Recompensas de un escritor
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Soy palabrista. De las palabras vivo. Pero ninguna me alcanzaría para dar las gracias por palabras tan bellas como las de Lucero y GMH
Cuatro lectores tengo. Si uno sólo me quedara seguiría escribiendo para él. Hace unos días recibí un mensaje: “Te quedan tres lectores”. Supuse que a uno de los cuatro le había molestado algún artículo mío, y me anunciaba que dejaría de leerme. Otros mensajes como ése he recibido. Hay quienes han dejado de leerme 14 veces. Pero ¿de dónde viene eso de “mis cuatro lectores”? Sucede que cierto día don Mario Vázquez Raña, presidente de la Organización Editorial Mexicana, me preguntó: “¿Tiene usted idea de cuánta gente lo lee?”. Jamás me había hecho yo esa pregunta. Él mismo la respondió: “Nada más en mis periódicos lo lee un millón de personas cada día”. Al oír eso el mundo se me vino encima. No la mitad del mundo, o la tercera parte: todo el mundo. Me dije: “Si al empezar a escribir pienso que lo que escribiré lo leerá un millón de personas no seré capaz de escribir una sola línea”. Para disipar ese temor me inventé lo de mis cuatro lectores; un público reducido y amistoso con el cual podría compartir mis pensamientos y mis sentimientos en un ambiente de íntima confianza y familiaridad. Cuando recibí el mensaje que arriba dije quise saber por qué me quedaban ya solamente tres lectores, según decía el firmante de la misiva, cuyas iniciales, GMH, pongo aquí por no tener autorización para poner su nombre. Me dijo en su correo: “El pasado día 24 de diciembre, a las 10:30 horas, falleció mi padre. Te cuento eso porque aunque tú no lo conociste él sí te conoció a través de tus escritos, de los que fue gran admirador. Te leyó durante muchos años. Al final de su vida ya no podía hacerlo, por lo que mi mamá lo ayudaba. Durante los últimos meses que vivió mi padre uno de sus momentos favoritos del día era escuchar tus columnas en la voz de ella. Te quiero agradecer eso profundamente. Sin saberlo le regalaste a mi papá muchos ratos agradables, y lo hiciste sonreír y reflexionar a lo largo de mucho tiempo. Con su fallecimiento te quedan ya solamente tres lectores. Te envío un caluroso abrazo y te deseo un 2026 lleno de bendiciones”. Un mensaje así es recompensa para toda una vida de escritor. Soy yo el agradecido. Y otro mensaje recibí el mismo día, éste firmado por Lucero: “Me permito escribirle porque mi abuelita ha sido desde hace muchos años una gran admiradora de su trabajo. Somos de la Ciudad de México, y ella misma me pidió que le enviara este correo. Siempre lee con entusiasmo sus artículos, que le provocan tanto risas como lágrimas. Dice que tiene usted una forma muy especial de entender y relatar la vida. Le agradecemos lo que escribe y las emociones que despierta en quienes lo leemos”. Soy palabrista. De las palabras vivo. Pero ninguna me alcanzaría para dar las gracias por palabras tan bellas como las de Lucero y GMH. El gran misterio al que llamamos Dios me dé vida suficiente para tratar de merecer las bondades de mis cuatro lectores, aunque ahora me queden ya solamente tres... Todo lo anterior, a más de fortificarme el ánimo, me permitió descansar un día, y dejar descansar a quienes me leen, de la reseña de lo que hacen y deshacen Trump, la 4T y otros enemigos públicos. Añadiré a eso un par de cuentecillos finales... El pintor estaba en su atelier acariciando y besando con pasión a su joven y linda modelo. En eso se oyeron pasos en la escalera. “¡Es mi esposa! –le dijo lleno de sobresalto el artista a la muchacha–. ¡Rápido, desvístete!”... “Tu marido te engaña” –le dijo doña Chalina, mujer amiga de los chismes, a la mujer de don Languidio, añoso caballero–.¿Quieres saber con quién?”. Respondió la señora: “Más bien me gustaría saber con qué”... FIN.
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