Saltillo y Bustamante: hermanas de sangre

Opinión
/ 2 junio 2012
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El pasado 30 de mayo fui parte de un acontecimiento histórico. En mi carácter de cronista del municipio de Bustamante Nuevo León, y acompañando al presidente municipal, profesor Oscar García Castillo y al presbítero del Templo de San Miguel Arcángel, el tlaxcalteca Juan Sánchez Hernández, acudí a la invitación que nos hiciera el licenciado Jericó Abramo, entusiasta munícipe saltillense para participar en una sesión de cabildo y compartir información sustantiva sobre las razones que existen para establecer un hermanamiento entre Saltillo y la sencilla municipalidad nuevoleonesa.

En mi alocución me remonté al año de 1591 en que 246 tlaxcaltecas llegaron a fundar San Esteban de la Nueva Tlaxcala, a la par de la Villa de Santiago del Saltillo. Luego compartí que sus descendientes solicitaron en 1686 al entonces gobernador Agustín Echeverz y Subiza, Marqués de Aguayo, autorización para fundar San Miguel de Aguayo de la Nueva Tlaxcala, hoy Bustamante. También mencioné algunas tradiciones y costumbres que tanto para Saltillo como para Bustamante son lugar común, incluyendo los apellidos castellanos que actualmente comparten y que fueron adoptados por los tlaxcaltecas a inicios del virreinato.

Por parte del cabildo bustamantense se entregó la carta de intención formal para establecer el hermanamiento, decisión que tomaría en alguna otra ocasión el cabildo del municipio de Saltillo, pero que luego de esgrimirse las razones que dejaron clara la condición de hermandad que ya se tiene entre ambas comunidades por razones históricas, se tomó a favor por unanimidad ese mismo día.

Con toda prudencia, considero que Saltillo, Coahuila, puede brindar a Bustamante Nuevo León, la experiencia cosmopolita de una ciudad que se ha hermoseado con el tiempo y que ha crecido en el campo del comercio y la industria. Saltillo puede acercar la sabia de las universidades que en su seno se cobijan a un Bustamante que carece de ellas. También Saltillo puede compartir su archivo histórico a Bustamante para encontrar hechos e imágenes en común que entrañan trascendencia, y por qué no, compartir su pan de pulque y la calidez festiva de sus sarapes que entrañan celebración.

¿Qué puede ofrecer la pequeña ciudad, -casi villa- de Bustamante, a la señera ciudad de Saltillo? Compartirle en tiempo y espacio real un patrimonio natural mixto (producto de la naturaleza y el hombre) y un patrimonio cultural que procede de la misma raíz común. Para que los saltillenses se recreen en el bello Bustamante cuya población fue producto de sus ancestros. Porque simple y llanamente Saltillo y Bustamante son ciudades hermanas de sangre, más allá del protocolo internacional, más allá de las coincidencias, de los referentes políticos del momento y de los intereses comerciales.

Quizá Bustamante sea la hermana menor de Saltillo, pero su pequeñez puede resultar poderosa porque es la hermana más parecida que tiene: la que sabe a panadería y a tortillas, la construida con adobe y techo de terrado; la hortelana de aguamiel y piloncillo; la que cada 6 de agosto venera al Señor de Tlaxcala, fiel espejo del Señor de la Capilla; la que danza con matachines y se alegra con vino mezcal; la buena anfitriona; la bella de piel morena; la que ama la fiesta brava y la que sabe negociar la cosa política, porque los bustamantenses se involucran en la democracia, como buenos saltillenses.

¡Ojalá que los saltillenses, como buenos tlaxcaltecas, retornen a su origen de la mano de los bustamantenses! ¡La sangre llama!

Columna: Mundo sustentable

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