Diario de un nihilista

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Opinión
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Errar. Vivir es equivocarse. Lo sabemos todos, casi desde que tenemos memoria. De hecho, buena parte de nuestro tiempo lo empleamos en remediar los errores cometidos en una fracción más breve de tiempo. Los aciertos no se manifiestan, o se revelan hasta mucho después, bajo la forma de hechos fortuitos, de consecuencias inesperadas, de momentos felices que no esperábamos. Pero hay errores fructíferos y esos son los que cuentan. Los que se ramifican en nuevos actos y enriquecen así la realidad. No hay un diagrama para cada existencia que la despliegue exacta e impoluta. Sino más bien un palimpsesto de destinos entreverados, trazados con una tinta que la lluvia confunde y borra. Cada noche contamos, antes de dormir, las ovejas negras de los errores cometidos durante el día. Es la manera de conjurar los pequeños remordimientos que de otra manera nos impedirían dormir. Naturalmente, nadie se equivoca a propósito. El deseo de acertar sólo revela nuestro miedo a equivocarnos, la buena fe, el propósito honesto de no hacerlo. Por lo demás, nadie conoce el carácter ni el peso de los actos correctos, mucho menos en el confuso momento en el que acontecen, confundidos con toda clase de actos, cometidos por una multitud de personas. Lo correcto en general es más bien un vago propósito, formulado casi siempre de manera verbal, y apoyado por una serie de leyendas piadosas basadas en hechos empíricos, cuya lejanía en el espacio y el tiempo les restan peso científico y los dotan de un halo mágico. Lo correcto es una buena intención y como tal es inatacable, pero también impracticable. Sirve mejor como una herramienta crítica para censurar conductas ajenas, que no la propia, puesto que Caín no se atacaba a sí mismo con la quijada de burro. Funciona no como una viga para construir  morada propia sino para convertirla en astillas y cegar con ellas el ojo crítico del múltiple prójimo. Es cuando la corrección se vuelve autoritaria, se viste de moralina y empieza a actuar como delatora, como crítico sin sueldo, como fiscal público. Con la primera piedra que cada uno de nosotros tirase, se construiría una pirámide para sacrificar en su cima a la mala fe. Yo me abrazo a mis propios errores porque son todo lo que tengo. Ellos son mi autobiografía. Mi contribución a la historia universal, que de otro modo me olvidaría con toda impunidad. Son la moneda corriente para comerciar con el prójimo. Ni siquiera el sacerdote, en su calidad de banquero de conciencias, puede retirar al error de circulación: el Gerente de Todas las Cosas disfruta de esas monedas convertidas en plegarias. Así pues, con respecto a nuestras equivocaciones, sólo resta sacar partido de ellas, construir con ellas una escalera para salir del pozo. La vida es un parlamento que olvidamos y que reescribimos sobre la marcha. Pagamos en el acto cada error, a lo mucho al día siguiente. Ni hace falta pedir perdón, pues no hay a quién pedírselo.  




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