Plazas floridas
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Curiosamente, hay imágenes de nuestro patio por todos lados
En la plaza Acuña, frente al Mercado Juárez, apenas empiezan a florear los crespones blancos. Los rosas se han retrasado y parecen haber entrado a un proceso de decaimiento. Cada año, durante la primavera y el verano, esos árboles pequeños se visten de colores para alegrar el primer cuadro del Centro Histórico de la ciudad. Como floridos soldados, los de la plaza hacen valla de honor al monumento a Manuel Acuña, esculpido por don Jesús Contreras. Nada se compara con el brillante colorido que regalan a la vista los árboles cubiertos de flores.
No sé por qué estos se llaman crespones si también se llama así a las telas negras que cuelgan en señal de luto. Sus flores son de alegres colores, blancas o rosa intenso. Muchos crespones deberían sembrarse en las plazas de Saltillo. La mayoría sólo tienen pinos o truenos, que si bien mantienen su verdor todo el año y resisten con entereza las sequías, nos privan del colorido de las vistosas flores del crespón.
Los crespones son muy saltillenses. En lo particular, a mí me traen un grato recuerdo de mi infancia: el patio de mi casa, de la casa paterna, en cuyo centro había un viejo y alto crespón. Al lado de una pileta revestida de mosaicos rojos, aquel árbol nos regalaba cada primavera el color rosa de sus flores, en contraste con el azul cielo de los plumbagos, los matices combinados de rosa y amarillo de las peonías y el morado de las tímidas violetas moradas que compartían nuestro patio.
Curiosamente, hay imágenes de nuestro patio por todos lados. Fotos tomadas por los estudiantes norteamericanos en los cursos de verano de la Universidad Internacional de Sergio Recio, instalada por primera vez en nuestra casa, cuando en 1961 mi familia se mudó a otro barrio. También en bocetos y pinturas de los pintores y los arquitectos saltillenses que en los años sesenta y setenta eran apenas estudiantes. Porque en aquella casa, ubicada en la calle De la Fuente entre Bravo y General Cepeda, nacieron también otras dos famosas escuelas: la entonces llamada "Academia de Pintura" y ahora Escuela de Artes Plásticas "Rubén Herrera" de la Universidad Autónoma de Coahuila, y la Escuela de Arquitectura del Instituto de Estudios Profesionales de Saltillo (IEPS), que también pasó a formar parte de las escuelas de la Máxima Casa de Estudios.
Otras flores de esta temporada en el viejo Saltillo eran las del laurel, un arbusto de hojas alargadas y flores de color rosado o color crema. Hoy todavía florecen algunos en los camellones de calles y bulevares. También en la casa paterna había un laurel muy grande con flores color crema en el segundo patio. Las antiguas casas tenían, además del principal, un segundo patio de servicio, y un corral. En este último, en la casa paterna, había incluso, una antigua caballeriza en la que mis hermanos criaban palomas.
El poeta Otilio González, uno de los más representativos de nuestra ciudad a principios del siglo 20, canta en un poema a las bardas de adobe de las viejas huertas saltilleras, eran, dice, "como viejas aldeanas, de hiedra modestísima cubiertas", y a las flores que se daban casi silvestremente en los flancos de las acequias que al interior regaban las huertas: "¡Oh vetustos bardales, copiados en los límpidos cristales de la acequia interior, cuyos bordes llenaban de color las dalias, y perritos y cempoales!".
Pocas huertas y menos bardas de adobe deben quedar en Saltillo. Las acequias se extinguieron definitivamente. Sin embargo, las dalias y los perritos siguen viviendo hoy en las macetas y jardines de las casas y, a veces, hasta en los camellones de los bulevares. También los crespones y los laureles siguen meciendo sus floridas ramas en los patios, plazas y calles de la ciudad.
edsota@yahoo.com.mx