Carta a un árbol (indignación personal)
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Y los discursos laudatorios. Y los gobernantes envueltos en espejos sostenidos por otros espejos. Y la tentación nuestra, árbol, de tener el propio espejo. Aquí estoy, conversando de cabellos a raíces contigo, como loca en el territorio suave de tu casa de estrellas y hojas. A lo lejos, las luces del dinero y los guardaespaldas personales, los vehículos blindados en escasas manos mientras niños y mujeres son blancos latentes sin protección. Y los muertos sentados en espera de un dictamen de claridad.
Y ahora las consideraciones para andar en la calle como en época de guerra. Leer a este país de otro modo: cuándo viajar y por dónde, a qué horas y en qué medio; así, por sobrevivencia, por miedo. Y escuchar que no somos Kosovo, ni Juárez, ni Afganistán; sedarnos con la idea.
Y la lenta muerte de las pozas de Cuatrociénegas mientras continúa promoviéndose como destino turístico su invaluable laboratorio natural, y la sabiduría de Wiricuta cortada con dólares canadienses.
En ambos casos el dinero y la fotografía posada oportunamente. Y así, esperar el milagro de la mutación, apostarle todavía a eso, a que hay quienes contra la corriente de lodo, bregan desde adentro, reconocerlo; eso.
O los recursos no comprobados de las arcas públicas en esta tierra y otras de esta nación. Y saber que quien pregunta es considerado un sedicioso y no un gimnasta que ejercita la ciudadanía, porque desde hace más de 80 años la ciudadanía es una camisa sucia que se lava el día de la contienda electoral, o ni siquiera ese día, porque hay 500 pesos que la compran, una torta, o es canjeada por un abrazo del candidato que dé la sensación de importancia a quien no es escuchado; tragarse ese placebo.
Y contemplar la idea de que hay escopeta y patos, que nosotros somos los patos. Que no debe haber preguntas, que lo que queda es el retrato de la democracia en el ático de Dorian Gray. Pero aún así cuestionar a las escopetas y exigir que suelten ese disfraz. Y dejar nuestro disfraz.
Mientras tanto, árbol, tú y tu nación de pétalos dan oxígeno a la diversidad humana en sus distintas gradaciones morales. A lo lejos el eco de discursos de bondad, discursos ambientales y discursos de género, pero ninguna imagen de estas partes sentándose para negociar.
O el eco de palabras conjugadas en una oración falsa: "cállate, de aquí comes", cuando comemos de los recursos que hacemos nacer de nuestro propio trabajo y no de un partido. Y las propuestas en positivo, eliminadas por contrarios incapaces de ver una iniciativa en el bando de otro color. O también las obras bienhechoras que los gobiernos edifican con dinero nuestro, hechas polvo por contrincantes temporales; incapacidad de ver lo bueno, necedad de la escisión.
Y las islas de pronunciamientos circunscritos a grupos endogámicos y su incapacidad de ver. O el miedo de que la violencia se vuelva el código de los defensores de los derechos sociales.
Y la necesidad de demandar la aplicación de los mismos servicios de salud para gobierno y pueblo, a ver si así mejoran. El no aceptar más ciudadanos de primera o de segunda o de tercera. Pedir que cese el despojo autorizado. Que disminuyan los elevados números y sueldos de diputados y senadores pues así demandan más de tres millones.
Contra todos estos excesos, es visible el aliento de jóvenes y viejos reuniendo para los rarámuris comida, medicinas, desinfectante para agua y ropa. Arbol, es de noche, y para mí esto no es una metáfora. Es necesario que pida respuestas a través de una discusión argumentada, del diálogo, las veces que sea necesario.
claudiadesierto@gmail.com