Economías demagógicas y recesivas
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En muchos países, sobre todo de América Latina, los proyectos económicos estatales han ido cayendo en una demagogia contradictoria y recesiva que se ha sustentado en un populismo altamente improductivo y éticamente inadmisible, que subsidia y manipula la pobreza de las mayorías, pero que nunca las rescata de su situación de carencia y de miseria, para así poderlas utilizar como ariete electoral y como fuerza política de choque.
Asimismo, dicho modelo aniquila el crecimiento económico fiscalmente responsable y su consecuente incremento en la productividad, al pactar con la informalidad, el ambulantaje, la delincuencia y el contrabando en una colusión que enriquece sólo a quienes la propician, mientras esos gobiernos subastan los rubros fundamentales del patrimonio nacional a intereses transnacionales, utilizando los fondos que obtienen para sostener sus inmensos derroches y sus desmesurados aparatos burocráticos.
Tal sistema también agrede y somete a las clases medias pusilánimes y desorganizadas, a las que pulveriza, amedrenta y exacciona aplicándoles impuestos agobiantes; mientras las entrega a la violencia del delito organizado, que invariablemente está vinculado con policías y autoridades.
Ese modelo tiene como ejemplo más cercano el caso actual de Venezuela, donde la demagogia mediática y el populismo de una administración que gobierna por decreto, apoyada por las fuerzas armadas, ha dividido y confrontado a ese país hasta partirlo en dos sectores antagónicos: uno que se halla en la pobreza y al que se le manipula con dádivas y subsidios; y otro al que se le declara "la guerra económica" por pertenecer a una clase media independiente o empresarial que se atreve a enfrentarse al poder.
En tal entorno, el desabasto, la improductividad y la violencia en Venezuela se han multiplicado hasta convertirse en una verdadera crisis generalizada, mientras el asedio mediático y legaloide del gobierno contra sus contrincantes políticos, y la creciente inseguridad se enseñorean en ese país.
En tales circunstancias, dicho régimen va hacia el precipicio económico y sólo se sostiene precariamente a través de la venta de su producción petrolera a empresas norteamericanas, dado que Venezuela es el tercer proveedor petrolero de los Estados Unidos, cuyo gobierno está seriamente confrontado con el venezolano, salvo en esa comercialización estratégica, factor fundamental que está sostiene a ese régimen. Dicha fórmula económica tan destructiva y anacrónica también ha venido ganando terreno en México, donde se repite el modelo descrito, ya que somos el cuarto proveedor de petróleo a EU, y con ello se financia más de 30% de nuestro gasto público, mientras la creciente economía informal significa casi 60% de la productividad nacional; repitiéndose también la entrega de rubros estratégicos a grandes transnacionales y a monopolios favorecidos que no pagan impuestos y especulan impunemente.
Como puede observarse ambos modelos, el desbocado de Venezuela y el gradualista de México, tienen en el fondo raíces paralelas que son las siguientes: 1) subsidian pero no rescatan de la pobreza a millones de personas; 2) propician y encubren el ambulantaje y la informalidad, en detrimento de las finanzas públicas y del crecimiento de los sectores formales de la economía; 3) entregan en forma desfavorable rubros estratégicos de las riquezas nacionales y de los recursos no renovables a monopolios y a empresas trasnacionales para así subsidiar su déficit gubernamental; 4) castigan fiscalmente a las clases medias desorganizadas y temerosas, que viven amedrentadas por la situación impositiva, por la violencia y por el crimen.
Esta nociva fórmula económica y política cada vez está más presente en México, pero afortunadamente todavía no ha llegado a los excesos de Venezuela; sí, en cambio, nos ha impedido crecer en los últimos 30 años.
Esta situación tan indeseable nos recuerda otro paralelismo alarmante que ya ocurrió en el ámbito de la criminalidad, cuando Colombia cayó hace décadas en una violencia delictiva que necesariamente iba a replicarse en México en razón del narcotráfico, lo que finalmente terminó por ocurrir, produciendo una explosión de criminalidad inédita en nuestro país que pudo haber sido evitada si se hubiese entendido la dimensión y las razones de ese fenómeno, así como la necesidad de contenerlo a tiempo.
Por Alejandro Gertz Manero
Comentarios: editorial2003@terra.com.mx