Nuevas vías
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Por Beatriz Paredes
Los grandes partidos se han debatido sobre cómo ser funcionales en la nueva etapa de las democracias representativas, en las que se ha multiplicado la participación ciudadana, y los mecanismos de comunicación y divulgación de la información se han modificado.
El debate ha sacudido aún más a los partidos históricos, que tienen larga data de existencia, y que van acumulando, en el curso de décadas, virtudes y defectos.
Uno de los asuntos más relevantes que se discuten es el de la participación de la sociedad civil, que tiene reconocimiento social y representación de algún segmento de la población, aunque no necesariamente represente a alguna estructura partidista, e incluso, no tenga ningún tipo de militancia. Este debate, que se ha presentado en todos los partidos, se quiere interpretar a veces como un conflicto entre militantes partidistas (los de dentro) y quienes no militan (los de fuera). Esto, desde luego, es un falso debate.
Es un falso debate desde la perspectiva del interés superior del partido de que se trate, porque toda organización política, para seguir siendo vigente y aspirar, genuinamente a representar (comprehender) a las mayorías sociales, tiene que tener capacidad de adaptación y apertura.
Es por ello, que abrirse a la participación de la sociedad civil, lograr que ciudadanos que son apreciados por su comunidad puedan ser postulados por el partido de que se trate, independientemente de si han hecho la escoleta de la militancia, con su extraordinario aprendizaje, pero también con su enorme desgaste, parecería una decisión indispensable en la transformación de los partidos.
Al contrario de las resistencias de muchos cuadros militantes, que pueden considerar esta medida como un "desplazamiento" de sus posibilidades de ascenso, reconocimiento y obtención de candidaturas, estoy convencida de que decisiones como esta oxigenan a los partidos, obligan a la militancia a no cerrarse y a vivificar sus vínculos con la sociedad. Despatrimonializan a los partidos de corrientes o grupos exclusivamente internos. Además, con más competencia interna, los dirigentes de vieja militancia tienen que encontrar fórmulas para modernizar sus liderazgos, logrando así, no ser excluidos de la interlocución con la sociedad.
Así como soy una entusiasta de la participación de la sociedad civil, y de la posibilidad de que personas con representatividad social, pero sin militancia puedan figurar como candidatos, también creo que decisiones como estas tienen que tener un contenido y una definición muy clara: sí a la sociedad civil, la que comparte la visión del mundo que el partido ostenta, y se compromete con los principios y propósitos que el partido sostiene. Son decisiones para renovar a los Partidos, para re-lanzar su vinculación con una sociedad dinámica, crítica, interesada en la cosa pública, pero repelente a las formas orgánicas clásicas de participación política. Son decisiones para democratizar y ensanchar la base social de los partidos, sin rigideces que los separen del nuevo espíritu social. Eso son. Eso deben ser. El desafío es que, decisiones trascendentales e innovadoras como esta, no se distorsionen, convirtiéndose en puertas falsas para que la plutocracia se apropie de candidaturas y desnaturalice a las organizaciones políticas de raigambre y compromiso social. Ese es el riesgo. Pero hay que jugarlo.