Diario de un nihilista
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El poder de los medios. La eficacia de las campañas negras del PAN depende de la credibilidad d elos medios. De modo que al Gobierno federal y al partido que vive su último año en el poder les conviene no erosionar a los medios, si desean que éstos mantengan la verosimilitud en 2012, cuando habrán de sobrecargarlos con campañas negras. En esta carrera suicida, quizá los propios medios resulten las víctimas fatales. Divididos entre el partido que agónicamente detenta el poder y los partidos de oposición, tendrán que jugar un juego de verdades a medias, de dobles lealtades, de pactos subterráneos. De hecho, una espada pende sobre el nudo gordiano de los medios desde 2006, cuando engolosinados con el dinero dieron cabida a las violentas y destructivas campañas de spots del PAN y del PRD. Durante los últimos diez días del proceso federal, nuestro cielo mediático semejaba la atmósfera de Afganistán, desgarrada por los misiles de aquel demente llamado George Walker Bush. Después de haber construido, acaso involuntariamente, la figura de López Obrador, los medios cobraron dinero a manos llenas por destruirla. Erigieron un candidato en sus programas de chistes y luego lo echaron abajo en un pseudo reportaje, con el que pretendieron evidenciar su corrupción. (Bejarano, el dinero y las ligas eran reales, pero la clave correcta estaba en los segundos pisos del periférico capitalino, donde se invirtió muchísimo más dinero que en los honestos y serviciales puentes de Coahuila, con el objeto de financiar una campaña presidencial: hasta la fecha, ningún medio ha destapado ese escándalo vial-presupuestal.)
A estas alturas del siglo, los medios corren el riesgo muy real de alcanzar un nivel de desprestigio paralelo al que sufren los partidos políticos y el Congreso federal. Los locutores de radio y televisión y los comentaristas políticos están colocados en el filo de la navaja, marchan sobre la cuerda floja encima del abismo de la incredulidad y el rechazo social. Cuando los alistó como militantes neutrales y oficiosos en su denominada guerra contra el narco, Felipe Calderón los puso de espaldas a la pared. Delante está la espada del narco. Un Estado fuerte inhibe la delincuencia, le impide salir de sus antros o la arroja de nuevo en ellos. Un Estado débil llega a mimetizar un entorno delincuencial y a cambiar las reglas institucionales de juego. No es el papel del Estado mexicano vender protección a los medios, a cambio de silencio, lealtad y complicidad en tiempos electorales. Su función es asegurar el entorno profesional y salvaguardarlos de la peor censura que han conocido los medios en toda la historia de México: la guillotina del crimen.
A pesar de su vocación autoritaria, Acción Nacional opera a la cabeza de un Estado débil. En un entorno dislocado, y a diferencia de lo que ocurre en los regímenes dictatoriales, los polos de presión no pueden ser más antitéticos: la zanahoria la ofrecen las instituciones y el garrote está en manos del crimen organizado. Tal situación ha enloquecido a los medios, dentro de las coordenadas de un sistema de reflejos pavloviano. No es menos desquiciada, naturalmente, la postura de un partido históricamente autoritario, que se encuentra a punto de perder el poder sin haberlo ejercido totalmente en esta década, como lo había soñado en sus sueños delirantes, en sus pesadillas de omnipotente impotencia.
La nueva realidad. "No hay hechos, sólo interpretaciones": Friedrich Nietzche.