El mejor debate

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Opinión
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Francisco Valdés Ugalde

Director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) sede México

El debate organizado por #YoSoy132 es el único en el que hubo debate. El formato de los "debates" organizados por el IFE fue superado.

Los estudiantes universitarios mostraron que sí era posible un formato que no fuese una simulación previamente arreglada por los mecanismos de defensa de los candidatos y el temor de las burocracias partidistas.

La clave para conseguirlo fue establecer una especie de obligación política. Dada la atención e importancia conseguida por el movimiento de los estudiantes, la invitación a los candidatos a debatir se tornó para ellos en un pronunciamiento irresistible. Aceptarla o rechazarla se hizo perentorio. Optar por lo primero era asumir un riesgo pero mostrar decisión y apertura al debate público; rechazarla implicaba un juicio negativo en el sector del público favorable a #YoSoy132 y de quienes han reclamado información seria y confrontación de ideas y propuestas a los candidatos.

Tres candidatos aceptaron y uno rechazó la invitación. No sabemos qué efecto tuvo sobre las preferencias electorales, pero los que aceptaron permitieron la realización de un ejercicio que ha sido calificado como el primer diálogo político entre la sociedad y los políticos. Y esto es cierto. Independientemente de la suerte que tenga ese movimiento estudiantil, ya dejaron esa huella. Una huella importante, pues es dudoso que en futuras elecciones se olvide que un debate así puede ser organizado por ciudadanos sin ninguna cortapisa por la legislación o las excusas de los partidos. Aunque éste fue "espontáneo", su realización fue un hito en los anales de la política reciente.

El contraste principal entre los "debates" oficiales y el debate "espontáneo" fue la libertad para preguntar, responder e interactuar. Inteligentemente, los estudiantes elaboraron un formato en el que las preguntas y el orden de respuesta fueron sorteados para garantizar equidad, y quienes preguntaron fueron personas de diferentes instituciones educativas que, además, replicaron las respuestas de los candidatos. La tónica principal de estos aspectos de formato fue la de no dejar escapar a los candidatos mediante vaguedades o respuestas prefabricadas dirigidas al público en general. Si capturásemos el debate en una instantánea, los candidatos fueron apelados por un nuevo lenguaje que los sacó del limbo y los obligó a responder sobre asuntos concretos. No obstante, retomaron sus masticados discursos de campañas, lo que reveló el grado en que el formato que éstas tienen aleja a los políticos de la posibilidad de comunicarse genuinamente con el público.

En México no hay tradición de debate. Apenas empieza. Es verdad que ha habido "grandes" debates en la historia de México, pero nuestros hábitos políticos no se caracterizan por el recurso al intercambio y la ventilación coherente de ideas. Estridencia de los gritos o reserva del silencio son marcas más fuertes que la interlocución informada con miras a decidir colectivamente.

En los más diversos ámbitos de la vida sociales puede palpar que se prefiere rehusar la discusión como si ésta fuera una afrenta, un riesgo, un peligro a la dignidad propia. Parece que hay un enorme malentendido en la (in)cultura cívica: el valor civil puede conducir a la protesta y la confrontación, pero el más razonable paso intermedio que es el debate de ideas y el aquilatamiento de alternativas no tiene raíces. Me atrevería a decir que se le teme porque es un espacio en que la interlocución obliga a razonar los argumentos del otro, examinar los propios y tomar decisiones por cuenta propia en función de ese ejercicio. El debate es abandono de la certidumbre, alejamiento del dogma, apertura a lo desconocido y descubrimiento de nuevas ideas y posibilidades que resultan de la interlocución.

Si se examinan las grandes tendencias de la educación en México, no se puede afirmar que se educa para pensar por cuenta propia. En nuestra tradición pesa más la inculcación de creencias que la gimnasia de razonar. De ahí la importancia de llevar a la política elementos de lo segundo: menos creencia y mitos, más razonamiento y autonomía de pensamiento.

Los estudiantes universitarios hicieron honor a su condición. A diferencia de movimientos estudiantiles anteriores, como los ocurridos en la UNAM en la década antepasada, éste no ha partido de certezas dogmáticas, como la educación "gratuita", sino de preguntas: ¿por qué es tan pobre la política en México? ¿Por que los medios de comunicación juegan un papel tan deleznable en la comunicación entre política y ciudadanía?

Las preguntas los condujeron a contestar con una acción práctica: organizar un debate. ¡Vaya! Lo menos que podemos decir es que los maestros hemos aprendido de los alumnos. Al final de cuentas no hay nada más preciado para un maestro que aprender de sus estudiantes. Ojalá que el país se contagie de la voluntad de debatir.

@pacovaldesu

 El Universal


 







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