Showa

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Opinión
/ 15 agosto 2011

El 15 agosto de 1945, la radio NHK, la emisora nacional del Japón anunciaba que el Emperador Hirohito se dirigiría a su pueblo. Era la primera vez que japoneses lo escucharían, lo que añadió mayor emoción a la recepción del discurso. Las palabras de Hirohito, gobernante que para su reinado había elegido el nombre de Showa (Paz y armonía) reflejaban la destrucción del Japón: "Yo, el Emperador, después de reflexionar profundamente sobre la situación mundial y el estado actual del Imperio Japonés, he decidido adoptar como solución a la presente situación el recurso a una medida extraordinaria. Con la intención de comunicarlo me dirijo a ustedes, mis buenos y leales súbditos. He ordenado al Gobierno del Imperio que comunique a los países aliados la aceptación de su Declaración Conjunta. La trayectoria de la guerra no ha evolucionado necesariamente en beneficio de Japón y la situación internacional tampoco nos ha sido ventajosa. Además, el enemigo ha lanzado una nueva y cruel bomba, que ha matado a muchos ciudadanos inocentes y cuya capacidad de perjuicio es realmente incalculable".
Orgullosos, los japoneses se alegraban de que en el discurso de Hirohito jamás aparecieron palabras como "rendición" ni "derrota". La guerra era tratada como un desastre natural, y no como la imposición de la voluntad del otro.
Hasta esa fecha, la Segunda Guerra Mundial, había causado la muerte de 20 millones de soldados y de 47 millones de civiles, cuyas muertes ya desde entonces se informaban bajo el término de "daños colaterales".  
Aunque en Mayo de 1945 se había firmado la capitulación de Alemania, la guerra continuó en el Pacífico y su prolongación provocó que el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, ordenara el ataque a Japón con una bomba atómica sobre Hiroshima, ciudad ubicada en el suroeste de la isla de Honshu. El teniente coronel Paul Tibbets abordo del superbombardero B-29 Enola Gay, fue el encargado de lanzar a "Little Boy"  (nombre de la bomba atómica). A las 8:15 am. del 6 de agosto, la bomba cae sobre su objetivo.
Japón, el único pueblo que ha soportado el impacto de dos bombas atómicas, al "soportar lo insoportable", como había pedido Hirohito por radio, recibió la mañana del 6 de agosto de 1945 en Hiroshima un fogonazo de magnesio que rasgó el azul del cielo. Un bramido sordo llegó con una fuerza aterradora. En el mismo centro de la explosión apareció un globo de cabeza terrorífica. Una ola gaseosa barrió todo lo que se encontraba en un radio de seis kilómetros. Diez minutos más tarde, una lluvia negra cayó sobre la ciudad. Más de 100 mil personas se habían volatilizado con la explosión y la ciudad era prácticamente borrada del mapa.
Tres días después, Estados Unidos, el único país que ha ordenado un ataque de esta naturaleza, lanza un segundo bombardeo el 9 de agosto, esta vez sobre la ciudad de Nagasaki. El número de víctimas causadas directamente por la explosión se estima en 50 mil personas y 30 mil heridos de una población de 195 mil habitantes. Aún hoy, los habitantes de ambas ciudades y de los alrededores muestran en sus cuerpos las horribles secuelas de esa terrible decisión.
Finalmente, el 2 de septiembre de 1945, el ministro Shigemitsu, el general Umezu y el contralmirante Tomioka, abordaron el acorazado estadounidense Missouri para suscribir el acta de capitulación. El testigo fue el comandante supremo de las fuerzas occidentales en el teatro de operaciones de Extremo Oriente, el general Douglas MacArthur.
Han pasado 66 años del famoso discurso de Hirohito, y conviene no olvidar ni ocultar ciertas verdades, que hoy que son del dominio de la historia y pueden ser una enseñanza para el presente y para el porvenir. Porque tal parece que nunca aprendimos que una guerra nunca resuelve problema alguno sino que plantea otros nuevos. Recordemos a las generaciones actuales que han perdido en parte la memoria, que el racismo y la ambición provocaron Auschwitz, Hiroshima y Nagasaki. Hoy vale la pena recordar el infierno de cualquier guerra y que sólo hay una guerra que puede permitirse el ser humano: la guerra contra su extinción.

Columna: Dogma de fe

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