Que alguien me explique...
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¿Por qué algunas personas van al cine?
Así, a bocajarro, la pregunta podría parecer impertinente, absurda, ilógica e incluso estúpida.
-Pues porque quieren ver la película -contestaría cualquier avispado lector, arrastrando la última "a" y utilizando para emitir su respuesta ese tonito con el cual le dejamos claro a nuestro interlocutor que, desde nuestra perspectiva, dijo una completa idiotez.
Pero créanme: no es el caso. Y la pregunta formulada es también la correcta: ¿por qué? No ¿para qué?, sino por qué.
Me explico: cuando los miembros de mi generación -y no se diga de las anteriores- íbamos al cine, el por qué de tal decisión estaba perfectamente claro: íbamos porque ése era el único lugar en el cual uno podía ocultarse en medio de una multitud.
Los lectores jóvenes -si acaso tal especie ha sido bendecida con el arribo de una nueva generación- requieren, por supuesto, una explicación: los hoy miembros de la momiza requeríamos de la singular discreción de las salas cinematográficas para hacer algo que hoy se hace, sin rubor, pudor ni riesgo alguno, a plena luz del día y delante de todos: besar a nuestras novias.
Bueno... No era solamente besarlas, pero no voy a abundar en detalles porque esta colaboración se publica en horario triple A y a esta hora puede haber niños cuyas tiernas conciencias podrían verse perjudicadas.
El asunto es que hace tres décadas, las manifestaciones públicas de lujuria, las exhibiciones de lascivia, estaban mal vistas, constituían un serio pecado y uno se arriesgaba a ser reprendido por cualquier adulto, e incluso al arresto por parte del gendarme de la esquina, si excedía los límites socialmente aceptables del contacto corporal entre parejas.
Por si aquello resultara insuficiente, no pocas madres habían enseñado a sus hijas -y éstas lo creían a pie juntillas- que tales demostraciones de pasión podían provocarles un embarazo. Y el que una chica decente saliera con su "domingo siete" constituía una de las peores faltas posibles.
Así pues, dada la dificultad de acceder a la privacidad necesaria para dar rienda suelta a las urgencias de la adolescencia, el mejor remedio era, como diría el profeta Sabina, "entrar en la semioscuridad blanca y negra" de la sala de proyecciones.
Además, la modalidad del cine de nuestros días servía perfecto para el propósito: dos películas y permanencia voluntaria otorgaban, por un solo boleto, una ventana de oportunidad inmensa -de las 4 a las 10 pm- para inundar de feromonas el sistema solar.
Pero eso es cosa del pasado. Si hoy alguien va al cine a algo distinto que a ver la peli debe considerársele, sin más, un pervertido. Bueno... Quizá no a todos, pero quienes no caigan en esta categoría merecen el calificativo, al menos, de despistados.
Lo he confesado antes: me encanta el cine. Es uno de los vicios familiares que adquirí a temprana edad y del cual no pretendo curarme. Veo menos películas de las que quisiera, pero trato de mantenerme en forma.
Y como todo buen cinéfilo comparto la opinión de quienes afirman que el cine se ve mejor en el cine (aunque suene a comercial), razón por la cual procuro ir al cine tan seguido como puedo.
Desde niño, sin embargo, me enseñaron que disfrutar una película en el cine sólo podía lograrse si uno le otorgaba el 100 por ciento de su atención a la proyección, si ponía sus cinco sentidos en eso y se "metía" en la historia, en la música, en la fotografía...
Hacer tal implicaría, en sentido estricto por supuesto, abjurar de la visita a la dulcería, pues la ingesta de palomitas, bebidas refrescantes y toda clase de comida chatarra nos distraería de la actividad fundamental.
En ese sentido, sin embargo, soy heterodoxo y me permito la libertad de disfrutar de una buena crepa, de una baguette, de unas palomitas y de un buen refresco mientras me sumerjo en la experiencia deleitante de vivir el largometraje.
Pero mi tolerancia llega hasta el acompañamiento de la proyección con los productos de la dulcería. ¡Nada más!
Particularmente perturbador me resulta el hecho de que mis vecinos de función se dediquen, literalmente, a parlotear durante toda la función, como si se encontraran en la barra de un bar, en un parque público, en un café o en la sala de sus casas.
Los peores son aquellos cuyas conversaciones no guardan relación alguna con la película, con los personajes de la misma, la música o los actores que participan en ella, sino que versa sobre cualquier otra cosa.
En otras palabras, los peores son aquellos que van al cine ¡a platicar! ¡A sostener en la semioscuridad de la sala cinematográfica las conversaciones reservadas para otros lugares!
¿Por qué carajos van al cine?
Que alguien me explique, por el amor de Dios...
¡Feliz fin de semana!
Twitter: @sibaja3