EU, país de contrabandistas
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John Bailey
A los niños en edad escolar de Estados Unidos se les enseña que los colonos americanos se indignaron de que el gobierno de Gran Bretaña estableció impuestos pero negó a los estadounidenses representación en el parlamento británico. En protesta, algunos bravos ciudadanos de Boston se disfrazaron de indios e interceptaron cajas de té importado de Inglaterra y las arrojaron a la bahía. El llamado "Partido del Té de Boston" fue el origen de la famosa frase "No a los impuestos sin representación". Hoy en día usted puede ver esa frase en las placas de licencias de residentes en Washington, como protesta por su exclusión en el Congreso.
De acuerdo con un nuevo libro, resulta que la protesta contra los impuestos no fue toda la historia en Boston. De hecho, no fue el punto crucial del relato. La fuente real del enojo fue que Gran Bretaña había empezado a reforzar medidas contra el contrabando, lo cual fue la esencia del comercio para las colonias de Nueva Inglaterra, especialmente para los puertos de Boston, Nueva York y Filadelfia.
El contrabando fue una fuerza primaria en el origen de los Estados Unidos y la historia de este país se ve muy diferente cuando se le interpreta a través de esos lentes. Este es el hilo conductor de Nación contrabandista, un excelente libro de Peter Andreas, profesor de ciencia política en la Universidad de Brown, en Providence, Rhode Island. Grandes fortunas de prominentes familias de Nueva Inglaterra fueron obtenidas gracias al contrabando. De hecho, la Universidad de Brown está nombrada así por John Brown, quien amasó su riqueza en este rubro. John Hancock, el primero en firmar la declaración de independencia, fue otro importante empresario-contrabandista.
Como lo recuenta Andreas, el contrabando jugó un papel crucial en la guerra de independencia de Estados Unidos. En la Guerra de 1812, algunos mercaderes americanos traficaron provisiones para el ejército británico. Otros, dirigidos por los infames hermanos Lafitte, ayudaron a Andrew Jackson a vencer al ejército británico en Nueva Orleáns. A través de la Guerra Civil y de la subsecuente expansión hacia el oeste, el contrabando fue importante. El tráfico de whiskey y ron fueron armas clave en las campañas contra los indios. Lo que ahora llamamos robo de propiedad intelectual fue un ingrediente clave en las primeras etapas de la industrialización de las colonias estadounidenses. La industria textil fue básica. Los ingleses, a principios del siglo XVII, habían liderado en el rubro tecnológico, de mano de obra calificada y, como buenos mercantilistas, intentaron restringir sus exportaciones.
Mercaderes de Nueva Inglaterra viajaron como "espías industriales" para robar planos de nuevas máquinas. En algunos casos traficaron las propias maquinarias. Pero los planos y los aparatos eran inservibles sin la mano de obra calificada, así que los emprendedores novoingleses ayudaron a traficar trabajadores también. En los primerosaños, esta especie de empresariado gangsteril fue celebrado por la sociedad colonial. Después de la independencia, las autoridades de Estados Unidos se sintieron más ambivalentes acerca de esta práctica técnicamente ilícita.
La historia enseña que los mercados son poderosos y que los Estados luchan para regularlos.
Considere el presente. La ironía, como Andreas puntualiza, es la amnesia selectiva de las autoridades de Estados Unidos, quienes ahora defienden vigorosamente los derechos de propiedad intelectual y ponen enorme presión sobre otros gobiernos para que persigan a los empresarios que roban propiedad intelectual y trafican productos ilegales.
Vemos la historia repetirse en el día a día de ciudades a lo largo de América Latina, en el robusto crecimiento de los mercados informales. Ya sea San Andresito en Bogotá o San Juan de Dios en Guadalajara, estos masivos mercados callejeros sirven como escaparates para flujos de bienes de contrabando y piratería. Como en el siglo XVIII en Boston, los mercaderes y los consumidores de estas ciudades dependen de los productos baratos y se resisten a los esfuerzos del gobierno por regularlos. Como Inglaterra antes, ahora es Estados Unidos quien presiona a los países de Latinoamérica, quienes se encuentran atrapados entre esas obligaciones y la fuerza de los mercados.