Elevar la mirada al mundo
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Al Presidente Lázaro Cárdenas y su visión de un México comprometido, solidario y generoso ante el mundo
Soy mexicano porque el país en el que nací permitió a mis abuelos maternos y paternos encontrar la oportunidad de rehacer aquí sus vidas. Mediante una política generosa de refugio y asilo, México abrió sus puertas a mi familia paterna que huía del genocidio contra el pueblo armenio en la segunda década del siglo XX y de la victoria bolchevique sobre el gobierno de Kerensky en Rusia, y de nueva cuenta en 1939 a mi familia materna, catalanes republicanos, ante la victoria del fascismo en España. Esa experiencia vital fue la que me llevó en su momento a la decisión de servir a México y al Estado como diplomático de carrera del Servicio Exterior Mexicano; en el fondo, la vocación de servicio público fue quizá la manera de devolver a la patria lo que tanto me dio a mí, a mis padres y abuelos.
Es por eso que hoy inicio, como columnista en las páginas de este periódico, un esfuerzo quincenal que buscará, espero, llamar la atención a temas, tendencias y debates internacionales de los que México no puede ni debe sustraerse. Nuestro país no se puede dar el lujo de ensimismarse y creer que lo que ocurre más allá del horizonte no le afecta o no tiene mayor importancia frente a los debates nacionales que hoy se dan sobre el rumbo de nuestra nación y la construcción de un México más democrático y próspero, más justo y equitativo, más tolerante y plural, más seguro y con más justicia. Que no nos quede duda; un país que al final del día crea que lo que ocurre en otras latitudes es irrelevante para la vida nacional, lo hace bajo su propio riesgo. O México participa de lleno en los debates que están incidiendo en la construcción de un nuevo sistema internacional de siglo XXI basado en reglas y promueve y defiende sus intereses, u otros lo harán en nuestro lugar. Para una nación como México, que no es una potencia mundial, la opción frente el mundo es muy sencilla: o nos sentamos a la mesa, o estaremos en el menú.
El mundo del siglo XXI no es el de nuestros padres ni el de nuestros abuelos. No es un mundo bipolar dominado por dos bloques antagónicos. Tampoco es el mundo de la posguerra fría y la hegemonía estadounidense. La cita atribuida a Paul Valéry de que el futuro ya no es lo que era apenas captura la fluidez y la complejidad del sistema internacional en el que vivimos hoy. Así como el mundo que conocieron nuestros abuelos estuvo determinado por la tensión entre democracia y fascismo y el de nuestros padres por la tensión entre capitalismo y comunismo, nuestras generaciones viven en un mundo caracterizado por la tensión entre sociedades abiertas y sociedades cerradas. La no polaridad; un mayor número de naciones que poseen y ejercen poderío militar, económico, diplomático y cultural; y la multiplicidad de actores, sobre todo no estatales, hacen que el poder sea más difuso. La globalización, la revolución tecnológica y la interconexión digital refuerzan esa difusión del poder. El nacionalismo resurge como factor definitorio tanto al interior de las naciones como en las relaciones internacionales. En muchos sentidos, la dinámica del sistema internacional del 2014 se parece más a la que existía en 1914 en la antesala de la Primera Guerra Mundial: potencias hegemónicas enfrentando creciente tensión, rivalidad y ambiciones geopolíticas de potencias retadoras. A la vez, la creciente convergencia e interdependencia económica y comercial en el mundo impone a gobiernos y a actores económicos globales incentivos para mantener el estatus quo y el orden.
Nos guste o no, todo esto tiene y tendrá hondas repercusiones en y para nuestro país. Por ello serán éstos los temas que buscaré compartir con los lectores de este periódico, al que hoy le agradezco la oportunidad de permitirme interactuar con ustedes, así como con mis colegas columnistas y periodistas de EL UNIVERSAL.
Arturo Sarukhán
Twitter: @Arturo_Sarukhan
(El autor es embajador de México; consultor internacional)