Tensión en la cima
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Tarde o temprano, la realidad termina por negar el mundo vaporoso de las percepciones. A la cúpula empresarial no le gusta el gobierno de Enrique Peña Nieto, especialmente a la que representa los más grandes intereses económicos del país. Detrás de la tensión, apenas disimulada, entre los señores del dinero y el Gobierno Federal, parecen estar algunas de las siguientes razones.
Por el lado de los empresarios, lo primero que existe es cautela; les gusta ir a lo seguro. Por eso, antes de invertir aguardan hasta constatar la integración y la solidez del equipo de gobierno, su habilidad y experiencia, su idea de país y la relación que piensa construir con los hombres de negocios (¿de control, complicidad o sociedad?).
Y estos empresarios timoratos, observaron que más allá de los discursos glamorosos de la primera hora, lo que prevaleció fueron malos resultados. Los pronósticos del secretario de Hacienda, Luis Videgaray, sobre un crecimiento de 3.5 por ciento para 2013, quedaron en un decepcionante 1.06 por ciento.
No fue todo, los señores del gran capital han seguido con atención las líneas rectoras de la nueva administración y han concluido que, a diferencia de los gobiernos panistas a los que pudieron doblegar, quienes integran el nuevo grupo gobernante están decididos a recuperar los hilos del poder. Todas las decisiones del primer tramo apuntan en ese sentido, sobre todo las reformas constitucionales y legales que le otorgan al Ejecutivo federal mayores instrumentos para controlar, limitar, intimidar o sancionar a los poderes constitucionales y fácticos.
Una de las iniciativas más censuradas por la élite privada es la reforma fiscal. Baste recordar el duro discurso de Álvaro Fernández Garza, presidente del corporativo Alfa y de Caintra Nuevo León, ante el presidente Enrique Peña, proponiendo su revisión. Otra más, la iniciativa de Ley Federal de Competencia que les parece una reminiscencia de aquellos días cuando los precios de los principales productos podían decidirse por decreto; una iniciativa que, quizás, hoy mismo se apruebe en el Congreso.
El estancamiento económico y la insignificante generación de empleos, son otros indicadores inquietantes para el empresariado, pues parecen mostrar un gobierno que no sabe gastar con eficacia. Para colmo, algunas de las macro-ventas, como la del Grupo Modelo, se han traducido en políticas muy agresivas de quienes buscan recuperar muy pronto sus inversiones y lo están intentando con el despido de miles de trabajadores, el cierre de plantas, la venta de activos y el financiamiento con cargo a sus proveedores âa quienes pagan entre 120 y 180 días después de la entrega del producto, según sus quejas.
Desde la perspectiva contraria las cosas no están mejor. Si los magnates están molestos con el gobierno, el equipo presidencial y sus operadores en el Congreso tampoco están contentos con ellos. Para empezar, porque saben que algunos de quienes habían sido beneficiados por el PRI cambiaron de bando a partir del año 2000 y apoyaron con todo a los gobiernos de Acción Nacional.
Otro ingrediente que contribuye a explicar los desencuentros en la cima, es la decisión gubernamental de atemperar los privilegios de que han gozado algunas corporaciones, lo que les ha permitido ganancias usureras afectando a muchos sectores productivos con sus precios y prácticas monopólicos.
Sin embargo, no podría ignorarse otro factor: la nueva clase gobernante busca favorecer a los suyos, a quienes los acompañaron en estos años del destierro presidencial. Así que, detrás de la idea de desplazar a determinados grupos de presión de los jugosos contratos en Pemex, CFE, SCT, etcétera, estaría la idea de generar espacios para una nueva clase empresarial, de sello peñista.
Dicen los que saben que en política hay tiempos de sumar, otros de sumarse y otros de sumirse. Quizás, para los empresarios que jugaron del otro lado, llegaron los tiempos de sumirse.
@alfonsozarate