Otros chismes

Opinión
/ 29 noviembre 2012

Estos chismes son rigurosamente  históricos

Ahora voy a poner aquí el mayor chisme acerca del general Mariano Arista, presidente de la República de 1851 a 1853. Antes de escribirlo reitero una vez más que los chismes que estoy contando son rigurosamente históricos. Dios me guarde de abrir las puertas de mi relato a la maledicencia o la murmuración. Todo lo que voy a decir se apoya en documentos, o en algún testimonio fidedigno. Hay quienes hacen de la historia un chisme. Yo, con chismes debidamente comprobados, procuro hacer más ameno el relato de la historia.

Por desgracia en el chisme que narraré hoy se ve envuelto uno de los mejores hombres que en este mundo han sido: el doctor don José Eleuterio González, llamado con respetuoso afecto "Gonzalitos'', como la transitada avenida que hay en Monterrey.

Una distancia mayor que la que media entre el centro de la tierra y el último extremo de los cielos separa a don Mariano Arista del doctor González. Arista era un hombre de poder, un individuo adinerado, un sujeto guapísimo, un gran tenorio seductor. Gonzalitos, en cambio, era un señor humilde, pobre casi de solemnidad, de traza insignificante, dedicado al estudio de los libros y al apostólico ejercicio de su profesión, la Medicina, en cuya práctica derramó bendiciones aun a quienes más grande mal le hicieron, como veremos luego. Por eso es que con tristeza escribo este artículo, y si lo hago es por que sé muy bien que las ajenas culpas no causan desdoro a quien las sufre.

La vida privada del general Arista, ya lo dije, era escandalosa. Se divorció -cosa en aquellos años muy tremenda- de su esposa, con quien había contraído nupcias después de que ella enviudó del general Barraza. Arista sufrió destierro en 1833. Fue a dar a los Estados Unidos, en donde residió casi tres años. Luego, en 1839, ocupó la comandancia general de Tamaulipas. Se relacionó extensamente no sólo ahí, sino también en Nuevo León y Coahuila. Era muy conocido en Monterrey -quizá demasiado- y también en Saltillo, aunque no tanto.

El general Arista compró una extensa hacienda llamada Mamulique. Cada vez que voy a Laredo me acuerdo mucho de don Mariano Arista, pues paso por la cuesta de Mamulique, y casi siempre mis evocaciones históricas duran hasta que llego al Mall del Norte. Tenía también Arista una preciosa quinta campestre en los aledaños de Monterrey. Esa quinta, decía la maledicencia, no le servía tanto para el descanso como para las dulces fatigas del amor.

Y ahora, ahí va el chisme. En Monterrey conoció Arista a doña Carmen Arredondo. Le pongo "doña'' porque era de uso entonces dar ese tratamiento a toda dama, aun a las de más corta edad. En doña Carmen concurrían la extrema juventud y la belleza. Era hija espuria, o sea natural, del brigadier Joaquín de Arredondo, señor colérico y de carácter destemplado que dio mucho que decir cuando ejerció funciones de gobierno en Nuevo León, allá en la época de las primeras luchas por la independencia.

El 6 de enero de 1836 el doctor José Eleuterio González, "Gonzalitos'', se casó con doña Carmen Arredondo. El acta de las nupcias se encuentra en los libros del Sagrario de la Catedral de Monterrey.

Y vino a suceder que un día -malhadado día- el general Arista conoció a la esposa de "Gonzalitos''. Lo que pasó -y pasó mucho- será materia de mi siguiente artículo.




Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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