El príncipe de los abogados (II)

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Opinión
/ 4 agosto 2011


No dije -ni diré- el nombre de este abogado. Lo llamaré don Ulpiano, que es nombre muy jurídico. Tampoco voy a decir la ciudad en que vivía. Baste saber que esa ciudad no es ésta.

A don Ulpiano se le considera un gran jurisconsulto. Sus colegas lo envidian sin recato, pues ha ganado mucho dinero en negocios de gran cuantía que ha resuelto. Su especialidad es el Derecho Penal. Se encarga sobre todo -como Santa Rita- de causas difíciles y desesperadas.

Voy a contar la forma en que don Ulpiano sacó de la cárcel a Fulanito de Tal, muchacho de la buena sociedad. El mozalbete se hallaba tras las rejas acusado de haber asesinado a un rival suyo en amores. En medio de una trifulca sacó la .38 que llevaba en la cintura, y le asestó dos balazos a su víctima. Hubo testigos de la acción, y el muchacho fue a dar con sus huesos a la cárcel.

Al atribulado padre del joven delincuente, señor de gran fortuna, trajo a los más afamados penalistas de la Ciudad de México para que tomaran la defensa de su hijo. Igual hubiera sido contratar al más torpe leguleyo: el crimen estaba tan patente que aquellos ilustres -y carísimos- letrados no pudieron hacer nada para librar al homicida de la cárcel.

Fue entonces cuando alguien aconsejó al rico señor que pusiera el caso en manos de don Ulpiano. Y en un par de semanas él sacó al muchacho de prisión, libre de todo cargo.

¿Cómo hizo ese milagro? Voy a decirlo. En cosas de abogacía no hay milagros: todo obedece a una causa, como en las ciencias físicas. Don Ulpiano impartía la cátedra de Medicina Forense en la Facultad de Derecho de su ciudad. Un día llevó a su grupo a la morgue del hospital, para que los muchachos vieran una autopsia. Mientras la operación tenía lugar don Ulpiano se puso a curiosear por la sala. Vio un anaquel, y en su interior un pequeño sobre de plástico transparente que contenía dos pedazos de plomo. Una tarjetita adjunta decía que esos plomos eran las balas que habían dado muerte a la víctima de aquel muchacho.

Ahí mismo don Ulpiano puso a trabajar su imaginación. Esa tarde tomó una pistola .45 que tenía, regalo de un militar a quien había ayudado en cierto asunto delicado. Tomó también un costalito y una pequeña pala. En su automóvil salió de la ciudad; buscó un sitio apartado; llenó el saquito con arena e hizo varios disparos con la 45. Escogió dos plomos, y los llevó con él. Pocos días después fue de nuevo con sus alumnos a ver otra necropsia. Mientras todos estaban ocupados en aquello don Ulpiano fue al anaquel, tomó el pequeño sobre y cambió los plomos que estaban en el sobrecito por los que llevaba él. Esos plomos serían para él oro molido.

Poco después de asumir la defensa del muchacho, don Ulpiano exigió una prueba pericial. Quería que constara en autos si las balas que estaban en poder de la autoridad correspondían al arma que el muchacho disparó. Un perito dictaminó que las balas eran calibre .45. Y los testigos habían asegurado que el joven usó una pistola .38.

"Aequitas in dubio praevalet", consideró el juez. En caso de duda la equidad debe prevalecer. Valido de ese principio del Derecho, y ayudado en su decisión por discretos ofrecimientos que le hizo don Ulpiano, el juzgador sobreseyó la causa y dejó en libertad al acusado, libre de todo cargo.

La buena sociedad celebró ese triunfo de la justicia, y don Ulpiano quedó con fama de ser el príncipe de los abogados. Así le llaman todos en su ciudad natal. Quienes conocen los modos en que don Ulpiano maneja sus asuntos no lo llaman así. Lo llaman con otros nombres que no puedo yo poner aquí.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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