¿Por decreto o convicción?

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Opinión
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Algo me ha regateado la vida y es gracia para bailar, lo que tampoco supone una tragedia en mi existir. Por fortuna, el baile me ha resultado tan útil como el ombligo o la cartilla militar.

La única ocasión en que salí medio bien librado luego de un zapateado fue aquella en que la concurrencia estaba tan intoxicada de alcohol que, desde su embotada apreciación, mi pareja y yo éramos los nuevos Roberto y Mitzuko, pero entiendo que aquello no era más que una ilusión etílica.

Pero aun así, con todo y lo anterior, si me siento del humor apropiado, si me lo solicita la chica correcta y existen las condiciones atmosféricas y astrológicas óptimas, es posible que intente arrastrar mi humanidad hasta el centro de la pista y ponga mi empeño en hacer pasar mi incompetencia dancística por desabrida mediocridad.

Y es que bailar es un acto que debe nacernos del corazón. Quiero decir que para hacerlo bien debe venir de un deseo genuino. Si no está motivado en las ganas, no hay honestidad y se convierte en patética farsa (como cuando me obligaban a participar en los bailables de la primaria).

En menudo apuro me encontraría de estar en la posición de los atribulados miembros del cuerpo policiaco del municipio de Tulum, Quintana Roo, a quienes se les está obligando a ensayar algunos números coreográficos para que hagan de comparsas en el desfile del carnaval que está por celebrarse.

La genialidad de ver en los elementos de Seguridad Pública a un ballet de apoyo fue de la alcaldesa de aquel municipio, quien desde hace días los tiene ensayando, en menoscabo de la vigilancia ciudadana y del decoro del departamento de policía.

Si fuera una iniciativa de los propios oficiales la de participar en el carnaval como rumberos, hasta sería una nota pintoresca, pero dado que están siendo extorsionados bajo amenaza de despido -incluso se les obliga a costearse su vestuario con incrustaciones de chaquira, canutillo y lentejuela-, la información  pierde todo encanto y se torna aborrecible.

Todo esto me recuerda en mucho al sexenio de Humberto Moreira, no porque nos haya bailado a todos los coahuilenses dejándonos embargados con la megadeuda, sino porque en sus tiempos, al entonces mandatario se le daba mucho eso de hacer alardes coreográficos con la populachera música a la que se dice tan aficionado, y  porque todo su respectivo séquito burocrático se sentía obligado a servirle de comparsa para su bullanguera forma de hacer política.

Allí tenía el Góber bailarín presta a su colección de títeres que -sin ápice  de gracia o aleccionamiento- hacían sus desfiguros al compás del ritmo colombiano. ¡Cuánto ridículo a causa de la borrachera del sexenio anterior!

Pero así ha sido siempre. El mandamás en turno dicta -impone- su estilo, ya sea en la vestimenta, en el discurso o, si al nuevo César le gusta bailar. ¡Pues a bailar se ha dicho!

La consigna del nuevo gobierno es ser austeros, sanos y sonrientes. Y nose equivoque, son ideas que mucho celebro. Por supuesto que hay mil y una razones para ser ahorrativo, para bajar de peso y para tener una actitud positiva. Pero sucede que, como en el caso del baile, para todo ello debemos estar movidos por un deseo espontáneo.

Por ejemplificar: Es malo si una persona se deja morir joven por los problemas asociados por el sobrepeso, sin duda.

Sin embargo, si esa persona, con base en la información que recibe, opta voluntariamente por adoptar un estilo de vivir más sano que mejore su expectativa y calidad de vida, es sencillamente algo maravilloso.

Pero si se le insta a cambiar sus hábitos por decreto, no tiene el mismo valor ni el mismo resultado, con la agravante mayúscula de atentar contra el valor supremo de la libertad.

Por loable que sea el fin, no siempre justifica los medios. Forzar a los burócratas a hacer tareas de limpieza no los hace más limpios y ahorrativos; ordenarles a cuidar de peso no significa que se hayan convertido en gente más sana; obligarlos a sonreír no es sinónimo de que sean felices. Todo ello significa tan sólo de que no les queda otra opción que la de mostrarse sumisos ante las nuevas imposiciones del jefe en turno. Pensé que estábamos en un país libre, pero los Moreira son buenos para romper con esos inútiles paradigmas.

Las más bellas expresiones humanas nacen siempre de nuestro fuero más interno. Ni el baile, ni el deseo de mejorar funcionan por imposición o por decreto, todas deben emerger desde nuestro libre albedrío para que sean sinceras, igual que las sonrisas.

petatiux@hotmail.com


Columna: Nación Petatiux

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