Diario de un nihilista
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La noción de libro. Los libros se contienen unos a otros, se parafrasean, se comentan, se prolongan, se contradicen. Son objetos irregulares, espontáneos, imprevisibles. Es bueno que los franceses lean diez o doce libros al año, pero tampoco es necesario que sean tantos. Los libros que cada quien debe leer, de acuerdo a sus inclinaciones e intereses, no deben superar los 200, de manera que puedan entenderse de manera profunda, después de varias relecturas a lo largo de una vida. Al parecer, Avicena leyó 24 veces los Tratados de Lógica de Aristóteles, hasta que sintió que los había comprendido. Y no es para menos: esa obra es una impenetrable pared conceptual, que puede parangonarse con las investigaciones de Einstein. En el océano de los libros desplegados, si alguien se pusiera a cotejar sus índices y sus prólogos, así como un número suficiente de páginas escogidas al azar, tal vez se daría cuenta de que un libro repite a otro con eco transformado, hasta dispersarse en variantes infinitesimales. No sabemos con exactitud dónde termina un libro y dónde empieza el otro, si en la página 25 o en la 286, considerando de antemano que las pastas son límites convencionales y que el libro se despliega, no de izquierda a derecha ni de arriba hacia abajo, como sus caracteres impresos, sino en una espiral conceptual que gira en torno a sí misma, enviando reflejos y señales hacia otros libros que son leídos en ese mismo momento, en cualquier lugar del mundo. Ahora bien, no es lo mismo una novela que un directorio telefónico, un tratado de geometría analítica, una colección de cánticos religiosos, etcétera, aunque todos estos volúmenes presenten la forma de un libro. Un libro de aforismos, una colección de poemas o una antología de relatos no empiezan a leerse desde la primera página, procediendo ordenadamente hasta la última.
Se leen a saltos, de adelante para atrás, a veces no se terminan nunca. El arquetipo del libro pudiera la Ilíada o la Divina Comedia, por su estructura a un tiempo sencilla y compleja y porque cada una de estas obras contiene un mundo cerrado y autónomo. No lo es la Biblia, el conjunto de libros más heterogéneo que pudiera imaginarse. En la práctica, fuera de estas grandes obras, lo que llamamos libro es un producto accidental, informe, confuso. Cada uno de ellos parece escrito para un grupo específico de lectores que habrán de comprenderlo y valorarlo, aunque no siempre se encuentren obras y destinatarios o tarden mucho en encontrarse. Por una ley irrebatible, ninguna persona leerá un libro más de los que le están destinados, ni uno menos, ya que de alguna manera los que le corresponden están contenidos unos en otros, se llaman los unos a los otros, se parafrasean, intercambian mensajes. Me refiero, naturalmente, a un universo de lectores. Otros encuentran lo que necesitan en el cine, en el cómic, en la música clásica, en la cocina, en el deporte, en las drogas, en la guerrilla. o en la multitud de libros que tratan acerca de todos estos asuntos. Los libros son como personas con las que nos encontramos en la vida, a las que tratamos de una manera profunda y superficial, con las que nos reencontramos muchos años después o que se quedan simplemente en la memoria, como un hechizo o un misterio privados.