YO SOLO SOY UN PERRO
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En una de estas tardes nebulosas y melancólicas; estaba viendo un programa de televisión, tal vez para matar el tiempo, como solemos decir. Me acompañaba echado en otro sillón, mi perrito, quien se ha trocado en mi invariable compañero; a doquiera que voy, él va tras de mí y me espera echadito en una actitud tan sumisa y fiel que me provoca ternura. Ni que decir cuando el timbre de la puerta suena. Para las orejas y su agudo ladrido se deja escuchar por toda la casa y no se separa de mí, y si voy a abrir la puerta y las personas que aparecen son desconocidas, les ladra furioso y no para hasta que yo lo tranquilizo. Cuando el teléfono suena parece intuir que estoy medio sorda, pues se suelta ladrando y voltea su cabeza hacia el aparato. Se ha convertido en un compañero indispensable. Con él sostengo largas pláticas, y no exagero cuando digo esto, porque es un escucha atento y que nunca se muestra aburrido. La película terminó, y me sentí más que dispuesta a apagar el televisor, en ese instante anunciaron la próxima exhibición. Una producción argentina que yo hacía mucho tiempo que deseaba ver porque en un viaje que hicimos mi compañero y yo a Buenos Aires, intentamos verla pero el factor tiempo nos lo impidió pues ya habíamos planeado ir a bailar tango. A los dos nos gustó siempre el tango porque es un tipo de música lleno de matices. Sus acordes sensuales llenos de sintonía y ritmo, te invitan a bailar; fue nuestra música preferida. El sentirnos en los brazos uno del otro, a los acordes de un bandoneón, era pretender tocar el cielo con nuestra manos. El tango, como dice Arturo Pérez- Reverte, era la confluencia del tango andaluz, habanera, milonga y baile de esclavos negros y era entonces una manera de bailar y de tocar. Cuando emigró a París sufrió un cambio radical y se le llamó tango apache. Regresó a Buenos Aires contemporizado por italianos y emigrantes europeos y fue más lento, menos descompuesto y fue aceptado como baile de salón
Creo que empezó a gustarme este tipo de música, cuando fui a un festival de fin de cursos de una escuela, en el cinema Palacio. Una pareja bailó el tango "celos", y me fascinó de tal manera que no me di cuenta en dónde estaba; me transporté a otro mundo y me prometí aprender a bailarlo. Claro que yo no contaba con una relación que me ubicara en el lugar apropiado para hacerlo, ni tampoco contaba con la edad suficiente; así que me olvidé de mis propósitos y la vida siguió adelante.
Los años fueron pasando y la dorada juventud me impelía a cumplir las metas trazadas. Empecé a acudir a fiestas y bailes en los centros sociales de moda en esa época. Los chicos empezaron a interesarme, pero sólo como una relación amistosa; ni siquiera tenía idea de cuál era el tipo de galán que me gustara. Hubo pretendientes, desde luego, de alguna forma la juventud es el mejor adorno, sin embargo, no llegaba a sentir mariposas en el estómago, como decían que pasaba cuando te enamoras
Un grupo de amigas me invitó a un baile y acepté, porque danzar me parecía algo hermoso, aunque debo confesar que los bailadores no siempre me complacían. Algo faltaba en mi vida pero no sabía qué. Esa noche desde mi mesa observé a una pareja que bailaba como si sus pies no tocaran el piso. Así, me dije, me gustaría bailar.
Me fijé en el bailador y deseé que me sacara a bailar; sin embargo, por lo que pude darme cuenta, era muy solicitado, pues las muchachas se le arremolinaban alrededor. Pregunté a una de mis amigas quién era el joven en cuestión, y me dijo: a ti también te gustaría bailar con él, pero mejor olvídalo las bailadoras le sobran, sino fíjate, tiene donde escoger.
Me olvidé de la situación y la vida siguió su curso. Las maestras de una escuela, muy queridas, por cierto, nos vendieron boletos para una tardeada que organizaron a beneficio de la Escuela donde laboraban. Huelga decir que resultábamos bastante mayores para asistir a este evento, pero hicimos causa común y ahí estábamos, todas en una mesa alejada de los chicos y chicas, dispuestas a aburrirnos un poco. Yo estaba de frente a la reja de entrada al baile y, de pronto, me sorprendió la figura de un joven que parecía buscar a alguien con la mirada. Cuando llegó a mí se detuvo y, con una seña de la mano, me invitó a bailar. No lo pensé y con la cabeza le dije que si. La sorpresa que me esperaba fue insólita: era el bailador tan codiciado. Yo puse mi mano sobre su hombro como se acostumbraba entonces. Los acordes de "Blue Moon" se escucharon sonoros y él dio una vuelta la que aprovecho para estrecharme en sus brazos. Fue sorpresivo el impacto y, pasados muchos años después, comentábamos que en ese momento Cupido nos lanzó su clásico flechazo.
Hoy el recuerdo de los momentos felices de una larga vida, y el vacío que dejó su usencia, al escuchar los acordes del tango cuando la película empezó, estrujaron mi garganta y no pude evitar un sollozo. Mi perrito se levantó de su sillón y presuroso brinco a mi regazo y, sin poder yo evitarlo, lamió mis lágrimas, y con una mirada brillante y húmeda de sus negros y redondos ojos, me miraba como diciendo: no llores, no estás sola, yo estoy contigo aunque sólo soy un perro.
Esta es parte de una historia de amor que comparto con ustedes a propósito del mes del amor y la amistad, los vínculos más importante en la vida del ser humano y pido a Dios les regale mucho amor y grandes amistades; porque como dijo el poeta "No hay valor más grande que la amistad, ni dolor más grande que la enemistad. Todos tenemos algo que recordar, algo que contar del amor, porque. TODOS SOMOS HISTORIA.