Diario de un nihilista
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Fichando a los mejores. Siempre supimos que Josefina Vázquez Mota sería la candidata presidencial del PAN. Así lo indicaban todas las encuestas. Los articulistas de periódicos y comentaristas de los medios ponían su nombre en primer lugar. Fueron pocos y raros quienes apostaron por el antipático Ernesto Cordero, a quien siempre se consideró "el precandidato del Presidente". Un millón de simpatizantes del PAN no pudieron votar, entre ellos la propia esposa de Santiago Creel (este último fue un mero simpatizante del PAN hasta pasado el año 2000, cuando fue nombrado secretario de Gobernación). De alguna manera se buscó que la elección no resultara desbordada, rebasada por una cantidad flotante de personas no sujetas de manera directa a la voluntad del presidente.
Esto es, hasta el último momento Calderón acarició la posibilidad de una segunda vuelta, la sobrevivencia de Cordero y la puesta en marcha de nuevos pactos internos que le sumaran las decenas de miles de votos necesarios para conseguir la candidatura. Tarea imposible: la imagen del exsecretario de Hacienda era casi tan violenta como la de López Obrador, hecho nada apacible en un país que se encuentra sumido en la violencia. Era un precandidato inquietante inclusive para los panistas de cepa, que fueron quienes definieron la elección.
Se encomia la democracia interna en el seno del albiazul. A mí me asombra que un partido con 500 mil militantes gobierne un país de 105 millones de habitantes. Lo que apuntala dos nociones bien conocidas: que en 2000 la mitad de los electores no votó por el PAN sino en contra del PRI, y que en 2006 lo hizo asimismo en contra de López Obrador, después de los tres meses de espantosa guerra sucia que tuvo a bien implementar Josefina Vázquez Mota, la jefa de campaña de Felipe Calderón. Es peligroso, por lo demás, que un partido minoritario, una asociación política de 500 mil militantes, se aferre de esa manera al poder máximo, que obtuvo de manera azarosa y que no ha sabido ejercer como se hubiese deseado y esperado de ellos. No es democrático, huelga decirlo, que un partido de estas dimensiones se empeñe en conservar el poder: suena más bien a arrestos autoritarios.
Josefina Vázquez Mota me simpatiza, a decir verdad. Me parece una mujer inteligente, sobria y firme. Pero, ay, todo parece indicar que ningún político mexicano, joven o viejo, hombre o mujer, tiene una trayectoria intachable. En 2006, contraviniendo los consejos de Michelle Bachelet, a quien quizás aún no conocía, Josefina hizo "política de bigotes", se fajó los pantalones y puso en su lugar, en el peor lugar, y de una manera nada delicada, a Andrés Manuel López Obrador. Tal vez por eso Calderón no la deseaba como candidata, para no resucitar viejos rencores, y apostaba por Cordero, quien podría usar en 2012 el garrote oficial en contra de sus adversarios, como ocurrió al final del sexenio foxista. Tal vez por eso Josefina se empecinó en su proyecto y ganó finalmente, porque conoce y practica la política machista como cualquier otro de sus contrincantes pasados y futuros. Quien impuso su voluntad sobre López Obrador, podía hacer lo mismo con Felipe Calderón. Todo parece indicar, por último, que la obsesión del poder afecta de la misma manera y con idéntica intensidad a los varones y las féminas, a los conservadores y a los progresistas, a los partidos mayoritarios y a los minoritarios.