Cuestión de higiene

+ Seguir en Seguir en Google
Opinión
/ 17 enero 2014

El fotoreportaje se diseminó, según la tradición de nuestros días, a la velocidad de las redes sociales. Alguien descubrió, en una villa del sur de Irán, a un hombre poseedor de un récord de dudosa reputación: ha logrado escapar del jabón durante seis décadas.

En un santiamén, media humanidad (o tal vez un poco más) supo de la existencia de Amou Haji, un hombre de quien el portal Tehran Times difundió media docena de estampas cuya autenticidad no ha sido desmentida, al menos hasta el momento de escribir estas líneas.

La ficha biográfica, reproducida por todos los medios de comunicación del planeta, es realmente impresionante: Haji ha dejado pasar al menos 21 mil 900 oportunidades de bañarse, si consideráramos la posibilidad de un regaderazo diario durante 60 años. Y eso, sin contar los años bisiestos.

Adicionalmente, gusta de una dieta no apta para melindrosos: su plato favorito es la carne podrida, especialmente la de puerco espines, y para favorecer la digestión fuma excremento de animales mediante una "pipa" hecha con un tubo de acero galvanizado.

Pese a todo, según se afirma en el reporte generado por el citado portal iraní, mister Haji goza de cabal salud y el secreto para ello es, contra toda lógica, abjurar de la higiene.

Si el relato es cierto, insisto, se trata de una historia que conduce necesariamente a cuestionar las ideas, ampliamente difundidas y casi universalmente aceptadas, respecto de la conveniencia de adoptar hábitos de higiene como método indispensable para prevenir enfermedades.

Personalmente he realizado una más o menos exhaustiva búsqueda en Internet para rastrear el origen de la información y estoy bastante convencido de su veracidad, es decir, según parece, el señor Haji es un personaje real.

El cómputo del tiempo pasado entre su última ducha y el día de hoy es otro cantar: seguramente el reporte periodístico está basado exclusivamente en su testimonio y ello introduce elementos de duda, pues a estas alturas debe ser posible localizar algas, esporas, pólenes, filarias y toda suerte de fauna nociva hasta en su hipotálamo. Y pues eso puede afectar seriamente su capacidad para llevar correctamente la cuenta del tiempo.

Pero eso, en todo caso, es lo de menos: el tipo se ve lo bastante sucio como para creer que ha pasado un tiempo suficientemente irrazonable desde la última ocasión en la cual se sometió a un tratamiento de limpieza (sí, en su caso ya no se requiere un baño, sino un auténtico tratamiento).

Lo de más, es que la difusión del caso convoca a pensar y obliga a conectar algunos hechos a los cuales uno suele prestar poca importancia. Obliga a preguntarse, por ejemplo, de dónde hemos sacado esa costumbre de bañarnos todos los días y, como diría mi amigo Carlos Recio, de hacerlo por las mañanas, incluso en épocas en las cuales el clima recomienda alejarse lo más posible del agua.

No es natural eso del baño. Lo natural, he caído en la cuenta en estos días, es la resistencia que mostramos cuando, siendo niños, nuestros padres nos fuerzan -violentando de paso varias convenciones internacionales sobre Derechos Humanos- a meternos bajo la regadera y retirar de nuestra piel la capa protectora con la cual nos ha dotado la actividad del día.

-¡Y lávate bien la colita!.. ¡Y detrás de las orejas! -se nos indica de forma reiterada.

¿Por qué? Pues porque la higiene está bien vista. En nuestros tiempos, "ser limpio" está in, la asepsia constituye una regla autoimpuesta de cuya veracidad nos hemos convencido a fuerza de perseverar en la costumbre de no ponerla en duda ni cuestionarla.

Mi amigo Pepe Mena, por ejemplo, cuando le va a "echar una mano" a un camarada, es decir, cuando le va a hablar bien de él a una chica, le lanza un discurso más o menos del tipo siguiente: "pues mira, es un muchacho trabajador, formal y serio. Pero sobre todo, es muy higiénico".

¡En serio! para Pepe la mejor carta de presentación de un caballero ante una dama son sus hábitos higiénicos.

No siempre ha sido así, por supuesto. Todos hemos escuchado alguna vez una historia sobre ciudadanos europeos a quienes el baño diario no seduce en lo más mínimo.

Al respecto, nada más ilustrador que esa anécdota según la cual, Napoleón habría anticipado a Josefina, mediante una carta, su próximo retorno a casa tras permanecer un tiempo en el frente de batalla, pero habría acompañado el anuncio con una advertencia insospechada: "Ni se te ocurra bañarte".

La humanidad subsistió y persistió durante milenios sin la costumbre del baño diario. Hoy, tal posibilidad no solamente nos parece impensable, sino en extremo desagradable. Por ello, aunque se haya vuelto tan popular, es sumamente improbable que el señor Haji imponga una moda.

Personalmente, sin embargo, estoy considerando seriamente la posibilidad de suprimir -aunque hoy toque- el baño sabatino.

¡Feliz fin de semana!

carredondo@vanguardia.com.mx

Twitter: @sibaja3




Columna: Portal, periodista con más de 30 años de experiencia en medios de comunicación impresos y electrónicos. Ingeniero Industrial y de Sistemas por la Universidad Autónoma de Coahuila y Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México. Además, es máster en Administración y Alta Dirección por la Universidad Iberoamericana y tiene estudios concluidos de maestría en Derechos Humanos en la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC. Se ha desarrollado profesionalmente en el servicio público, la academia y el periodismo. Integrante de la Comisión de Selección del CPC, del Sistema Anticorrupción de Coahuila.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM