Cenicientas

+ Seguir en Seguir en Google
Opinión
/

El nombre de este artículo podría sugerir que lo que voy a contar es cosa de fantasía irreal. Más bien es cosa de realidad fantástica. Quiero decir que lo que en seguida narraré es rigurosamente cierto.

Sucedió que una cierta señora fue a cierto hotel de cierta ciudad norteña, pues ahí la citó una amiga a la que hacía tiempo no veía, y que, de visita en la ciudad, se hallaba hospedada en dicho hotel. La señora que digo es viuda, y no de mucha edad. Digamos que anda por la cincuentena. También diré, así como de pasadita a fin de no faltarle al respeto ni a ella ni al difunto, que está todavía de buen ver.

Su amiga le había dicho que se encontrarían en el bar del hotel. Llegó ella y la amiga no estaba. Fue a a la recepción y pidió que la comunicaran con la señora tal y tal, que estaba hospedada ahí. El encargado marcó el número de la habitación. No contestó nadie. Seguramente, dijo, la huésped había salido.

Entonces la señora fue al bar para esperar la llegada de su compañera. Un mesero le preguntó qué iba a tomar. Ella, a punto de pedir una Coca de dieta, pensó que eso no se vería bien, y dijo entonces el nombre de la primera bebida que se le ocurrió:

-Me da unas medias de seda.

El muchacho puso cara de: "¿Qué es eso?", pero igual fue con el barman y le trasmitió la orden. Sospecho que el joven cantinero tuvo también que consultar un recetario, pero poco después el mesero le llevó a la cliente su bebida, aquel coctel para damas que tan de moda estuvo ya hace muchos años.

En eso la señora advirtió la presencia de un caballero que la miraba con insistencia. Eso la puso nerviosa, y más cuando el hombre se levantó de su mesa y fue hacia ella. Se presentó con mucha cortesía, y le preguntó si podía acompañarla. Ella, aturrullada, no supo qué contestar, y el señor aprovechó ese instante de vacilación para sentarse. Era un americano que había venido -dijo- a dar asesoría a una empresa recién establecida en la ciudad. Se expresaba con mucha corrección en español, y se veía a las claras que era un hombre de buena condición social.

La conversación se volvió agradable. Él se había divorciado hacía años, le contó; sus hijos eran ya mayores. Le preguntó su condición civil, y ella se la dijo. En eso apareció la amiga. Se saludaron las dos mujeres con afecto, y el señor, muy correcto, se dispuso a retirarse. Pero la recién llegada, sabia o intuitiva, se disculpó. Tenía algo que hacer, manifestó. ¿Podría su amiga cambiar la cita, y desayunar con ella al día siguiente? Así diciendo la amiga los dejó solos, en estricto cumplimiento del mandamiento número once: no estorbar.

Voy a decirlo de una buena vez: hubo muy buena química entre la señora y el americano. Él se portó con toda caballerosidad. No hubo nada de: "¿Te parece si la siguiente copa nos la tomamos en mi habitación?". Le pidió que se encontraran al día siguiente, y la invitó a cenar en restorán de lujo. Ahí le dijo que deseaba seguir tratándola. Empezarona verse casi todos los días, sin que jamás el señor traspusiera los límites de la decencia, aunque -lo digo aquí entre nos- más de una vez ella deseó que su caballero no fuera tan caballeroso. Justamente al cumplir un mes de conocerse él le propuso matrimonio.

Aquí podría terminar la historia. Pero la historia no termina aquí. De hecho aquí comienza. Mañana, Dios mediante, la concluiré.




Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM