Convencer o apantallar

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Opinión
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El convencimiento se da en la convergencia.

La mirada, la voz, el ademán, la indumentaria, la serenidad, la lógica, la congruencia son ingredientes de la ensalada electoral. También el desparpajo y la naturalidad, la sencillez y la espontaneidad. El espectador y el radioescucha, el leeperiódicos y el conversador de café van armando el rompecabezas de su preferencia.

Hay el peligro de la saturación, de la repetición de sonsonete, de sentir como plaga de insectos molestos la lluvia de mensajes que buscan atracción y provocan repulsión.

Se corre el riesgo del personalismo y el caudillaje. Ver sólo una persona sin captar lo que representa, qué hechos lo apoyan y con qué hace creíble lo que promete. Puede taparse el Sol con un dedo y el bosque con un árbol.

La inmensa comunidad de los que viven conectados (a laptop, y a los ai: pod, pad o fon. La pantalla grande y todas las chicas) son el pararrayos de todas las tormentas publicitarias. Se le apuesta más a la cantidad que a la calidad. Se quiere apalear al conejo en lugar de presentarle la zanahoria.

Tuiteros y feisbuqueros se topan ya con fraseologías de mucha seducción y poca información. Se requiere desarrollar una gran capacidad crítica y selectiva para separar grano de paja, gato de liebre y la píldora de su dorado. Afinar esa rara virtud del discernimiento que no deja que se cuele el mosquito cuando se está dejando pasar el camello.

Apantallar ha sido un verbo juvenil ajeno a diccionarios académicos. Es menospreciar al interlocutor. Se le supone ingenuo, influenciable, que se va con la finta, que se va tras el atole aunque se lo den con el dedo. Los que apantallan piden todavía el oro de la atención a cambio de espejillos y oropeles deslumbrantes.

Se encandila la imaginación con destellos policromados. Se amordaza la voz de la razón aguda y discernidora que no comulga con ruedas de molino. Se aprieta la nariz para que no se huelan falsedades y se abra la boca a la cucharada enmielada.

El ciudadano, futuro votante, si sabe defenderse, no permitirá que lo boten de su libre y secreta elección no manipulada. No permitirá que lo ataranten hasta pensar que es la realidad la que miente. Cuidará su limpieza interior y su libertad de decisión por encima de corporativismos o necias imposiciones gremiales o tradicionalismos que no se revisan.

Quizá nadie le parezca idóneo. Quizá no confíe plenamente pero, al final, tendrá que dejar su trazo en la soledad de la casilla. Su conciencia ciudadana le hará ver la decisión más aceptable.

Es deseable que las mayorías que dan mandato estén llenas de convencidos y no de apantallados...

El autor de Claraboya, quien ha escrito para Vanguardia desde hace más de 25 años, intenta apegarse a la definición de esa palabra para tratar de ser una luz que se filtra en los asuntos diarios de la comunidad local, nacional y del mundo. Escrita por Luferni, que no es un seudónimo sino un acróstico, esta colaboración forma ya parte del sello y estilo de este medio de comunicación.

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