Voto ¿razonado?
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Razonar, según la Real Academia Española, es pensar, ordenando ideas y conceptos, para llegar a una conclusión, en tanto que al voto lo define como la expresión pública o secreta de una preferencia ante una opción.
A medida que se acercan los comicios, candidatos, autoridades electorales, dirigencias partidarias, líderes de opinión y representantes sectoriales hacen frecuentes llamados a la emisión del voto razonado, sin dar mayores explicaciones a los potenciales electores.
El sufragio -se supone-, es el clímax de la participación ciudadana, y su depósito en la urna es una manifestación de confianza hacia tal o cual candidato, luego de haber analizado sus propuestas y la viabilidad de éstas.
Lamentablemente, esto no es así, porque ni siquiera los ciudadanos analíticos tienen una idea meridiana de qué es realmente lo que han ofrecido, por ejemplo, los cuatro candidatos a la Presidencia de la República. Han inundado de promesas al país, pero ninguno de ellos ha desmenuzado al detalle una sola de ellas.
Los cuatro recorren el territorio nacional para venderse como productos, y de refilón proponen algo, pero su "plato fuerte" ha sido la descalificación de los adversarios, cada vez con mayor virulencia, lo que automáticamente borra de la colectividad temas vitales, pero complicadamente planteados, como el de que Pemex requiere inversión privada, sin que ello signifique la privatización de la paraestatal (?).
Reniegan de antiguos correligionarios; no meten las manos en pestilentes cloacas para limpiarlas, y se presentan cual blancas palomas como la única solución a los grandes problemas de esta nación. Ninguno, hasta ahora, ha tenido la humildad de reconocer pasados errores, con todo y que no sean propios, ni ha pedido perdón por latrocinios de corruptos y ladrones.
Los cuatro tienen lazos indisolubles con lo más nefasto de este país. A uno la avalancha de vínculos negativos le ha costado un puntaje importante, y lejos de encararlo, asume la política del avestruz, se inventa agresiones o agrede a sus críticos; otro no quiere saber nada de su pasado, pero ahí están las imágenes de los maletines llenos de dólares, de las apuestas en Las Vegas, el numerito de la "presidencia legítima", y los repudiados plantones.
Otra defiende lo indefendible frente al Supremo Tribunal del Pueblo, que ya condenó al Tlatoani en turno, y se presenta como diferente, como si eso fuera suficiente para volcar a la ciudadanía a las urnas. Otro se conduce con hipocresía al atacar de dientes para fuera a su protectora, y se beneficia familiarmente con una candidatura al Congreso de la Unión.
Enfrentan manifestaciones de repudio, y las reconocen a medias, agregándole el ingrediente de la "guerra sucia" para justificarse. Cuando los agresores son sus correligionarios, recurren al expediente fácil de culpar a los contrarios de "provocadores". Poco les falta para decir que las trifulcas las inician infiltrados de la KGB soviética, como primer paso para iniciar otra Guerra Fría con Estados Unidos.
Asistieron a un primer debate, y de lo único que se acuerdan millones de mexicanos es de la edecán que apareció fugazmente en escena. Fueron a un segundo debate, y es fecha que todavía se habla de que Peña Nieto y López Obrador no se tocaron ni con el pétalo de una rosa, que a Quadri no lo fumaron, y que Vázquez Mota se dio gusto echándole cacayacas a sus principales competidores.
Las comparecencias individuales deberían sustituir a las grupales. Los debates funcionan en sociedades altamente politizadas, en las cuales es añeja la capacidad de separar los faranduleros dimes y diretes y las propuestas, para tomar decisiones razonadas a la hora de votar. En México estos ejercicios importados, hacen más indecisos a los indecisos, y también hace dudar a quienes en cierta fase de las campañas escogen una opción.
En nuestro país se vota con el corazón, con las vísceras y a conveniencia. Los militantes y neomilitantes -los "acarreables"-, sufragarán por los partidos a los que pertenezcan, para recuperar el poder, para conservarlo o para llegar a él por primera vez. Los convenencieros irán a las casillas con la mente puesta en el alargamiento de goces presupuestales o de jugosos contratos.
Unos candidatos hasta captan desertores, y sus seguidores de viejo cuño se comprometen por motivos que van desde la experiencia hasta la guapura y los "ovarios", no por conocer a fondo sus propuestas y las repercusiones positivas que pueden tener en la vida de la gran masa poblacional. Todos afirman aspirar al poder para servir. Idénticas promesas se han hecho desde que terminaron los balazos revolucionarios.
Como nunca antes con tal descaro, los llamados "medios nacionales" tienen a su propio candidato, y se refleja en los sesgos informativos para librar al favorito de informaciones que pudieran dañar su imagen. Los opinadores e intelectuales están a medio metro de pasar a las manos; lo bueno es que en el interior del país aún hay medios -pocos-, que se la juegan con todos y con nadie.