¿El Buen Fin?

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Opinión
/ 21 noviembre 2011

Como si no existiera ya suficiente polémica y división de opiniones en todos los ámbitos de interés público, ahora falta que nos pongamos de acuerdo sobre lo que a algún genio tecnócrata le dio por llamar "El Buen Fin".
Yo la única objeción que le pongo es precisamente al nombrecito, que me evoca algunas ofertas del comercio sexual: "Masajes para caballeros a domicilio con final feliz".
¿"Final feliz", "Buen Fin"? Me pregunto si son conceptos afines.
Por cierto, no sé si el controvertido giro de la carne humana se sumó a esta iniciativa con la que se busca imprimirle algo de dinamismo a nuestra aletargada economía y, de ser así, ¿cuáles fueron las ofertas? Me gustaría saber.
Antes, el mensaje institucional para los mexicanos era en el sentido de que cuidaran su aguinaldo, que lo gastaran concienzuda y escrupulosamente; que ejercieran con cordura y mesura dicha prestación que con tanto esfuerzo se gana.
Y después de décadas de adoctrinamiento (que de cualquier manera nos pasamos siempre por el navideño arco del triunfo), resulta que el gobierno espera de nosotros precisamente lo contrario: que le partamos su respectiva al bono de fin de año desde antes de que nos lo entreguen.
Nomás porque lo de gastar hasta lo que no tenemos va muy bien con nuestro jacarandoso espíritu patriótico, que si no ya estaríamos pegando de alaridos por la falta de congruencia.
Como sea, parece que el Buen Fin arrojará saldos positivos.
De haber sabido, hace mucho habríamos implementado esta azteca respuesta al "Viernes Negro" con el que el comercio gringo remata existencias para dar cabida a las mercancías navideñas.
Ya hasta habríamos mexicanizado el "thanksgiving" como fiesta nacional (un puente más a tu servicio, mi Señor). Sólo faltaría decidir cuál sería el platillo tradicional y encontrar una razón para dar gracias.
Y si, como dije, aún falta el veredicto ciudadano -que puede prestarse a discrepancias- el Buen Fin es un interesante ejercicio económico repetible y perfectible.
A la que no se le ve el Buen Fin por ningún lado es a la administración estatal que está a una semana de concluir definitivamente.
Cierra la gestión que encabezó Humberto Moreira dejando cualquier cantidad de dudas respecto al ejercicio del dinero público y es que desde su inicio, su sello distintivo fue el alarde, pero no la transparencia.
Y he aquí que la gran lección no es para los responsables del negligente derroche (que quien sabe si algún día reciban su merecido), sino para los corresponsables, es decir, todos los coahuilenses que se llegaron a creer que la subvención de bienes y servicios es parte de las obligaciones de un Gobierno.
Un gobierno paternalista, empeñado en granjearse la querencia popular con la dádiva como política rectora, no podía tener otro fin distinto al que presenta.
Vamos a suponer que no hay delito que perseguir en relación a las finanzas estatales. Aun así es condenable haber gastado con tal desorden e irresponsabilidad, sólo para replicar una falacia socialistoide en la cual se hace creer a la gente más vulnerable que un buen gobierno es el que de más gastos le exime.
Está claro que para la lógica de las clases menos favorecidas, el gobierno que le obsequia desde los focos hasta un depósito mensual de doscientos pesos, es el que obra con honestidad y sentido de la justicia social.
Pero basta tener dos dedos de frente, un mínimo de educación y de sentido común para saber que el populismo es totalmente opuesto a la emancipación de las masas.
Al contrario, el paternalismo vuelve a los pueblos intelectual y materialmente dependientes, y de paso es una vía rápida hacia la bancarrota.
La experiencia no miente: ningún régimen fincado en el populismo ha tenido jamás lo que podría llamarse un buen fin y, por lo que se ve, no será en este caso la excepción.

petatiux@hotmail.com

 

Columna: Nación Petatiux

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