Libertad sin Justicia/Un Pueblo sin Memoria

Opinión
/ 4 febrero 2012

A la Memoria de Carlos Loret de Mola Mediz
Luego de veintiséis años sin Justicia.

No he perdido la esperanza pero sí mi fe respecto a la justicia, esto es al funcionamiento procesal en México y la supuesta autoridad moral de los juzgadores, con sueldos millonarios y saldos muy desfavorables para la ciudadanía. Hace años creí incluso en la palabra de los presidentes, como Miguel de la Madrid, Carlos Salinas o Vicente Fox, y ninguno de ellos supo honrarla, en cuanto al caso que les planteé y que, en corto, admitieron que no podría tratarse, como asegura la versión oficial, de un simple accidente carreteril: el asesinato de Carlos Loret de Mola Mediz, más que político y ex gobernador de Yucatán un verdadero vanguardista en la expresión de la crítica, uno de los pocos contrapesos de la sociedad ante los recurrentes excesos del poder público.

Me apego, como siempre lo he hecho considerando sus consecuencias, a mi libertad. Gracias a ella he podido subsistir, gracias a la generosidad de mis lectores, en un medio cerrado para todos aquellos escritores y periodistas "incómodos" y este autor lo es, por encima de cualquier otra consideración y me lo tomo a orgullo. No tengo necesidad de defender la camiseta de ningún corporativo y mantengo una distancia justa con relación a los partidos políticos, tratándoles con el mismo rigor escrutador. Voto, claro, pero no induzco a mis lectores, o cuando menos intento no hacerlo, a sufragar en el mismo sentido. Las pruebas están a la vista.

La libertad es cobijo íntimo de los espíritus que no pueden someterse a la fatalidad ni a la intolerancia burda de quienes pasan perentoriamente por el poder. He perdido amigos por cuanto han disfrutado, unos años, de las migajas del erario y optaron por alejarse, lo más posible, antes de tener que explicarle los porqué de su enriquecimiento y de la manera como se habían amafiado con elementos de altos vuelos que, para desgracia de ellos, acabaron siendo carroña, perseguidos por la justicia y exhibidos por su alta corrupción. Hasta hoy me dan pena y yo pesar por no haberme equivocado, no por sabido sino sencillamente como consecuencia de una obligación del periodista: la observación, directa e imparcial, de los hechos.

Sin el pleno usufructo de mi libertad, desde luego, no me habría atrevido a publicar treinta y dos libros de análisis políticos -entre novelas "realistas" y ensayos incontestables-, desafiando a los hombres del poder. Todavía hoy, algunos de mis amables lectores que asisten a mis conferencias me preguntan, a la vista de las ejecuciones diarias que el propio gobierno minimiza, por qué sigo con vida. Y no les puedo responder porque, sencillamente, no lo sé. Pero aquí estoy, aunque mi padre no lo está desde hace veintiséis años como ejemplo de cuanto pesa haber formado parte del sistema y luego denunciar las atrocidades presidencialistas. Quizá por eso no le perdonaron si bien su ausencia física, que no la espiritual, significa desde entonces el mayor escudo, y el mejor estímulo para no claudicar... aunque, a veces, me he preguntado si vale la pena seguir, sobre todo, ante las decepciones tremendas que me agobian y destruyen cada día.


Pero, eso sí, creo firmemente en mi libertad y siento mucho dolor por aquellos que la ofrendan por la comodidad pasajera o la fama esquiva, por todos aquellos qu8e recitan consignas o basan sus ejercicios en la abundancia de boletines oficiales para mal pagarse una supuesta tranquilidad que no compensa las frustraciones de la conciencia adormecida, de la vocación perdida en aras de unos pesos de más o de un período largo de ventajas amorales.
La justicia, en cambio, es otra cosa. Hace unos días la comparaba con la democracia y alegaba que, en todo, caso, la libertad va por delante porque sin ella, ni la primera ni la segunda son. Cuando menos, ante los despojos de mi padre, pude alzar mi voz y desde entonces no callo. He dicho que le veo como una armadura, sólida e inexpugnable, que me indica que nunca se es demasiado viajo para claudicar. Es cierto: andando el tiempo se le aprende a tomar gusto a la muerte, despreciándola. A mayor edad, menos temor por lo inevitable. Y creo, al fin, que mi mayor fortaleza es haberle perdido el miedo a la muerte física aunque, desde luego, otros son mis deberes, todavía, en esta tierra, hay mucho por corregir y hacer.

