Lito Ramos

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Opinión
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Fecunda fue la vida del arquitecto Ismael Ramos, "Lito", como se le llamaba con afecto. (Cuando fue funcionario educativo su incansable actividad y la buena influencia que ejerció sobre las actividades escolares llevó a la gente a decir que en Coahuila la educación era delito. De Lito quería decir).

Lo conocí desde los tiempos de la juventud. Su carácter fue siempre alegre, decidor. Tenía conversación amena, y nadie lo superaba en eso de contar cuentos y anécdotas chispeantes. Su mesa en el entrañable y querido Café Viena era concurridísima, pues en ella desplegaba Lito la extensa gama de su saber y su gracejo.

Lo evoco en su oficina. Tenía en su escritorio un pequeño cartel que decía: "Es agradable ser importante, pero es más importante ser agradable". Practicaba ese lema, ciertamente. Todos sus colaboradores en los diversos cargos que desempeñó lo veían más como amigo que como jefe. Tenía esa cualidad innata de los buenos líderes, que se hacen seguir sin mandar.

Hay un aspecto de su vida, sin embargo, que me gustaría resaltar: su religiosidad. Lito Ramos fue un hombre de fe. No hacía ostentación de ella, ni cayó nunca en extremos de beatería, pero guardó siempre ese íntimo sentimiento que lo llevó invariablemente a hacer el bien.
Hay un movimiento eclesial del cual guardo yo buenos recuerdos: los Cursillos de Cristiandad. Nacido en España, ese movimiento llegó a México, y tuvo su primera expresión aquí en Saltillo. El padre Humberto Molina, de la Trinidad, quien fue luego cura párroco en La Aurora, fue su entusiasmado animador.

Los Cursillos eran, y siguen siendo, una especie de retiro en que un grupo de personas comparten testimonios y vivencias sobre la relación de la criatura humana con Dios, y sus efectos en la vida diaria. No es el cursillo una serie de rigurosos ejercicios de piedad, sino un encuentro en la alegría, esa honda alegría cristiana que de la fe, la esperanza y el amor debe surgir.

En aquellos cursillos -por los años sesentas del pasado siglo- Lito fue un dirigente muy querido, junto con otro inolvidable saltillense, el ingeniero Segundo Rodríguez Alvarez, quien igualmente fue gran educador, en la Universidad y sobre todo en el Tecnológico de Saltillo. Lito inspiraba con su palabra -era un maestro nato-, mientras Segundo ponía en el encuentro su don de gentes, su bondad y -lo que más me gustaba- sus canciones, que entonaba con voz queda, pero cumplidorcita  (así se dice de la voz de quienes aunque no canten fuerte son muy afinados y nunca fallan una sola nota), acompañándose él mismo en la guitarra. En las amistosas y cordialísimas veladas que seguían a la recitación de "los rollos" -tal es el nombre que en los cursillos llevan las lecciones- los cuentos de Lito y las antiguas canciones mexicanas que Segundo entonaba eran el ingrediente primordial.

Recuerdo gratísimo de sí deja el arquitecto Ismael "Lito" Ramos. Deja también una ejemplar familia que ha seguido la huella de sus pasos, y que formó junto con Teté, su esposa, también de una muy estimada familia saltillense.

Yo le agradezco a la vida, con la que tantos motivos de agradecimiento tengo, que me haya regalado el don de la amistad de este hombre generoso, bueno, que tantos buenos frutos dio a Saltillo y a Coahuila: el arquitecto Ismael Ramos, Lito.


Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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