El amor es una cosa esp... eluznante.
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Sucede que este hombre joven, casado y con familia, conoció a una muchacha...
-Señora, no tengo el gusto de conocerla, pero fíjese que su marido...
La historia de hoy es una historia de amor. Eso la hace interesante. Y es una historia de amor prohibido. Eso la hace más interesante todavía.
Habrá que preguntar primero si hay amores prohibidos. Lo dudo, dicho con el mayor respeto para el amor legal. ¿Amores prohibidos? La autoridad correspondiente nos puede prohibir estacionar el coche aquí o allá, pero ¿quién le puede prohibir al corazón que se estacione donde le dé la gana? Hay sinrazones del corazón que la razón no conoce.
Ahora bien: no siempre debemos culpar al corazón. En esto de los amores prohibidos generalmente las entrepiernas tienen que ver más que la calumniada víscera cardíaca. Y es más fuerte esa parte corporal: a veces el corazón te da tiempo de pensar, pero las entrepiernas no. Es muy difícil dejar de oír el antiguo llamado de la selva, que es el llamado del instinto, que es el llamado de la naturaleza, que es el llamado de la vida. Y contra eso no hay ley que valga, ni de la Iglesia ni de la sociedad. Sólo la edad nos vuelve un poco sordos a esa voz. Pero como ahora hay medicinas y aparatos para contrarrestar la sordera...
Sucede que este hombre joven, casado y con familia, conoció a una muchacha. La conoció en el sentido en que el Génesis dice que Adán conoció a Eva. Y además la reconoció una y otra vez, pues conocerla y reconocerla -es decir, volverla a conocer- era ejercicio placentero. Sólo que aquí sucede lo que con los ladrones: tarde o temprano cometen algún error que los delata. La comparación del amante furtivo con el ladrón no es mía; pertenece al Derecho Romano. Los descendientes de Rómulo y Remo le daban más importancia al derecho de propiedad que a la moral, y castigaban el adulterio del marido no por haber faltado a la fidelidad, sino por robarle a su esposa -para depositarlos en otra mujer- los líquidos vitales varoniles, líquidos que por virtud del contrato matrimonial le pertenecían en propiedad legítima a la cónyuge.
Resígnense, entonces, quienes en malos pasos andan: tarde o temprano serán descubiertos. Lo que de noche se hace, de día aparece. Esto que digo no es acre admonición de moralista: es dato con validez científica probada. Siempre sucede. Así que vayan buscando desde ahora una explicación plausible. Lo mejor es negar todo, y amacizarse en esa negativa.
-¡Pero si con mis propios ojos te vi con esa vieja, descarado!
-Mi vida: ¿les vas a creer más a tus ojos que a mí?
Lo que lleva a la perdición es la confianza: pensar que nadie te va a ver. Es como cuando te emborrachas: te sientes invisible. Por eso los entrepiernados no tardan en abandonar la cautela, y se traicionan. Después de ser cuidadosos por un tiempo, quienes andan en plan húmedo dejan el discreto nido de amor y salen a los lugares públicos. Ése es su Waterloo: no pasa mucho tiempo sin que alguien -casi siempre una mujer- los vea y vaya con el chisme.
-Señora, no tengo el gusto de conocerla, pero fíjese que su marido...
Prosigo con la historia. Aquel hombre que dije conoció a una muchacha. Después del necesario discreteo ella le pidió que la llevara a comer en un restorán de nota. Accedió el galán: la chica le daba dos cosas, ¿por qué negarle una? A cambio del placer y de la compañía que ella le brindaba (las dos cosas que dije), bien podía él obsequiar aquel sencillo deseo. No sabía el insensato lo que le esperaba.
(Continuará mañana)