila, unidad Ramos Arzipe, para encargarse del área cultural, que incluía la formación del Centro de Información y cuatro años más tarde vendría la fundación del Centro Cultural Vito Alessio Robles, recinto que resguardaría la biblioteca de su padre, y donde hasta hoy labora.

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