¡Qué falta nos haces, 'Compadre'!

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Opinión
/ 31 agosto 2011



Cualquier nativo de este sarapero valle de lágrimas que supere cierta edad, recuerda forzosamente a aquel mito del micrófono que ostentó como nombre de batalla el familiar mote de "Compadre Medina".


Cuando digo "forzosamente" lo sé convencido por la certeza de que los saltillenses guardamos su recuerdo en donde albergamos todas las memorias entrañables.


Y es que el nombre, voz y personalidad radiofónica del Compadre Medina se nos inculcó desde muy temprana edad en las modorras horas de la mañana, justo antes de salir embarcados con rumbo a la escolar aventura de cada día.


"¡Arriba el Norte!" era también la consigna obligada para salir a ganarse el diario sustento.


A diferencia de tantos otros comunicadores, él no era un intruso en casa sino una auténtica compañía para agradecer. Después de todo se trataba de nuestro "Compadre", cuyo acento y cualidades idiosincráticas hacían perfecta empatía con Saltillo y poblaciones circundantes.


Aquella voz tenía de hecho autoridad fáctica en el área urbana así como en las comunidades rurales. Si lo decía el Compadre Medina, tenía que ser necesariamente cierto. Otra vez: qué diferencia con otros comunicadores actuales.


Esa credibilidad se la ganó José Guadalupe "el Compadre" Medina a pulso, jornada a jornada, gracias al invaluable servicio que prestaba a la comunidad desde su cabina de locución. Así, de manera sencilla, como parte inherente a su trabajo, con tesón diario, Medina se gano el respeto y el reconocimiento de varias generaciones de familias coahuilenses.


Y si usted tiene la edad o las neuronas para recordar al añorado Compadre, se acuerda también de que su voz regía la agenda de los saltillenses, como la única autorizada para anunciar las condiciones meteorológicas y a partir de allí decidir si las actividades cotidianas se realizarían de manera normal.


Dije en un par de ocasiones que pronto tendríamos que consultar el clima, pero el clima de violencia, antes de planear nuestro diario itinerario, así como es bueno saber de los inconvenientes atmosféricos o viales antes de salir de casa.


Pero aunque apenas hace unos meses lo vaticiné, sin más, ese día se llegó.


Esa es la mala noticia. La peor es que no existe una fuente fidedigna, oficial, creíble y oportuna que nos diga en tiempo real si se está produciendo una situación de peligro y qué puntos de la geografía citadina debemos evitar para estar a salvo.


Y la que se supone que es la corporación que debería mantenernos al tanto de esto, la Fiscalía del Estado, se conforma con publicar escuetos mensajes en las redes sociales por Internet.


Para ciertos efectos comunicativos, la red mundial es un medio muy poderoso, pero para cuestiones inmediatas me parece poco efectiva, aunque el o los responsables del área de comunicación de la Fiscalía están muy seguros al parecer de que un automovilista consultará las actualizaciones de su perfil de Facebook o Twitter como primera opción.


Según yo, cuando muchos automovilistas y transeúntes puedan consultar su PC, laptop, blackberry o lo que sea, quizás ya hayan estado expuestos al peligro. Para mí tiene poco o ningún sentido este protocolo en casos de contingencia.


¿O qué, si se desborda una presa lo procedente es enviar la alarma por correo electrónico? Según la lógica de la Fiscalía, sí.


Pero yo realmente estoy convencido de que sí tuvieran una verdadera intención de alertarnos, no tendrían empacho en utilizar prioritariamente recursos comunicativos más eficaces para las contingencias, como las ondas hertzianas.


La radio es fácil de sintonizar en cualquier parte, incluso para un conductor. Es accesible y no demanda a la población de mayor edad conocimientos actualizados en comunicaciones. De hecho hay una radiodifusora estatal (ocupada la mayor parte del tiempo en programación tan ramplona como la radio comercial).


Yo sin reservas -y dadas las circunstancias- enlazaría las radiodifusoras locales cada vez que fuera menester. Claro, siempre y cuando mi verdadera intención fuera alertar a la población.


Ahora que si todavía es más importante disimular la gravedad de las cosas y guardar la apariencia de un Estado en calma, si es más importante que la seguridad de los ciudadanos, pues quizás ello explique por qué se nos da la información a cuenta gotas, a regañadientes y quién sabe con qué tanta fidelidad.


Ojalá viviera el Compadre Medina y después de dar su habitual saludo a toda "la raza" nos dijera qué lugares evitar, por dónde no pasar, o cuándo de plano quedarnos echados en la cama porque el día no ofrece garantías para salir.


Aunque en realidad, en honor a su memoria, qué bueno que ya no está entre nosotros pues si viera el actual desgarriate en que se ha convertido su querido norte, se volvía a morir.


petatiux@hotmail.com


Columna: Nación Petatiux

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