El Hada de la Guerra
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Cuando se leen cuentos de hadas es necesario hacer a un lado toda información teórica al respecto, olvidarse de que los animales no hablan, olvidarse también de cualquier prurito de realismo. Si uno no se deshace de estas ataduras, será imposible disfrutar de un cuento de hadas.
Lo mismo podría decirse de una película de ciencia ficción y hasta de un melodrama: si mantenemos una actitud "racional" seguro vamos a perdernos de todo. Para estarnos diciendo "esto no puede ser", ¿qué sentido tiene ir al cine, al teatro, a una exposición de arte?, ¿qué caso tiene leer el "Quijote", las tragedias de Sófocles, "Las Mil y Una Noches" y "Cien Años de Soledad"? Si nuestro sentido de "lo racional" nos impide acompañar a Octavio Paz en su recorrido por un "Pasado en Claro" o seguir a Nerval en sus "Quimeras", ¿para qué leer poesía?
"Lo que es adentro es afuera", dice el Tao Te King. No por entregarnos al cauce de la imaginación dejaremos de atender esta "realidad", una realidad relativa que abarca, por supuesto, lo social, lo político, lo económico, lo ideológico y todo lo que se quiera. El príncipe y la princesa de los cuentos de hadas no tienen que ser exactamente un príncipe y una princesa, sino sólo un hombre y una mujer. Las hadas no existen en el "naturalismo" pero claro que existen en ese otro pliegue de la realidad que es la imaginación. Y todos sabemos que lo que el hombre imagina suele hacerse realidad alguna vez, en algún momento.
Andersen imagina un pabilo animado en su cuento recién descubierto "La Vela de Sebo": una vela descubre su dolorosa vocación, la de servir a los hombres a pesar de que en esa tarea vaya apagándose la llama de su vida. En este caso, la imagen es literal: esa velita se consume para alumbrar a otros. Al margen de ser considerado un "cursi", esa fue la labor de Andersen. En la vida humana muchas cosas son tenidas por "cursis" cuando, en el fondo, todos sabemos que vivir es una atroz y sublime cursilería. Hasta un monstruo llora de tristeza.
En la "Caperucita Roja" de los hermanos Grimm, el cazador abre el vientre del lobo mientras éste duerme la siesta, luego de haberse tragado a la abuela y a la niña. Pero ¿cómo se va a abrir el vientre de un animal -que encima habla- sin que la fiera despierte? ¿Cómo pudo tragarse enteras a la anciana y a Caperucita? Y si nos remontamos un poco, ¿cómo una niña puede conversar con un lobo? Esto, sin contar con la imprudencia de una madre que lanza a su pequeña hija a través un bosque. ¿Y qué decir de un lobo que exhibe la astucia de disfrazarse de la abuela? ¿Y para qué todo esto si pudo comerse a Caperucita en el bosque para después ir a casa de la abuela y hacer lo mismo con ella? La "duda metódica" cartesiana no nos sirve para nada en estos casos. Se cree o no. Eso es todo.
Estas y otras preguntas ultra racionales podemos hacer también frente a las mil "incongruencias" de las mitologías. ¿Apolo en un carro de fuego? ¿Afrodita naciendo entre las olas del mar? ¿Cronos tragando piedras sin percatarse del engaño? ¿Thor y un mazo maravilloso? ¿Vishnú y sus innumerables avatares? ¿Osiris juzgando a los muertos? Bah. Pero cuidado: no se trata de evasión sino de representación simbólica. Si esto no se comprende, peor para el receptor. Sin embargo, creo que México es un país preparado para entender estas cosas: hemos vivido en la fantasmagoría política desde hace siglos. Y eso sí es terrible.
"Hubo una vez una guerra muy grande; pero como todo se acaba en este mundo, se terminó también la guerra." Wilhelm Grimm inicia así "El Compadre Sonajero". Vaya, en los cuentos de hadas también hay guerras, ¿eh? Por desgracia, así como todo se acaba en este mundo, todo vuelve a empezar.