Náufragos culturales

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Opinión
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Los kikapús acá cerca de Múzquiz, en Coahula.
Con su gran puntería con arco y flecha. Capaces de asaetear el as de oros clavado en un árbol. Con sus danzas rítmicas, con su oración mística. Con maravillosa artesanía que produce los mocasines o tehuas de piel de venado, entre otras preciosidades confeccionadas por sus manos.

Allá en Chiapas, los lacandones, que visten esa austera túnica blanca y en Sonora los yaquis guerreros, los mayos y los seri del desierto, que preparan las exquisitas coyotas de harina rellena con dulce de piloncillo.

Y los tlaxcaltecas que trajeron la artesanía sarapera a esta región, y los aztecas de la gran Tenochtitlán, y los zapotecas y los mixes de las montañas centrales del istmo de Tehuantepec, y los mayas peninsulares de Yucatán. Tierra, lengua, historia, cultura, raza y fe han mantenido vivas las identidades de estas etnias presentes en nuestra nación como náufragos culturales.
Ahora están en enfoque mediático los tarahumaras o rarámuris "de pies ligeros" de las sierras de Chihuahua.

Es posible que los antepasados de los indígenas tarahumaras hayan llegado de Asia (Mongolia), atravesando el estrecho de Bering hace aproximadamente unos 30 mil años, pero los vestigios humanos más antiguos que se han encontrado en la sierra son las famosas puntas clovis (armas típicas de los cazadores de la megafauna del Pleistoceno) con una antigüedad de casi 15 mil años, lo que nos permite datar la presencia de los primeros pobladores de la Sierra Tarahumara.

"Para los rarámuris el compartir y ayudarse es parte de su cultura. Ellos saben que todo lo que tienen es para quien lo necesita", dice el padre Quintal. "Por eso cuando alguien está enfermo o sin un plato de comida, encuentra ayuda en la comunidad". Pero con la tremenda sequía que padecen en este año, esa ayuda sólo puede venir de la comunidad nacional.

Hay una deuda descomunal con las comunidades indígenas.

Se han replegado a sitios hostiles en las sierras altas, casi siempre, en que se dan las lluvias torrenciales y las sequías abrasadoras. No basta, claro, atender la emergencia con dádivas. Ellos necesitan acceso pleno a los bienes básicos de alimento, vivienda, indumentaria, educación, trabajo y salud. Una noticia exagerada y alarmista habló de suicidios y despertó el clamor de las redes sociales. Los rarámuris respetan su vida pero el hambre puede matarlos.

Las ayudas más confiables son las que se aportan por las cuentas bancarias de Cáritas.

El autor de Claraboya, quien ha escrito para Vanguardia desde hace más de 25 años, intenta apegarse a la definición de esa palabra para tratar de ser una luz que se filtra en los asuntos diarios de la comunidad local, nacional y del mundo. Escrita por Luferni, que no es un seudónimo sino un acróstico, esta colaboración forma ya parte del sello y estilo de este medio de comunicación.

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