La Vigencia
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A mis alumnos de Literatura Medieval de la UA de C
Es asombrosa la vigencia de la poesía que se concibió y se escribió en la Antigüedad, en la Edad Media y en épocas que consideramos superadas. La historia de la humanidad parece un palimpsesto: sobre cada capa de pintura cronológica, hay otro texto, y sobre éste, otro y otro Por alguna razón narratólogo francés Gérard Genette nombró así a una de sus obras: Palimpsestos (1982).
Y hay, además, un constante trajín dialógico de ideas, usos, costumbres, idiomas y culturas entre Occidente y la ladera Este -como diría Octavio Paz-, es decir, Oriente. Y también entre otros puntos cardinales. No sé si en la poesía antigua de Oriente podamos leer el influjo de Occidente, pero Las mil y una noches, por ejemplo, y otras obras exóticas, están muy presentes en la vida y la cultura de la Edad Media.
Presentes como la antigua poesía griega y latina, de la que aún podemos aprender tantas cosas. Creo que fue Nietzsche quien afirmó: Todos somos griegos. Tenía razón en muchos sentidos: nuestra concepción del mundo es racional y aristotélica, aunque algunas gotas de nuestra sangre arrastren en su flujo a las bacantes y a los misterios de Eleusis, esas sombras del delirio inherentes también al Ser humano.
Cuántos que pensaron hace siglos o milenios están aún con nosotros. Sus mitos, sus símbolos, sus alegorías, su galería de imágenes y sus tópicos siguen alimentando nuestro imaginario y trazando el plano de nuestra concepción de la vida. Al leer a esos poetas, pensadores e indagadores de la realidad, cuánto de nosotros nos sorprende encontrar, como individuos y como sociedad. Ubi sunt? [¿Dónde están? ¿Qué fue de todo aquello?], preguntaríamos, sospechando que todo aquello está aquí, al menos figuradamente, ya que no puede estar de otra manera.
En la poesía popular y anónima, lo mismo que en la culta y de autor conocido del Medioevo español, se pueden rastrear las inmensas huellas de grandes culturas precedentes y contemporáneas: la grecolatina, la musulmana y la hebrea, por ejemplo. También la negritud. Y muchos tópicos y figuras recuperados entonces son ahora, en el siglo XXI, tan vigentes como en el siglo XI o XV europeos.
En el Diálogo de Bías contra Fortuna, el Marqués de Santillana nos hace presenciar una discusión entre el filósofo griego y la diosa Fortuna, discusión que recorre muchos temas pero que parte de uno, capital: ¿somos sujetos del capricho de la suerte o arquitectos de nuestro propio destino? El tema que no cesa: [Fortuna:] Tu ciudad haré robar / y será puesta so mano / del mal, príncipe tirano. / [Bías:] Poco me puedes dañar: / mis bienes llevo conmigo: / non me curo; / así que voy seguro, / sin temer del enemigo.
Mis bienes llevo conmigo, dice Bías a Fortuna cuando ésta le advierte que su ciudad será saqueada y puesta bajo el yugo de un tirano. El filósofo no se preocupa (no me curo), pues sabe que lleva consigo lo más importante: a él mismo y a su sistema axiológico. Una actitud casi budista en la que subyace la universal e implacable idea de que todo es fugitivo y está en el mundo marcado por el signo de la muerte.
¿Para qué citar a otros poetas contemporáneos de Santillana? Muchos de ellos, y otros más en los Siglos de Oro, habrán de seguir en la nave del desengaño. Jorge Manrique es el más señero. Él escribe, en sus célebres Coplas a la muerte de su padre: Ved de cuán poco valor / son las cosas tras que andamos / y corremos, / que, en este mundo traidor, / aun primero que miramos / las perdemos: / de ellas deshace la edad, / de ellas casos desastrados / que acaecen, de ellas, por su calidad, / en los más altos estados / desfallecen. Si esto no es vigente, no sé qué puede serlo.