Alguna vez, mi amigo, Rogelio Carvajal Dávila, un editor de a de veras quien jamás osó siquiera plantearme un rasgo de censura, me dijo sólo para alertarme sobre los desafíos a enfrentar:


--"Recuerda que la muerte no es lo peor que puede pasarte..."
Me estremecí al medir el sentido de sus palabras. Porque no sólo tengo derecho a vivir sino también a proteger y corregir a quienes conmigo inician o iniciaron sus propias andaduras. Nunca podré estar tranquilo hasta no convencerme, plenamente, de que no he arado en el mar, como alguna vez me dijo mi padre, en los últimos meses de su apasionante existencia, dejándolo por escrito en una dedicatoria que atesoró como el mayor de mis legados. No dejó fortuna, pero sí sui ejemplo. Y lo percibo junto a mí, como en este momento en que escribo en su memoria, porque me he propuesto jamás traicionarlo y albergo la ilusión de que sea cierta la vida espiritual, más allá del fin físico, para volver a estrecharlo. Es cuestión de fe y algo de misterio. Pero en esto, amables lectores, déjenme creer para no perder el vigor necesario para seguir en la brecha.

Mirador

Mi padre, Don Carlos, murió entre el 5 y el 7 de febrero de 1986 luego de pasar por el retén militar de "El Güirindalito", entre Ciudad Altamirano y Zihuatanejo. Allá en "El Filo Mayor" yacen los despojos de su viejo y amado Mercedes 1964 que nunca habría imaginado le serviría de mortaja. Tengo evidencias, por demás clara, de que venían siguiéndole agentes de la Dirección Federal de Seguridad, entre ellos un sujeto de nombre René Peláez, después protegido por Miguel Angel Yunes cuando éste alcoholizó al gobernador veracruzano Patricio Chirinos para hacerse del poder absoluto en la entidad -1992-98-, descrito por mí y denunciado sin que jamás hubiera logrado reabrir ls macabros expedientes que el ex gobernador de Guerrero, el extinto Alejandro Cervantes Delagado, se encargó de poner bajo los siete candados de la impunidad para proteger a su incondicional Antonio Nogueda Carvajal, entonces en funciones de director de Averiguaciones Previas en Guerrero, luego cesado y en apariencia buscado -todavía está prófugo- por el asesinato del dirigente del Partido Socialista de los Trabajadores en Morelos.

Repetir la forma en que fue hallado mi padre -enterrado como desconocido en Vallecitos de Zaragoza, en una fosa común, con todas sus identificaciones consigo-, me parece, a estas alturas, inútil. También mantener mis señalamientos concretos contra el execrable Manuel Bartlett, y su jefe Miguel de la Madrid, por la posible fragua que culminó con el silencio de quien, como político priísta, exigía cuentas y reunía a distintas inteligencias y hombres con capacidad de maniobra, para exigirle al entonces mandatario un cambio de rumbo inmediato, o su renuncia por incapacidad, al observar los estragos que causaba al país el neoliberalismo impuesto el Fondo Monetario Internacional. De eso se aprovecharon, también, algunos empresarios, que presumen por su "altruismo", y cuyos nombres habré de divulgar cuando perciba, de firme, que los procesos no serán motivo de distracción sino de ejecución.

Tengo confianza, lo digo de veras, en lo que pueda auxiliarme la Comisión Nacional de Derechos Humanos cuya intervención, a favor de publicar mi obra "Nuestro Inframundo", fue determinante en una hora en la que sólo sentí el calor de unos cuantos amigos, quienes no limitan sus afectos por las circunstancias políticas sino los elevan. Y existe la lejana posibilidad, así la siento ahora, de volver sobre el tema apenas pasen los barruntos electorales y financieros que habrán de darse en el primer semestre, ahora mismo, de 2012. Luego, claro, hablaremos.

Por las Alcobas

No pude evitarlo. A invitación expresa de mi amigo Vicente Morales, quien actuó con absoluta buena fe, éste, al recibirme para iniciar una conferencia para festejar su programa radiofónico especializado en cuestiones fiscales, volteó a la derecha y me dijo:


-Supongo que conoces a Manuel Bartlett...

No le había visto porque, al descender de las escalerillas eléctricas del Centro Banamex, una columna le tapaba por completo -además del muro de la historia-. Volteé hacia él y, en voz muy alta, expresé:

--A este hijo de puta, no lo saludo.

Bartlett fue a refugiarse en un saloncito aislado; yo continué con mi camino. Fue un pequeño alivio que, desde luego, dista mucho de la justicia.

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