Hambre de kilómetros. Kerouac entre paréntesis
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Ciento cuarenta kilómetros por hora. Ciento veinte a veces. Pronóstico del clima para viaje en carretera que se cumple: cielo despejado de dudas, nubes en los ojos de mi perro. Al fondo, montañas como pensamientos y luego cielo del desierto como mazo que tritura el pensamiento. Toneladas de roca cerebral quebrándose. Luego el silencio. Se avanza en el asfalto como se avanza en la vida, a cientos de kilómetros o a miles, por día, por quincena, por pensamiento.
Con maquinaria alterada o simple motor de transmisión manual. Cuando metes quinta el motor interno acelera el pulso en la sangre. Kerouac taladra en mi cabeza con todo su atractivo cuerpo y el otro que quedó al final. Y las conversaciones que recuerdas: los rituales para sacar la infección estomacal: hay que meter el dedo directo en el nacimiento de la lengua, justo donde hay protuberancias. O las cremas que te untas en la cara para conservar una piel que ya no está.
Como la reverberación de lo que viviste, escuchas bocas que huyen del matrimonio aplazando la monogamia para encontrar la poligamia o simplemente otra emoción, otro cuerpo; pero, oh, pero oh Jack, dicen que es el otro, que es la otra, que no es su responsabilidad. "No, claro, nunca es así", dices mientras mientes y mueves la pierna cruzada al tiempo que sorbes el café. Y sonríes, y recuerdas, recuerdas ("Mi dulce espalda de primavera sexual / unida a la tuya / bajo la luna derretida"). Es la vida que se abre. Lo vital es el riesgo de la libertad ácida y solitaria; hay momentos que brillan en sus quiebres.
Y el maquillaje sobre las ojeras del llanto. Y los refugios en la religión, en la meditación, en el ascetismo. Oh Buda de Kerouac, Buda de cuatro patas. Sagradas plantas. Cristo libre de toda interpretación.
Y las formas de mostrar que somos buenos. O que sabemos poner el acento en la palabra corazón mientras invalidamos el dolor de nuestros hijos. ("claramente / vi / el esqueleto debajo / de todo este espectáculo / de la personalidad".
Sí Jack, un buen día, el empleado de la funeraria nos maquillará. Pero, las excusas para evadir el ridículo hecho, la forma de ocultar nuestra boca que a veces tuerce de envidia o de ira. No es posible levantar el dedo. No es posible señalar. De veras. Cesa en ese intento. Eres tan evidente, qué pena.
Buda: "todo es, abandonar la razón, acaso", te digo. Y tu pelaje negro, Buda, el eco de tu ladrido que ahora duerme en el asiento trasero del auto, me dice de cuanta belleza en la transformación, en la derrota o el acierto. Bendito caldo todo este drama humano, me visto de gala para vivirlo. ("¿posee el perro / la naturaleza de Buda?") Sigo acelerando. Es la vida, Buda, horneándonos con sus carcajadas solares.
claudiadesierto@gmail.com