Amese quien pueda
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Mi querido diario íntimo y de circulación nacional: me recuesto en medio de esa hondonada que une tus páginas. Me recuesto y confío. Si me resbalo cuesta abajo en mi rodada, seguro me detiene Manuel Gil Antón.
Por: María Teresa Priego
Una siempre necesita amigos caballerosos y racionales a tiro de página. Confieso mi gran problema en la vida: una no puede vivir en el temer y en el prever a qué hora se resbala. Es una cobardía, un despropósito, una desavenencia con una misma.
A menos que quiera continuar redactando el manual "Y de cómo nunca pude dejar de ser rigidita, cuadradita, disimuladita y convencional". No me gusta ese manual. Ya no me sirve. Ya no lo quiero. Traigo esa sensación física de corazón arrancado. Te digo, como cuando arrancas una planta y las raíces se vienen con todo y tierra. La arrancas, pero no, se aferra. Ese instante detenido en el aire y en el tiempo. El instante mismo del arrancamiento.
Me imagino que ante el real del arrancamiento las posibilidades de respuesta son infinitas. Si busco en los bordes veo dos: o me aterro (lo que se me da) y aprovecho para ubicarme en la sección de congelados (aditivos, sabores artificiales) y entonces, renunciando, sueño que me protejo y me salvo; o de una vez por todas acepto que una es la que es, incluidos sus síntomas, que los síntomas, como la materia, no desaparecen, sólo se transforman, y que el complejo arte de vivir consiste en aceptar todo lo que una sí es y sí tiene, y lo que una no es y no tiene.
Aceptar que hay territorios en los que es posible que todo vaya para mejor, y otros en los que, como diría Echenique, "una nunca puede estar tan mal, que no pueda estar peor". Entender -en el exacto momento detenido del arrancamiento- que lo acá escrito no es una hilera de declaraciones dramáticas, sino su contrario: un esbozo radiante de esperanza.
Miedo de mirar estallar los penúltimos pedacitos de yo ideal. ¿Con qué nos quedamos? Desamparados, vulnerables, espejo estallado. Pero libres de obligaciones preconcebidas, más humanos. Llegamos escritos. Primer llanto, ya estás escrito por el imaginario y el deseo de los otros. Por el lenguaje mismo. Oscilamos: qué tanto reproducimos la escritura de los orígenes, qué tanto nos escribimos. Varias generaciones inscritas en cada piel, parece que lo que se dice rotundo, por lo menos tres.
En ese momento exacto del arrancamiento, la planta trae consigo sus raíces, las raíces jalan la tierra, una es libre de trasplantarse geográfica y emocionalmente, aunque para ello, esté obligada a "traicionar". No hay singularidad sin "traición". Tuve que abandonarte, para ser yo. ¿Fue abandono? No pude ser tú, no sé qué pasó. Me sopló la oreja un pez diablo en la laguna de las ilusiones. Quizá me llegó un barquito de papel y exilio desde el Miramar de Carlota, hasta nuestro Miramar.
Hubiera querido cumplir cada sueño tuyo. Pero, tal vez me sorbieron el seso las novelas y el tejado, me mordió un lagarto de los del Palacio Municipal, y me arrancó pertenencias. No te reconociste en mí. No me reconocí en ti. Las palabras se convirtieron en el malentendido de la diferencia rechazada. No supimos entender nuestra buena fortuna: amar no es fusionarse. No sabíamos que la diferencia no es traición, sino una riqueza muy deseable.
Fobias, hipocondrías, ataques de pánico, biografías editadas, congelamiento y distancias, maneras retorcidas de negociar con La Culpa. Existen maneras más creativas, hay que aprenderlas. Librarse del mercadeo interior. No me gustan los números. Me angustia cobrar y pagar, pierdo las facturas apenas pago. Quizá haya vivido como Shylock, negociando adentro mío cada libra de felicidad, por pánico al castigo. Quizá yo que odio la tacañería, ando de cuentachiles emocional.
Algo parecido a la felicidad, ahora que no me asusta que en las Cumbres de Maltrata haya neblina, despeñaderos y curvas. Despeñarse, las más de las veces, es sólo una metáfora, y no necesariamente carente de belleza, y de intensidad.
Tal vez entre menos miedo le tenga una/o a su inconsciente, más capaz es de amarse a sí misma/o. Amarse, no con uno de esos amores chipocluditos, que luego elegimos, porque medio tapan nuestra condición de seres fallados. Amarse, ¿cómo les diré? calladitos, humildes, más empáticos con nosotros mismos. Somos cada una/o bien adoloridos, cuchitos, buscando cobijas para envolvernos. Así somos la mayoría. Tras la neblina, la verdad, ni pena que me da.
Mi querido diario íntimo y de circulación nacional: dicen que tus páginas de hoy envolverán el pescado mañana, contigo haremos cucuruchos para comer pistaches, y gorritos al pintar las paredes. Eres cientos de botellas en el mar. Dicen que rellenar los zapatos con papel periódico protege los pies del frío, y que los sin techo se arropan contigo. Contigo hacen fuego, y calientan su sopa. Eres un hervidero de palabras.
Me recuesto en tu hondonada. El arrancamiento. Ando sin techo. Me cubro con tus páginas.